Versión en español del libro Stehovani a jine po(c)hyby publicado en mayo del 2005 en Praga. Aclaración: la palabra "pochyby" significa movimientos, "pohyby" significa dudas. (15 relatos)
domingo, septiembre 17, 2006
jueves, enero 12, 2006
1. Historia de un recién llegado
HISTORIA
DE UN
RECIÉN
LLEGADO
"
Se dejó abrazar quietamente cediendo a las manos que la atraían, la apretaban
contra su cuerpo, empezaban a correr por ella que tenía los ojos muy abiertos
mientras sentía subir la vieja fiebre que los viejos labios enconarían y
aliviarían, alternadamente, a lo largo de las horas bajo los viejos dioses,
para agregarse al viejo pasado.
"
Julio
Cortazar / Los Premios.
De pronto ya todo estaba en calma. El departamento como un
anciano dormido parecía nuevamente descansar en su mecedora de sombras. Desde
la cama, Julio divisaba las manchas de la noche detrás del cristal de la
ventana que daba a la avenida principal, la de los tranvías.
Había visitado muchas veces
aquel edificio especial del barrio de Invalidovna. Edificio donde convivían
latinos refugiados y funcionarios corruptos: dirigentes ancianos de
organizaciones juveniles fantasmas.
En la antesala de los ascensores
se cruzaban los niños de algún líder cubano de rostro austero y parco, de "hombre gris", como le decía
el científico Zuganiov, o Zivienov, o algo parecido, a Sean Connery en "La Casa Rusa".
Las primeras veces que visitó
el lugar fue para conocer al encargado estudiantil de una organización de
estudiantes cuyos funcionarios, estatales, pasaban de los cuarenta. Durante las
primeras visitas, no lograba asociar lo que veía desde la ventana con esa calle
que pisaba al salir del edificio por la gran puerta de vidrio; aquella que
separaba la sala de los buzones del frío del invierno de noviembre.
La primera visita a aquel
lugar fue tan sólo unas horas después de aterrizar su vuelo, el que lo traía a
él y a Sergio desde Roma. A donde habían salido; a estudiar cine, según la
respuesta que le dieron a la pregunta soez de uno de los policías del
Aeropuerto Merino Benítez. Ese un tipo tosco y calvo que les timbró los
pasaportes rojos. A pesar de todo, ellos no eran exiliados. Podían volver,
aunque en realidad no pudieran.
A Praga llegaron un día
helado. Para Julio fue como un milagro; era la primera vez que conocía la
nieve, a pesar de venir de un país con nieves eternas, patrimonio nacional de
los ricos con sus canchas de esquíe, orgullosos de lugares exclusivos como
Farellones y de princesas vacías como Cecilia Boloco, la reciente Miss Universo
nacional.
La nieve de noviembre había
cubierto Praga como el velo de una novia. Desde lo alto de las ventanas del
octavo piso se veía el reflejo níveo de la noche sobre el hielo enlodado en esos
adoquines milenarios. Julio se confundió pensando que lo que veía desde arriba -desde
el ventanal de la sala de estar- era la parte posterior del edificio: una calle
imaginaria que su cabeza descuidadamente había inventado. Que no era en lo
absoluto la calle que encontraba, aquellas mañanas, cuando terminaba de cuidar
la casa de aquellos conocidos suyos. Solía llegar los viernes, bajaba a hacerle
las compras al supermercado de la esquina, en una suerte de pago a ese asilo
que le otorgaban los fines de semana.
La membrana urbana de la
ciudad no era el tablero de ajedrez que estaba acostumbrado a recorrer en
Santiago de Chile. Era un desorden de calles que habían ido creciendo sin ley desde
los faldeos del castillo de Praga, hasta que el puente de Judith unió las dos
riberas del Moldava.
Solía asomarse por las noches
a aquella ventana, al principio asustado, por el destello azul del choque de
los cables eléctricos con los hierros conductores de la electricidad de las máquinas
del tranvía. Con el caracol de la costumbre, ese miedo, se transformó tan sólo
en curiosidad, en la sorpresa de ver aquel rinoceronte de color rojo y crema,
aquella bestia de metal cruzar raudo la avenida, avisando su marcha con un
timbrazo, que a lo lejos, más bien evocaba al timbre de una bicicleta gigante.
La puerta de la pieza que
daba al comedor parecía arrugarse de tanto abrirse y cerrarse en su
imaginación. Eran quizá ya alrededor de las cuatro de la mañana. Más allá, a
través del vidrio de catedral, se insinuaban tímidamente los objetos sobre la
mesa: restos de café, ceniceros con acribilladas colillas, botellas vacías,
vasos nauseabundos, y una de las máquinas fotográficas.
En verdad nada se veía en las
sombras. Julio jugaba, adivinaba. Sabía que al día siguiente, al otro lado de
la oscuridad desparramada bajo la penumbra del cuarto, ordenarían ese
mundo-mesa. Pulcramente limpiarían la anarquía de la juerga. Al regreso, los
dueños de casa, no sospecharían de aquel festejo privado, de esa, su primera
noche de piel en un país ajeno y exótico, con una mujer extraña y europea.
Carol, ese amor de dos
semanas, ahora a su lado, a cuerpo desnudo, dormitaba el alcohol de otro día.
¿Soñaría tal vez? Apoyada en la almohada, le surgirían: palmeras, playas.
Estaría al otro lado del mundo, yendo de compras, al "duty free",
cerca de las tiendas del famoso Canal de Panamá. Vería a Noriega, día por
medio, en la televisión, vociferando contra los yanquis.
El estrellarse de las pieles,
electrizaba una noche en que Julio ya no podía cerrar los ojos. Miraba el pelo
de Carol, cayendo por sus hombros, cubriendo sus rozados pezones. Ese
mundo-cama lo emocionaba, convirtiendo su vida en un círculo que se cerraba en
su angustia anodina. Todo marchaba muy rápido, como un viento repentino,
transitándose, llevándosela.
Por entre los visillos,
entraron los rayos de un amanecer presuroso, de hemisferio norte. Se deshacía
la vida dejándole una breve noche incompleta. Y allí estaba él, queriendo
dormir, como lo hacía ella, sin poder. Todo había sido tan intenso e
inevitable. Repasaba en su cabeza, luchando para que no se le escaparan esas
imágenes: las de aquella tarde. Las mismas tibias imágenes, pegadas aún a los
sudores de aquellas sábanas color celeste. Las mismas que lo ayudarían, con frugal
viveza, en futuras secretas masturbaciones de recién llegado, allá en los baños
del colegio en el palacio de Jorge de Poděbrady.
Poděbrady, ese era el nombre
de aquel pueblo tranquilo, a orillas del Elba. El destino planificado de una
vida entre pasillos medievales y patios barrocos en el palacio del rey husita. Allí
transcurrirían esos días, de invierno castrense. Lo sabía con fe.
Sintió el vacío del silencio,
presente, actuando en él, como cuando se le quita el sonido a un televisor. Una
mímica deseperante. Al otro lado de la pared, estaba la sala de estar, donde
dormían Sergio y Marié, la amiga de Carol. Marié: el prototipo perfecto de
gorda checoslovaca. Su risa hacía olvidar sus dimensiones temporales. Ni el
mismo Sergio, ni él, la imaginaron al conocerla que terminaría en una noche de
alcohol y paños menores, de fotografías falsas y mentiras deliciosas.
Esa historia había empezado a
manera de juego, de tibias provocaciones, de intentos desesperados por parte de
ellos de encontrarse con alguien, de aventurarse en lo desconocido, la casería
secreta que deambula día a día por las calles y los bares, los mercados y las
librerías.
Habían pasado exactamente dos
fines de semana desde aquel primer día en que Julio había llegado desde Poděbrady
a ver al único sujeto en quien podía confiar en ese país extraño; a su amigo
Sergio; aun así se conocieran tan sólo unas semanas antes de ese supuesto viaje
a Roma.
Llegó a visitarlo al
internado de Suchdol, ubicado
en las márgenes de Praga. Era viernes. Cuando, por cualquier razón, resultaba
imposible falsificar los vales de comida del día domingo -único día en que
servían pollo asado y puré de papas en el internado de Poděbrady- Julio
planeaba los viernes su escapaba del pueblo en un Karoza azul de fabricación
húngara. El autobús que partía siempre puntual y siempre casi vacío. En
realidad eran dos autobuses unidos por un enorme acordeón que le permitía
contornearse por las estrechas calles de Praga con la torpeza de un gusano
herido.
Llegaba a Praga, pero cuando
resultaba que quería descansar de los conceptos, las mentiras y los discursos
patéticos que solía escuchar en el departamento de esos conocidos en el barrio
de Invalidovna, se largaba en
busca del monte de Suchdol.
Era uno de esos viernes.
Después de buscar el cuarto
de Sergio por corredores interminables dio por fin con la puerta 128
semiabierta. Se apoyo en el umbral y lo vio sentado junto al escritorio; Julio venía
cansado y soñoliento como si fuese a quedarse dormido en cualquier momento. Quizás
por eso no sintió de inmediato el desánimo que se derramaba en el aire de la
habitación como el olor de una jarra de leche quemándose en el fuego.
Julio y Sergio habían salido juntos
de Chile, ambos gracias a esos extraños méritos partidistas, con apedradas en
las manifestaciones contra la policía de Pinochet; con vidrios rotos, con
allanamientos, detenciones, expulsiones y subversiones "de chocolate".
Julio era un flaco larguirucho de aspecto eslavo, el típico nieto de
"gringos" europeos, escapados de guerras o revoluciones fraudulentas,
uno de los pocos descendientes de las poquísimas familias de rusos pobres -si
no de la única- que habían llegado a la ciudad nortina de Arica, en una época
en que el lugar acababa de cambiar de nacionalidad, y después de vagar por las
escabrosas costas croatas. Sergio, en cambio, era más criollo en su aspecto, de
baja estatura, desordenado y haragán. Su gran problema era ser mitómano. Era de
familia sureña, oriundo de las cercanías de Concepción, su sueño era
efectivamente el cine, quizás más por una cuestión de culos que de arte mismo.
Sus mentiras y cuentos eran verdaderas películas. Pero a Julio poco le
importaban. Sergio había hecho teatro, criado conejos en Punta Arenas,
aprendido a conducir tanques en Cuba. Incluso después de que le quemaran el
pecho con colillas de cigarro, se había metido a la clandestinidad, desde donde
salió rápidamente después de una historia de armas en un lugar llamado Carrizal
en el norte de Chile. Ese era el calibre de los cuentos y Julio nunca sabría
qué era realmente verdad de esas cosas que Sergio contaba.
Al entrar a la habitación lo
vio sentado, pensando lejano mientras manoseaba su Zenit. Tenía una mirada que
se perdía tras los cristales de la ventana en lo profundo del parque. Julio
golpeó la puerta entreabierta y entró. Con una reverencia fraudulenta saludó a
los compañeros de cuarto: un africano de un eterno mal humor y un amistoso
árabe saudita de continuas divagaciones medicinales. Se dio cuenta que Sergio miraba
por las mismas repetidas ventanas de esos lugares que hasta ahora conocía,
ventanas dobles por donde ahora veía la noche entrometida, desapareciendo como
un espejismo sin haber terminado en la demencia de cumplir horario como tantas
anteriores. Era viernes.
Lentamente los golpes de luz
empezaban a iluminar el departamento, el cuarto y la sala donde Sergio y Marié
habían estado jugando, un poco siendo nuevamente niños, simulando a que
filmaban un corto de televisión. Apenas se conocían, sólo algunas horas de hipotéticas
soledades encontradas. Se le volvió a la cabeza aquella tarde culpable de todo
aquello. La última vez que Sergio y él se habían visto en Suchdol se habían
prometido intentar algo juntos: quizás un poco de teatro callejero que causara
revuelo en el Puente de Carlos y, por consiguiente, la prohibición de alguna
ronda de policías de charreteras rojas; o inventar alguna historia de culos
para luego casi como siempre escapar de la ortodoxia haciéndose pasar por
italianos o españoles con un extraño acento latino a la salida del Reduta. Allí
donde las mujeres sueñan con extranjeros ricos que las adornen de momentos
inolvidables y restaurantes caros, tan sólo por el nítido placer de sus sexos.
Aquella tarde de visita a Sergio le había
venido una inspiración visual. En realidad eran más bien buenas intenciones que
un acierto creativo. Cogiendo la Zenit le pidió que lo ayudara a cargar con una
pila de libros. Esa misma Zenit que ahora exhausta se volvía pasado, recuerdo
asechante sobre la mesa, la misma, ahora inerte, ausente de esas, sus idas y
regresos en el tiempo.
Había lugares que a ambos les
llamaban la atención. Subterráneos orwellianos
cubiertos de tubos de distintos dimensiones,
pasillos oscuros que terminaban
en puertas extrañas, rejas entreabiertas
que dividían túneles en dos. En uno de aquellos pasillos del subterráneo de
Suchdol se les había ocurrido desnudarse. Empujados por las locas
extravagancias de Sergio se habían hecho fotos: imágenes en blanco y negro de
hombres desnudos sentados sobre pilas de libros, detrás de ellos una reja que
dividía un pasillo en dos túneles que se perdían en dobleces de laberinto, la
conciencia del hombre encarcelada, la impotencia de los intelectuales encerrada
en el catalejo secreto de una fotografía. Una oda fotográfica a la Carta de los
77.
Se preguntaba si habría un lugar así en el edificio de esos falsos
amigos de Invalidovna, esos personajes impuestos por el desagüe del destino. No
sólo de esa gente no habría sido nunca amigo si estuviera en Santiago, tampoco
de Sergio, -pensó. Mirando el techo desparramarse en las paredes de una gran
caja de pandora vio nuevamente a Carol vertiginosa, durmiendo, recordó los
momentos la tarde anterior en que Sergio y Marié habían bajado al boliche de la
esquina a traer algo de beber; aquellos solitarios instantes en que habían
comenzado a besarse. Se había por fin atrevido a besar a una europea. En un
octavo piso de Praga dirigió un concierto de dedos y uñas que se aferraron
lentamente, construyendo la música de un himno solitario. Carol como de
costumbre, vivía sin admiración otra de sus aventuras. Santibáñez, su novio panameño,
andaba lejos y quizás cuando regresaría de sus largos viajes. A veces le daban
vuelta en su cabeza los sueños: el posible matrimonio con un extranjero y los
papeleos para que la dejaran viajar al Caribe. Tendría por fin dólares y ropa
"zapadní".
¿Regresaría? Se lo había
prometido, si no simplemente
continuarían sus veintiún años siguiendo un camino menos incierto de
estudiante de un periodismo obediente. De una forma u otra giraban en su
cotidianidad miles de indecisiones y a fin de cuentas parecía darle lo mismo
con quien se acostaba. Ahora era un chileno. Un recién llegado. Pero Julio eso no
quería saberlo.
Aquella tarde se atrevió a
besarla para que ella lo recibiera con la mirada semi-extraviada, teniendo
latente otros recuerdos que a ratos le
impedían acercarse a él. También por eso
era que salía a beber; para olvidar. Se sabía hermosa, sabía que el amor
terminaba después del primer sexo, los hombres que amaba no entendían que una
mujer pudiera ser libre. Venían de tierras lejanas, donde el baile y el sol
embrujaban los sentidos, eran ejemplares de una raza de corazones frondosos y
cuerpos calientes. Soñaba con el aroma de las cosas que nunca había visto.
Esperaba algún día a su príncipe que la alejara del mal olor de los autobuses,
de las intrigas y sobretodo del hielo de esa raza de hombres que en el centro
de Europa habían olvidado como acariciar a una mujer. Detestaba las cantinas
repletas de panzones borrachos. El vodka o el vino eran a fin de cuentas un
alcohol más caro que la cerveza.
Julio no pudo evitar la
atracción que se escondía en sus ojos y menos la belleza de su cuerpo, de
figurita "Penthouse" que siempre había soñado, una especie de
conjugación diabólica que lo hacía reanudar su búsqueda de cariño, su sed de
asentamiento. Cada vez que estaba con una mujer, se encendía en él la idea de
finalmente encontrar y armar los andamios de algo que le hacía falta por
reparar, la restauración de ese edificio en ruinas que era su alma.
La música aun rebotaba en las
paredes con cierta complicidad.
Cuando Sergio y Marié habían
vuelto con algunas botellas ya la tarde lentamente iba desapareciendo mientras
los cuatro, entre el humo y las botellas intercambiaban en sus distantes
idiomas todas las locuras que se les pudieran venir a la cabeza. Daba lo mismo
a quien se le ocurriera algo, de lo cual había que reírse para llenar el
silencio: como ir a comprar algún trago en el
cochecito de un niño estacionado junto a la puerta del departamento,
disgustando a una portera que dormía la eterna siesta de los porteros.
Cualquier cosa podía convertirse en el puente que faltaba para alcanzar a
alguien que se encontraba en alguna otra orilla. Pero la otra orilla era el
riesgo.
El tipo de overol que los vio
era un obrero de manutención de Suchdol. Apareció por el doblez del túnel donde
tiraban las fotografías. Cuando vio a Sergio desnudo pensó que eran maricones.
Iba apurado pero al instante se detuvo, sonrió. ¿Había sonreído realmente?
Julio recordando sonrió viendo a Carol dormida, cual víctima de esa intriga
subterránea. El tipo de overol les había pedido que lo esperaran. Y al
volver les había sugerido que perdían el tiempo, que lo que había que
fotografiar eran mujeres. Lo sabían, esas eran las orillas, las lejanas orillas
donde había que desvanecerse, como quien arriba tras un naufragio. Los había
invitado, pero el temor había sido más fuerte. Lo dejaron ir. Detrás de aquella
invitación Julio veía otros puentes, otras orillas, más oscuras, recordó los
paseos por la Iglesia de San Francisco en el Santiago nocturno, esas obesas
doncellas de escasa tersura envueltas en polvos de colores vendidos por
profesores cesantes en esas esquinas meridionales. Junto a esa cristiandad
oblicua ofrecían sus cuerpos de musas pobres. Nunca había estado con una puta –pensó-,
les tenía miedo. Esas orillas eran quizás similares a las de aquella su más
preciosa noche, pero eran otros ríos.
Ellos, en cambio, eran la
casualidad, el enredo de una mentira deliciosa y un desvarío de brújulas
ausentes. El hombre de overol se había ido. Y Julio se había molestado tanto
consigo mismo que cogió su libreta de teléfonos para buscar el número de Marié;
Sergio lo seguía con una mirada de desconcierto. Marié y él se habían conocido
en alguna reunión que ya no recordaba, y mientras más trataba menos podía
entender qué hacía él con su número. Jamás solía llamarlas, más bien gozaba de
los encuentros a boca de jarro.
Mientras amanecía volvió a
verse a sí mismo encerrado en la cabina telefónica, mintiendo. A Marié le había
interesado lo del premio, aunque le daba lo mismo si el concurso de fotografías
que idearon fuera en Portugal o en la Cochinchina. Había aceptado. Cuando colgó
el teléfono sintió al fantasma de overol que desaparecía para ya no volver a
verlo más. Pero, ¿era aquélla la última noche lejana de aquel fantasma? Ellos
no lo sabían, porque lo esencial es siempre un secreto. Esa simultánea
construcción de puentes: un niño apareciendo a lo lejos, el cochecito, la
inmensa cara de espanto de la portera.
En cada uno de esos puentes
se trataba de destruir un viejo ritual, la intención de borrar de una pasada en
un pizarrón toda la inocencia que cada uno arrastraba. Reían de la expectación
de la portera bajándose los lentes hacia la nariz al verlos entrar con un coche
lleno de botellas de vino. Arriba un payaso de trapo podía ser el contrabajo
que Sergio hacía sonar en el centro de la sala mientras Julio simulaba un golpe
seco de baterías que las hiciera reír de la anormal fantasía de un par de
extraños. Carol había confesado no poder evitar ser atraída por ese embrujo de
hacer todos los días algo diferente. Solía vivir cotidianamente su pequeña
guerra contra la rutina. Quizás por eso había aceptado en el Café Slavia la
invitación a conocer cómo era el sabor de una bebida extraña, un vaso de pisco
del sur del mundo, a media luz, en un piso de esa ciudad que conocía de
memoria, dispuesta a que la vida avanzara para aprovecharse de ella, como los
unos a costa de los otros. Quizás todo era un método, como también había dicho,
un método que todos usaban y que en el caso de Carol era intentar elegir su
futuro, dejando que un curso cotidiano la llevara donde mejor se sintiera.
Cuando se encontraron aquella
primera vez, después del atrevido telefonazo de Julio, los túneles lúgubres
quedaron en el olvido. Fue en Leninova, a los pies de la gran estatua de Lenin,
Julio le presentó a Sergio, Marié a Carol. Sergio intentó todo el camino hasta
la estación del metro que llevaba el nombre del rey Jorge cruzar cuatro frases
en checo que resultaron del todo incógnitas.
Era una suerte que ellas hablaran español.
Cuando Marié le presentó a Carol, Julio empezó
rápidamente a jugar el papel que previamente habían acordado. Explicó de qué se
trataba: harían unas cuantas fotografías de la vida cotidiana, tema que querían
trabajar para el Concurso de Fotografías de Lisboa y cuando se presentara la
oportunidad sugerirían algún desnudo. Los sorprendía su risa, como si supieran
de qué se trataba todo. Sabían. Parecían divertirse, romper un orden abstracto
que las encarcelaba hasta destruirlas. Julio sería el director, mientras Sergio
tiraba fotos inexistentes. Habían olvidado el único rollo de película en
Suchdol, si es que alguno quedaba después de los desnudos literarios de Sergio.
Era la mentira un juego, una pasión llevada a la perfección del ingenio, una
sed inundada de gratos momentos. Aquella vez habían terminado medio borrachos,
lo suficiente para que Sergio conversara con Marié en un rincón de la sala
mientras Julio se precipitaba en un test psicológico recién inventado y a medio
camino para someter a Carol a las más audaces pruebas, como podía ser un masaje
sobre su espalda desnuda o un beso repentino que se había quedado estático
sobre la alfombra.
Había sido todo demasiado
rápido, como una tormenta, frágil, carente de dolores y esperas. Hasta que
volvieran a verse el fin de semana siguiente en el Café Slavia.
La sensación de aquel viento
que de pronto habría de llevarse todo volvía a girar en torno a sus
pensamientos. La miró dormida, envuelta en las sábanas celestes, ahora con uno
de los brazos sobre su cuerpo. Sólo se dedicó a mirar el techo, a tratar de
dormirse a pesar de la oscuridad que lentamente se marchaba. Las figuras se
hacían lentamente más claras, por toda la habitación surgían desvanecidos
personajes, zapatos tirados, un cenicero, un tubo de crema Nivea, juguetes y
sus ropas. Era terriblemente claro que no sabían nada el uno del otro, pero eso
no importaba. Tan solo un par de miradas, Můstek, Václavcké Náměstí, unas
copas en aquel idioma extraño y un montón de horas pasando, como el tumulto en
las mañanas de la gente aglomerándose en los paraderos para llegar al trabajo
que no trabajaban. Julio quería abarcar todos aquellos nuevos signos de un
mundo demasiado diferente y que en tan sólo unos meses se le había caído encima
torrencialmente, como la lluvia blanca y fría que era la nieve. Allí estaba,
queriendo encender un Sparta y no haciéndolo simplemente para no viciarle el
aire. Habían alejado el lunes, para ellos fatal ante la disciplina de volver al
internado. Acostumbrados tan sólo al autoritarismo militar de un general necio
y vil habían presentado una carta de timbres falsificados al director del instituto.
Recordó cómo habían vaciado lo que quedaba de
aquella botella de pisco y otra de vodka; como la tarde había caído con ellas
de regalo; volvían a hacerle reír los comics de Sergio, los había empezado a
dibujar en el Slavia, jugando con un lápiz y un papel, hilos, cordeles de
tinta. Puentes interminables. Lentamente todos habían entrado a las hojas del
papel como dibujados desde quién sabe qué distancia, siendo ellos los
implacables personajes. En Julio palpitaban todos los detalles. De pronto, Marié y Sergio ausentes, Carol y él solos
junto al mundo-mesa; ella hojeando su libreta, llegando a esos relatos que
había escrito en la soledad de su cuarto. Le era imposible entender aquel
confuso español o aquella mala traducción que él intentaba. Julio la miró a los
ojos hasta saltar a su boca, entonces ella suavemente levantó sus brazos y lo
envolvió en su cuerpo jugando a desordenarle el cabello, recibiendo caricias
que lentamente la incendiaban, a ratos bruscamente perdía la mirada y escapaba
del fuego que ciegamente se encendía. Trató de rodearla, atraparla, había tanto
tiempo en él sin sentir manos, cuerpo, labios corriendo presurosos, tenía
hambre de ternuras, abundancia de durezas. La angustia de una extraña orfandad,
su sensación de vacío se disipaba, la contempló como a una de esas copias de
estatuas griegas de museo. Sus mutilaciones no eran de mármol si no de espacios
y tiempos prohibidos. Sin embargo ella tenía una vida que transmitía otro
lenguaje. Se iba lejos en sus pensamientos para de pronto volver a la realidad.
Entonces nuevamente se besaban con desesperación, con una pasión incógnita.
Ninguno de ellos sabía a ciencia cierta qué pasaba en la cabeza del otro.
Aquella tarde se deshacía en crepúsculo y caricias, los dedos de Julio
penetraron su blusa, desbocados caballos corriendo por su espalda, su
respiración se hizo cada vez más alta y más tibia, cada vez hubo menos pausas
en donde enfrentar las miradas. Sus bocas eran una mezcla de labios apretados,
consecutivamente rojos y ardientes mientras sus dedos se acercaban hasta sus pechos
sintiendo el incendio que le quemaba sin poder evitar el baile seductor de su
cuerpo. Julio acalorado sentía en sus oídos los leves quejidos, de reojo miró
la habitación a oscuras que los esperaba. La misma habitación, las mismas
paredes que ahora contemplaba alegre y lleno de preguntas mientras la miraba
suavemente como un animalito delicado, dormida, sin ella imaginar que él no
podía dormir. La miraba soñar percatándose de una distancia irreparable entre
aquel sueño tranquilo y simple y su inevitable insomnio que le reconstruía otra
vez aquellos momentos, ella abriendo sus piernas en la silla para que le dejara
caer sus manos y escalara sus muslos hasta llegar a sus labios bajos de rubios
pelillos. Había comenzado a frotarla, primero lentamente, jadeaba en la silla
penetrando su pantalón para masturbarlo, abrirle la bragueta, cogerlo y
llevárselo a sus labios. Todo era una fiesta, una explosión de chispazos,
pequeños orgasmos furiosos que pedían más y más. Se levantaron, apretándose
cada vez más. Ni siquiera se percataron de la presencia de Sergio que buscaba
desesperadamente el casette de Cat Stevens. La música parecía llenar todos los
rincones. Rechazó con pudor la habitación, como dudando si era eso lo que ella
quería; sin embargo cinco minutos le habían bastado para decidirse y dejarse
alzar en los brazos de Julio y caer en la cama. Con la puerta entrejunta
siguieron tocándose hasta estrellarse violentamente, le mordió suavemente sus
pezones en aquel juego de resistencias. Ella lo apretó hasta sentir que su
miembro ardía por penetrarla, lo lamió con apetito queriendo succionarlo,
buscando sacar de él el mayor placer posible, como si olvidara su propio
nombre. La blusa y la camisa fueron olvido sobre la alfombra y ella disipó sus
dudas dejando que le arrancara los blue jeans y la desnudara por completo, él
se sacó la ropa observando sus rosados botones y su entrepiernas. Entre sábanas
y techo: brazos, muslos y manos, abrazados friccionándose, frotándose hasta que
por fin la penetró y sintió sus profundas humedades, abriéndola, profanándola.
Que ella sintiera sus íntimas durezas, las que ahora la invadían de bruscos
placeres. Le rogó que lo hiciera lentamente mientras recordaba cuantas veces lo
había hecho con el tubo del desodorante, quizá recordando a Santibáñez. Era un
momento de olas sucesivas, de convulsiones en sus sexos. Todo se iba
rápidamente mientras Julio empujaba cada vez más al verla saltar en susurros.
Era una caída de agua que de pronto se iba convirtiendo en un torrente
imparable hasta que llegara el momento en que todo tendría que terminar. Era
una brisa que cruzaba uno de esos veranos cálidos, ella brillaba y él se sentía
y veía a sí mismo torpe después de aquel largo tiempo de masturbarse en baños mal olientes, y quizá por esa razón
no pudo evitar acabar tan prontamente.
Después de la tempestad, la calma. La
sensación absurda de que en la sala se habrían percatado. Era la primera vez
después de mucho tiempo, y como era de esperar, como una maldición de las
ciudades modernas, de los suburbios de las grandes capitales o de un programa
violento de televisión, todo era invadido por una filuda plasticidad, como
quien recorre una avenida, abre la puerta de un carro y deja subir a alguna
mujer por unos dólares. O bien, la sensación de follar con la mujer con la que
has vivido toda una vida y has terminado odiando.
Volvieron a estar allí. A
besarse como si los cruzara una bolsa de nylon. Se vio torpe, inútil y
desorientado. Ella no paraba de reírse y aunque fuera de él de quien lo hiciera,
eso lo ayudaba a no pensar, a creer que ella había tenido una noche de placer.
Carol descansaba riéndose, también en ella yacían explosiones y flores
arrancadas en la revuelta de los cuerpos, pero ella no había acabado. Pensó en
preguntas, en la posibilidad de necesitar preguntas, disquisiciones morales
sobre la aquiescencia de aquellas aventuras destinadas a ayudarla a saber si
sería capaz de dejar una vida tras ese futuro marido, tras aquel regreso que la
acosaba inevitablemente, preguntándole, obligándola a agarrarse con dientes y
uñas, anticonceptivos y domingos a la vida que se le podía escapar como un
concepto. Sentir el tiempo al menos la calmaba. ¿Qué haría con un hijo? -le
preguntó. Julio no tenía respuesta a tal pregunta, ¿y ella? -pensó.
Quedaría lo de siempre,
callar, el silencio: familia, mesa, camas desordenadas en domingos flojos, un
no esperar a nadie en la distancia de lo lejano, lo verdaderamente lejano.
Entonces Europa sería un guetto en el tiempo. Cómo explicarle que la revolución
con la que había soñado era un hermoso asco traicionado, un basural de buenas
intenciones. Que la historia era una gran cuchillada capaz de partir el mundo
en dos, dos entidades adyacentes. El era un leproso que frente a un espejo, de
alguna manera, también quería vivir, vivir lo negado, ser el reflejo, la imagen
inconclusa, buscar un rostro oculto, su rostro oculto, el lugar negro de todo
suicida, el secreto del Dios que no era, y entre todo, el amor, la posibilidad,
la casualidad o el signo. ¿Que se rieran? ¿Qué se podía arreglar en el centro
de un caos interminable? El día: una nueva sección de ironía, hombres y
mujeres, los salvadores cotidianos de la mentira. Carol desnuda había cerrado
los ojos queriendo dormir, buscando un sueño que la refugiara. Lo había logrado
finalmente, tendida con su delgado cuerpo a merced de alguna brisa que empezara
a llevársela para siempre. Julio se levantó a beber algo, a celebrar algo así
como una gran casa con jardines destrozados. Había amanecido.
La miró desde el dintel
vestirse y preguntar la hora mirándolo como si lo viera por primera vez. Le
volvió una mirada que él nunca
comprendería, su realidad era como un videoclip
sin censura, ella la gran directora, la hipnotizadora de sus marcas y la de
todos los Julios que vagaban por el mundo, las viejas marcas, las ataduras, los
oscuros temores. La vida, un río cayendo al mar sin meandros, un felino ojo
para los análisis en blanco y negro. La vio y la quiso, en toda una secular
negación de sí mismo, era el reflejo, la otra mitad disecada por el inevitable
puñal, ataduras atrapadas en algún ascensor, pisoteadas con la colilla de un
cigarro, la vida un escupitajo de la nada, de lo oscuro, Sergio y Marié
culeándose al gran escupitajo asimétrico en la sala.
Allí quedaba la orgía de
tasas de café, la noche escondite del sueño, el silencio de Julio mirándola
dormir sobre sus preguntas. La otra dimensión colándose: nuevas generaciones,
nuevos dolores, pequeño cochecito-juguete-pesadilla siglo veinte, un teléfono
de plástico, Marié escondida-piedrecita en el ojo, Sergio riendo, dejándola
echarse toda la vida, todos los espejos a la cartera o el telefoncito de
juguete, Julio presente de su propia ausencia, y el " qué dirán "...
Pensó en levantarse,
sigiloso, abrir la cartera de Marié, caer en su mar de espejos y recuperar el
juguete del niño ausente que era en el fondo toda esa moral tercermundista y
chata que era él.
Carol se había levantado
presurosa, la mañana era una marea imparable de ruidos que inundaban el aire,
Marié ya no estaba, se vio sola, traicionada, Sergio dormía, miró a Julio, el
azar de volver a verse. Julio permaneció pensando, recordando las fotografías,
le había hecho dos fotos con su Praktika, dos desnudos. Pensó en el concurso,
en las mentiras y Lisboa, volvió a dormirse, profundamente, dejando las puertas
abiertas de sus sueños. Vio en ellos a Jorge, el rey husita sentado en las
lecciones de checo, mientras desde las ventanas del castillo veía el Elba que
se desparramaba por un costado del Parque Forestal de Santiago. Le preguntaron
desde el taburete el significado de algo, Jorge de Podebrady lo sacudió
volviendo de ese sopor que lo embotellaba. Volteó su rostro para ver de pronto
a ese fantasma, el tipo de overol lo zamarreó para que subiera a su cuarto.
Iban a cerrar el pasillo de aquel túnel. Había estado durmiendo, esperando a
Sergio que había ido por más libros. Dentro de aquel subterráneo extraño, había
sentido aromas que ahora ya no recordaba, hubiera querido dormirse para siempre
dentro de ese frasco de éter que era su memoria. El tipo de overol se marchó
dejándolo sentado sobre la pila de libros. Supo que nada de lo que imaginara
podía ser encerrado en algún negativo.
Praga 16 de Julio del 89 - 24 de
Septiembre del 97
2. Entre griegos y alemanes
He olvidado completamente
como conocí a Dimitri. Si en los baños del internado, o en alguno de los
comedores, si en el Založna
(que era el nombre de la única taberna de Poděbrady) o simplemente me lo presentó alguien. Lo cierto es
que guardo aún en algún lugar de mi casa algunas fotografías en las cuales
estamos bailando abrazados y con botellones de cerveza en nuestras manos. En
otra, Dimitri y otro amigo griego me están haciendo un peinado rarísimo. Por lo
general nos juntábamos a beber y a escuchar a Mikis Theodorakis. En aquel
entonces todos los que aparecemos hipnotizados en esas fotos éramos
apasionadamente comunistas. Pero los griegos lo eran aun más. Las paredes, de
la pieza de Dimitri (la cual compartía con Manolis, otro griego, aunque
bastante más provinciano por ser oriundo de Kreta) estaban cubiertas de oses y
martillos, de afiches con los rostros de Marx y Engels, carteles llamando a la
defensa de Nicaragua y una que otra pancarta con el nombre de algún líder
partidario. Lo cierto es que la estética con la que ellos demostraban su
adhesión no me incomodaba, para mí (que no entendía una jota de griego) esos
afiches pertenecían al terreno de lo exótico. No me sucedía ciertamente lo
mismo en el caso de las habitaciones cubanas, mucho más afectadas de cierta
clase de fundamentalismo. Lo que sí me parecía una verdadera barbaridad, o más
bien una soberana estupidez, era que los estudiantes griegos cambiaran los
dólares que les enviaban sus padres obreros por algo más de nueve coronas
checas que les otorgaba el Banco Nacional (en aquel entonces el mercado negro,
en manos de uno que otro polaco residente, daba alrededor de cincuenta coronas).
Siempre he pensado que eran el hazme reír de los cajeros bancarios.
Aquel invierno de 1988, los
griegos representaron la única alternativa de amistad a los cubanos. Tanto
Dimitri como Manolis decidieron adoptarme, al menos eso sentía yo. Para ellos
Víctor Jara era un héroe mundial, tenían discos con sus canciones cantadas en
griego, los comunistas chilenos éramos la segunda Nicaragua y yo, en definitiva,
encarnaba la vocación revolucionaria que a ellos les había sido negada. Cuando
terminamos nuestra estancia en aquel centro de idiomas hicimos una gran fiesta
en la pieza de Dimitri, creo que fue la primera vez en que nos entendimos
pasando de las consignas y las sonrisas a frases inteligentes en un checo
rudimentario, probablemente las botellas de ouzo fueron aquella noche un estímulo a nuestra declarada
amistad. Nunca volvimos a encontrarnos Dimitri y yo. Manolis, su compañero de
cuarto asistía a ciertas materias en común, ambos estudiábamos el primer año de
Arqueología Clásica en la cátedra de Celetná.
Manolis era para la risa, sobre todo por la dificultad que le causaba hablar
checo. En una ocasión, en medio de una aula llena de estudiantes, el profesor
tuvo la atinada idea de preguntarle que de dónde era el joven extranjero allí
presente. A lo que Manolis con su rostro siempre serio y sonriente le respondió
(en checo) que él estaba orgulloso de ser un cretino, queriendo decir cretense.
A la asamblea de estudiantes no le quedó otra alternativa que largarse a reír.
Cosas como esas pasaban con mis amigos griegos.
Fue unos años más tarde,
cuando decidí congelar mis estudios y buscarme un trabajo, pasaba por una
situación bastante escabrosa en lo económico, a lo que mi reacción como
vendedor callejero logró poner tope. Yo vendía libros y sombreros frente al Orloj de la Plaza Vieja y salía por
las noches a beber con amigos que no tenían el más mínimo punto en común con
una universidad. Mientras, mis amigos griegos terminaban pausadamente sus
estudios, recibían mensualmente la pensión en dólares de sus padres (la cual
seguían yendo a cambiar al mismo banco) y hasta encontraban pareja. Supe de
oídas que Manolis Klonzas se había casado con una checa y que Dimitri
Papanopulus (o algo así), el bueno de Dimitri, tenía noches con Faneri, una
estudiante colombiana.
Cuando me cansé de trabajar
como chino y decidí que haría un viaje a Chile, habían ya pasado cinco años
desde que nos dejamos de ver.
El verano del 94 (del
hemisferio sur) quise ir lo más al sur posible. Viajaba acompañado de lo que en
Chile, a cada rato, llamaban una gringa, y quería llevarla a que conociera la
famosa carretera austral, pretendía llegar hasta Coyhaique. Viendo el mapa que
llevábamos y los travellers cheques
que nos quedaban tuvimos la acertada idea de seguir camino a Argentina. De
Chile Chico llegamos hasta Perito Moreno y de ahí hasta Comodoro Rivadavia. Era
la primera vez que veía el Atlántico y no sé por qué tuve la impresión de que
me lo había imaginado exactamente igual a como ahora lo veía. Desde la costa
nos dirigimos a Esquel, un pueblito en el sur de Argentina, y desde Esquel hicimos un hermoso camino de
lagos y montañas. Fue a orillas del Futalaufquen donde nos conocimos con Utte
Wendel y con su novio (cuyo nombre he olvidado). Eran alemanes de Munich. Utte
estudiaba turismo y estaba escribiendo su tesis de graduación acerca de los
lagos argentinos. No nos costó hacernos amigos, tampoco recuerdo en qué lugar
de todos esos en que nos fuimos encontrando camino a Bariloche nos
emborrachamos los cuatro. Yo había tenido la suerte de visitar la capital
Bávara en dos oportunidades y a pesar de no conocer absolutamente nada de ella
causé una agradable impresión en nuestros acompañantes tudescos. Utte hablaba
bastante bien el español y yo aún tenía una que otra clase de alemán que había
tomado antes de retirarme por completo de la facultad. La última vez que nos
vimos fue en Puerto Montt. Visiten Angelmó, les dije. Nos hicimos los
respectivos cambios de direcciones y teléfonos y quedamos en que teníamos que
vernos en Europa.
Pasó un tiempo largo. Un año
quizá. Yo viajaba y mandaba postales. Suelo mandar cientos de postales cada
año. Cuando un buen día vi en el buzón un gran sobre procedente de Munich supe
que era Utte la que me escribía. Me mandaba un comentario a la ley del trabajo
checa que había aparecido en su país con una versión en checo. Ese fue nuestro
último contacto.
A fines de aquel año, creo
que del 95, mis intereses turísticos se orientaron a lugares menos cómodos, y
más estrafalarios. Iba camino a Marruecos cuando Utte Wendel pudo aparecer como
un fantasma. Salíamos de Algeciras a Tarifa cuando divisé una furgoneta muy
similar a la mía, de placas alemanas. La conducía una muchacha. Aquella vez en
Argentina me hice la misma impresión al ver a Utte y a Marcus (ahora pienso que
se llamaba así su acompañante). Los veía y sentía que ella era mayor que él.
Utte era más alta y a todas luces mayor, además Marcus (si es que así se
llamaba) no hablaba español, lo que lo volvía absolutamente dependiente de
ella. Traté de localizarlos en la autopista por el espejo retrovisor, hasta
encontrarlos. Los esperé. Cuando vi pasar la Volkswagen Westfalia y percatarme de que las alemanas (a veces
tan bermejas) son a veces tan iguales, tuve la necesidad de volver a visitar
Alemania.
Fue antes de partir hacía el
otro extremo de Europa, a Turquía, que un amigo me llamó para que lo acompañara
a Munich. Acepté encantado. En la casa a la que llegamos nos esperaban con
comida y cerveza. La anfitriona, una alemana casada de mentiras con un chileno
(por lo de los papeles) cocinó un sabroso plato de zapallitos italianos a la
bávara. Le pedí prestada la guía telefónica y busqué a Utte. Había decenas de
Utte Wendel, pero solamente una de ella tenía a su lado el nombre de Marcus
algo. Lo encontré extraño que en una guía apareciera el nombre del conviviente.
Dizqué el número sin suerte. Dormí con la certeza de que al día siguiente le
daría la sorpresa a Utte, sin llamarla. Cogí algunas cervezas que llevaba
conmigo en la camioneta. La calle Hananer era una callejuela de la Villa Olímpica.
Recordé los hechos trágicos de aquella olimpiada, los deportistas israelíes
muertos, aunque para entonces yo era un niño aún. El no rotundo de Golda Meir
aún rebotaba en el cemento de ese estadio. Mientras buscaba el número 39 trataba
de imaginarme la gran construcción de Otto Frei, los tendones del estadio. Era
sábado, algo pasado el medio día. Toqué un timbre que era la boca de un gato
pintado. Imaginé la cara de Utte al verme. Sentí a alguien que bajaba por unas
escaleras, me froté las manos. La casita era diminuta, casi enana. Hansel y
Gretel, pensé. Cuando se abrió la puerta y vi a Dimitri quedarse mudo con la
boca abierta me di cuenta que mi boca estaba haciendo exactamente la misma
exclamación. Carlos, me dijo, pero man y tú qué aquí, en perfecto español (o más bien en
perfecto colombiano). Allí estaba Dimitri, con su porte de siempre, sus ojos
negros y su melena rizada. Malakas, dijo en griego, como decía por lo
demás siempre. Por fin te encuentro cabrón, le dije bromeando. Fue lo único que
se me ocurrió. Saqué las botellas de mi morral y las puse sobre la mesa. Faneri
estaba cocinando. Pregunté por Utte y Marcus. De puta madre los dos esos, me
dijo Faneri. Dejaron el departamentito justo un día antes, alcanzamos a
cruzarnos y a desearnos suerte, me dijo Dimitri, la alemana hablaba español, me
dijo Dimitri, mientras nos bajábamos las pilsener que yo les traía a Utte y
Marcus y nos comíamos la comida
colombiana que había hecho Faneri. Ni que estuvieran esperando visitas, pensé.
Praga, 26 de agosto
del 2000
3. Mudanzas
(como homenaje a los 30 años de Jehtro Tull)
No acabo de desempacar un par de libros, unos discos, los típicos utensilios de cocina más otro sin fin de cajitas de cartón y bolsas de polietileno, cuando casi a media noche suena el celular. Me digo que a quién se le ocurre joderme a estas horas un viernes por la noche. Para bien o para mal, resulta ser mi nuevo casero, el propietario de mi nuevo departamento, de este departamento blanco, lleno de luz y ventanas a la calle en calle Smeralova en el barrio de Bubenec. La traducción de Bubenec me recuerda la palabra tambor, sin embargo ignoro su significado original. Aquí las casas son antiguas y señoriales, a pesar de sus descascarados revoques y sus entornos de eternos andamiajes, algunas de sus calles guardan sombras refrescantes, debido a inmensos árboles, que se abrazan y hermanan con los del parque Stromovka. Su cercanía con la ciudad vieja es casi inminente, separada tan solo por el río Moldava y de éste por el cerro de Letná. A unas calles al oeste comienza Hradcanská, el barrio del castillo de Praga.
Mi casero me anunciaba que el lunes me visitaría, para resolver lo del teléfono, para explicarme donde se enciende la calefacción o donde se corta el agua, en caso de que me vaya de viaje. Bueno, le dije, lo espero a las seis de la tarde. Sigo desempacando papeles y cuadernos, aún no aparece mi agenda, donde día a día anoto mis obligaciones y reuniones, actividades como conciertos o exposiciones que deseo visitar, salidas al cine o al teatro... Cambiarse de casa es como que a uno le borren la memoria del hard disc que tenemos en la cabeza, ya que para tipos como yo, todo empieza y termina en el escritorio de mi sala. Allí, en esa especie de campo de batalla, (donde pasan las cosas), es donde se manifiesta toda la esencia de una mudanza, y esto porque suelo ir acumulando sobre la cubierta de la mesa, toda una suerte de papelitos, recaditos, libros que, o estoy leyendo o voy consultando. A parte de todo esto están las boletas y las facturas, las cuentas por pagar, las cajas con las disquetas, los fajos de papel blanco o de roneo. Ni hablar de las tarjetas de visita de tipos que tengo que llamar, o los números de alguna muchacha, de la cual, bajo cualquier pretexto, he de olvidarme, por miedo, vergüenza, o simplemente por seguir creyendo que la mujer de mi vida habrá de llegar en el momento en que me encuentre menos desprevenido, y digo menos y no más, porque de alguna manera, a pesar de lo despistado y hosco, he de fijarme en su existencia, absolutamente tangencial y transitoria. Luego, con esa nueva amante, ignorada pero esperada, consultaré ese horóscopo cotidiano, que es esa especie de reconstrucción verbal que hago, de los conciertos visitados, de las exposiciones de fotografía que fuimos a ver justo el mismo día y casi a la misma hora, sin siquiera toparnos, y que confirmaremos gracias a un afán común de guardar por algún tiempo las entradas y los programas que nos reparten; o simplemente hablaremos de los pubs, teatros, cafés y boliches varios, visitados casi los mismos viernes. Así es como me doy cuenta que aquella mujer ha andado por ahí, casi rozándome, pero que el momento de gracia, por fuerza de la providencia o de alguna otra brujería o hechizo, ha llegado justo cuando de casualidad he dejado de mirar para ese "otro lado". Así, de la nada, puedo, tanto por un mes como por una cantidad enorme de años, terminar metido con una chica, sin haber tenido la más mínima intención. Así es la química de las esquinas o de las tasas de café, porque ni hablar de la que se esconde en los conchos de las copas de vino o en las cenizas de los cigarrillos de mariguana, que suelo terminar fumándome con desconocidos, por lo general tipos de pelos largos, que suelen estar hablando de libros que he leído o de asuntos de lo más “urgente para el bien de la humanidad y la sabiduría pública”.
En medio de una mudanza pierdo la orientación y la única brújula que evita el más absoluto de los naufragios, es la araña lenta de la intuición, ese olfato mental que nos dice, en esta cajita sí, en esta tal vez, para que de todas maneras, nunca tenga la menor idea, a donde han ido a parar todas esas alimañas de papel que me torturan diariamente desde mi propia mesa y que suelo llamar masoquismo intelectual. Lo lógico es empezar a abrir cajas y empezar a rehacer la vida de a poco, clavar los cables del computador, sin olvidarme donde enchufar cada uno, y tratar de abrir los ficheros en los que he estado sentado trabajando, para averiguar que esa semana empaquetada ha significado un retraso enorme en la cuenta del teléfono, la no he podido pagar porque la impresora ha estado guardada en una de las tantas cajas, amontonadas quien sabe donde. Esto, de cualquier modo, pertenece a ese primer grupo de problemas, menores digo yo, y que resuelvo con una llamadita de teléfono en que hipócritamente me disculpo mil veces, o bien, sin querer, si se han puesto un poco animales en el tono, los termino mandando al carajo, y todo gracias a que el tiempo en que la burocracia pública inicie el trámite para dejarme incomunicado, será siempre más largo que el tiempo en que me tome para desempacar todas las cosas.
Una mudanza llega despacio, inadvertidamente, por ejemplo justo cuando resulta que estoy escribiendo y suena el teléfono y que quién será tan tarde y es Milán, ahora mi nuevo vecino, pero que hace unos días no lo era: que ya habló con el dueño del edificio donde vive y que me puedo cambiar la próxima semana, aprieto el botón verde de mi celular que dice OK para terminar la llamada y me sorprendo ante una neurosis de caos inminente: cajas, las eternas cajas de cartón de toda mudanza. Estas son tentativas literarias fallidas, comenzadas, recomenzadas o simplemente dejadas de lado, casi por las mismas razones: llamadas urgentes de París, donde una voz ronca y secular me dice, soy yo, y es él, un tal Renato, que me vaya para allá inmediatamente, que hay una exposición de los ingenieros del renacimiento en La Villette y que el Chino viene de Lille y que la fiesta es el próximo sábado y etcétera, etcétera, etcétera. Este tipo de pausas son realmente devastadoras (al final llevan a un mismo resultado: volver a empezar un cuento o una carta, o un artículo). Hay sí, situaciones peores, como por ejemplo encontrarse escribiendo algo importante. No es la primera vez que un trabajo se ve repentinamente interrumpido. Puedo dedicarle tardes o madrugadas enteras, divagando con el teclado del ordenador, sin tener el más mínimo de los problemas, hasta que de pronto suena el celular y llaman del trabajo, salgo corriendo, por no se qué asunto de unos vecinos que han llamado a la policía, y que vente para acá nomás, porque el uniformado insiste, en que sea justamente yo el que le explique ese centenar de argumentos ridículos que de todas maneras no va a creer, ya que su objetivo es pasar una multa con la cual podrá anotarse puntos ante un jefe, que sentado detrás del escritorio lo va ha quedar mirando, seco, tosco, y al que al final le va a dar todo lo mismo, (porque él está ahí para cosas más importantes). Entonces vuelvo a casa, hastiado, subiendo los peldaños de dos en dos, verde de bronca, de haber tenido que conducir nuevamente la furgoneta y de no haber terminado lo que estaba escribiendo. Enciendo la radio, la UNO, y están tocando justo algo que no me acomoda, ya que no paso ese reggee de tambores, el dub, música que se queda en cuatro frases que no hacen más que hablar de paz y amor cuando medio planeta está allá a fuera poco menos que matándose, son los Hipnotix, los dejo porque los tambores tienen al final algo que ver con mi nuevo barrio.
Ya creía que nada me iba a detener, dado al devenir inspirativo que causaba en una buena idea, las miradas por la ventana desde el piso, que habito y debo abandonar, un lugar cuyas ventanas dan a un romántico patio de escuela, lleno de álamos y de enormes paredes color naranja, una verdadera inspiración de día, una vista de canalones y aleros de cobre enverdecidos por el tiempo, el óxido universal de los techos del barrio de Vrsovice: palomares y campanarios oxidados que en el cielo me recuerdan lugares imaginarios que inevitablemente se me iban escondiendo entre las letras del texto. Como si fuera poco, de noche todo desaparece ante la oscuridad de las calles, especialmente la de calle Madridská, donde la luna y una ampolleta soñolienta, cuya luz cae desde una farola, también oxidada, crean una escenografía instigadora y hacen del porshe de la parte posterior de una escuela un sitio solitario y místico; un verdadero baile de musas aún le da vida al decorado donde dos aves de yeso, con cola de pez se miran sosteniendo en los picos una argolla y en las garras un pan, lo que me hace pensar que aquella puerta trasera puede ser la entrada a la cocina de aquella gran escuela. Nunca vi a nadie salir, nunca nadie entró, durante mis largas noches, sentado detrás del brillo fluorescente de la pantalla, mi ventana me sacó del cansancio de mis ojos hacia ese pequeño rincón contemplado desde mi cuarto piso, (que aquí viene a ser el quinto, ya que el cero es en Praga algo a ser tomado en cuenta, como cortarse el pelo al cero, temperatura bajo cero o un empate cero a cero). Entonces resulta que, cuando la inspiración de un cuento se liga, extrañamente, a detalles, como aquella ventana, detalles que acurrucan y acarician, para que la mente vuele, en ese extraño fenómeno que es ir inventándose sueños y pesadillas, una mudanza puede ser fatal. No es posible encontrar después, una vez mudado, así como así, la inspiración perdida.
Clavé finalmente el último enchufe, el del mouse de mi PC que guía la letra justa que voy ahora escribiendo y que en cualquier caso para ti lector es esta simple lectura, el acto de leer, esto, mucho después, momento absolutamente inalcanzable e indefinible para mí. Esto que si bien, escrito ya mucho antes, ha cobrado su primera vida, tan sólo unos pocos minutos después de abrir la caja mágica, que me permitió por fin dar con los cablecitos; poder recobrar la identidad perdida dentro de esa nebulosa temporal, que es esa semana en que la existencia de uno no es más que cajas de cartón y paredes blanquecinas. Paredes que lentamente iré poblando de cuadros de amigos, de la foto de Rimbeau, sacada del internet, o de una postcard de la Violeta Parra. De ese centenar de recortes de diarios y tickets recortados de conciertos que han pasado, y que insisto en dejar clavados en algún rincón de la casa, como si fueran medallas. Como lo son también algunos restos de cerveza, al final de fiestas, como se le llama en Europa a cierto tipo de reuniones con amigos; medallas de fiestas que al menos duran toda la noche y que terminan sin que me de cuenta, porque me suelo quedar de pronto dormido en un sillón, para que alguién suela tener la bondad de tirarme mi propia chaqueta encima. Dándome cuenta a la mañana siguiente, que ya todo el mundo se ha marchado, dejándome papelitos con notas y saludos, y buenas nuevas y bendiciones, y los que no, me han de llamar durante el día y los otros: Iván Gutierrez o Eric Machuca, por ejemplo, los contrarios a todas estas posibilidades, me han de caer de visita de nuevo, ese mismo día, el siguiente, con alguna revista y una botella de Penfolds australiano o un Pinotage sudafricano, que estarán de chuparse los dedos, sobretodo porque confirmaré que los vinos chilenos ya no son los únicos del mundo...
Descubro por fin los restos de música que aún laten, encerrados en los recuerdos de esas entradas ya ultrajadas por los dedos de algún portero, porque ellos están siempre ahí, con su cara de matones, esperándome para hacerme añicos el boleto que tanto deseo guardar de recuerdo, para mandárselo de regalo a algún amigo, pata, cuate o yunta, según sea el confín del mundo. Un poco como si fuera un souvenir, bastante extraño, porque la reacción puede ser diferente, y la envidia del que lo recibe puede ser tan grande, que se comprará en ese otro rincón del mundo un ticket para un super concierto, al que me es imposible asistir porque esa banda no ha venido nunca y ni piensa venir, o simplemente porque a veces ando paveando o volando bajo y me pierdo conciertos, como me pasó con los Midnight Oil, con los Garvage o Paul Simon.
Justo de la caja de cartón que abro, mientras hablo por el celular y me pongo de acuerdo para el lunes, para encontrarme con el dueño, sale la tan buscada agenda, de la cual se asoma el boleto para el concierto de los Jethro Tull, que resulta ser justo el mismo lunes a las ocho de la noche y que no me pienso perder, por que simplemente resulta no ser una mera casualidad, que tenga casi todos sus discos, por supuesto, también aun empaquetados quizá en cuál de las cajas.
Es lunes, como de costumbre voy tarde. Mientras avanzo con la furgoneta lo veo parado en la puerta del edificio, hay en el cielo un sol terrible, cosa que él mismo confirma al levantar una botella de agua y dar un largo trago, le hago una seña, lo veo con la parte de arriba de su jardinera de jeans abierta y colgando como si a esa temperatura le diera exactamente lo mismo el aspecto desgarrado que trae. Encuentro un espacio para estacionarme entre dos basureros y un auto, lo saludo, que no lleva mucho rato esperando, me dice. Y yo que, qué hace así, tan abrigado, con el calor que hace. Que en la noche va no se para que parte. Intercambiamos unos comentarios sobre el clima y subimos. Entramos al departamento, él se pone a trabajar con unos cables, un tipo llega y se ponen a hablar, no encuentro mejor momento para armar una cómoda IKEA, que ese, en que ellos resuelven los asuntos en el pasillo. Miro la hora, le pregunto a que hora se desocupan, no me responde, y yo no vuelvo a preguntar. Nunca se sabe cuando una pregunta banal y simple puede causar malestar en un casero, más tratándose de alguien tan joven y ya tan adinerado. Cruzamos un par de frases, me pregunta por el concierto, a las ocho le contesto, me pregunta si vi el del Lucerna hace seis años. Que sí, que no me pierdo ninguno, y él que tampoco, me siento mejor, ya tenemos algo en común. Pero cuantas veces me sorprendí en la escuela al ver a algunos de los que consideraba adversarios, cantando las mismas canciones que yo gustaba de cantar, sorprendido de mi mismo ahora, ya que aún sigo escuchando a Silvio Rodriguez, a pesar de estar tan lejos del castrismo. Sigo armando la cómoda y dan las siete. De que me preocupo, si él también tiene las llaves, lógico, es el dueño. Esta vez no llegaré de los primeros. Atornillo unos tarugos a los cajones de madera, y por que no un poco de Sweet dream, de Living in the past antes del concierto, no más para recordar. O Bureé, aquella balada que entonábamos a comienzos de los ochenta. Nos juntábamos en casa de Silvia, la novia de un amigo, y solíamos salir a pasear por Pedro de Valdivia, nos íbamos por las calles entonando la letra que Sebastián, otro amigo, le había inventado a la canción de Anderson, jugábamos, saltábamos, embrujados por cigarrillos de mariguana o botellones de vino, luego volvíamos a la casa de Silvia, a donde llegaban sus primos y amigas. En aquel entonces yo había llegado de La Serena, una ciudad del norte, que se caracterizaba por casi desposeer de esos ambientes, espacios que inventábamos en Ñuñoa, que era la comuna donde casi todos vivían y donde quedaba nuestra facultad de pedagogía. En verano le cuidábamos la casa a la hermana de Sebastián, entonces nuestra base de operaciones se desplazaba, hacia La Cisterna, otra comuna de Santiago, más popular que la de los padres de Silvia. A cambio, durante esos meses de vacaciones, la casita de madera enterrada en medio de un patio de limoneros y de gatos flojos, gozaba de una paz enorme, no había ruidos y recibíamos visitas que se quedaban días, había ausencia de adultos, y grandes banquetes de arroz con salchichas y salsa de tomates. El marido de la hermana tenía una colección completa de Jethro, de Yes y de Rick Wakeman y para nosotros era eso y Silvio Rodriguez y Sui Generis y Los Blops y Los Jaivas y Vangelis y la Janis y Cat Stevens y Chic Corea y todos los pitillos de mariguana y todas las fiestas, y mis primeros llantos por una niña a la que miré de reojo en una fiesta, justo cuando de reojo ella me miraba, para venir a quedarse en mi vida casi cuatro años, hasta que el destino nos separara. La casa era un oasis en medio de calles polvorientas.
Con una copia pirata de Jethro Tull me desnudé, semanas más tarde, cuando aquella niña aceptó ser mi novia, por primera vez, en medio de una noche larguísima, en una casona vieja de calle Santa Rosa, donde arrendába una pieza. Allí seguían nuestros encuentros. Sesiones de meditación, versión valiente que teníamos para engañar a la dueña de aquella casa, una señora inmensa y mandona, que nos traumatizaba, al punto que llegamos a pensar que era la misma Santa Rosa, en persona, encarnada como una madre superiora para mantenernos a raya. Tratábamos durante el año estudiantil de repetir aquellas fiestas de conversaciones y música del verano, inventando la formula perfecta de cómo cambiar a la sociedad chilena, como hacer la revolución de las flores, expulsar a los militares del gobierno, disolver el estado, declarar la libertad absoluta de los jóvenes y vivir todos juntos, en comunidad, en alguna vieja casa, compartiendo nuestros dineros o lo que nos brindaran nuestros padres. Todas esas utopías llevaban una música de fondo: la flauta traversa de Anderson.
Fue un día de Mayo, del año 83, justo cuando el centro de Santiago se nubló de bombas lacrimógenas, que el flautista guardó sus notas y advertimos que nada de lo que queríamos para Chile era posible. Nosotros seguimos viviendo juntos, en un departamento que arrendamos meses más tarde, nuestras reuniones no cesaron, al menos hasta aquel día en que cada uno se fue yendo por una camino diferente. Los cassettes de los Jethro quedaron en poder de Sebastián. Él era quien nos había hecho soñar con mariposas y jardines, sus poemas eran para nosotros verdaderos manifiestos. Por aquel entonces empecé a escribir mis primeras letras y era justo que fuera él quien guardara ese tesoro que habíamos compartido tantas temporadas.
El propietario me golpea a la puerta. Estiro la mano con el control remoto para bajar el volumen de Heavy Horses, que ya me estoy yendo le digo, él me dice que también, intercambiamos unos saludos huérfanos de intención, cierro la puerta y me apuro en dejar una lámpara encendida y la radio puesta. Por si acaso, pienso. Al llegar al semáforo de la esquina me doy cuenta que el concierto es sólo a unas cuadras, en la Malá Sportovní Hala, pero ya voy tarde, son las ocho, estará tocando el grupo invitado. Para lo que me importa, me digo, voy por los Jethro. Llego al lugar, como era de esperar no encuentro lugar para parquearme, hasta lograr instalarme frente al estadio. Pero si es aquí mismo me digo, unas letras góticas en el boleto me advierten que si bien es allí, es en la sala pequeña. Dos muchachas vestidas de atletas salen de un fit center, les pregunto y me mandan hacía una portería, detrás de unos enormes ventanales. No hay ningún cartel, ninguna flecha que indique donde es el concierto, y si lo han pospuesto sin que me haya enterado, buenas tardes le digo a un portero, sentado detrás de una barra alta, el tipo bebe una cerveza en botella y resuelve un crucigrama, me quedo mirando su camisa, color verde oliva y de charreteras rojas, pero si es como los uniformes de la época comunista, pienso, levanta su cabeza, flojamente y a todas luces lo molesto, le sonrío, para sacarle una respuesta afable, no hay caso, levanta su mano y me indica la puerta diciéndome que copie el contorno del edificio hasta atrás y que allí es, me voy sin atreverme a preguntarle por los Jethro, de todas maneras a esas alturas me da lo mismo, lo único que quiero es no importunarlo, salgo y camino por el costado del estadio, dándome cuenta que allí mismo realizaron, muchos años atrás, su primer concierto en Praga. Aquella vez había un gran anuncio luminoso sobre el techo del estadio, como si anunciaran una final de hockey. Busco el anuncio, no hay nada, el gran patio que camino esta vacío. A lo lejos, donde termina la gran pared que me queda por recorrer, veo a unos tipos caminar parsimoniosamente, hay un silencio de fin de semana, pero es lunes. Llego a las boleterías del estadio, están cerradas, me temo lo peor, volver a casa y empezar a buscar la noticia en el diario, encender la radio y esperar que me informen sobre el lugar donde me han de regresar el dinero. Pero nada de eso pasa, hay un tumulto de vendedores ambulantes, cuyo centro es una camioneta que vende discos, escucho el Aqualung, paso directo hacia los encargados de aniquilar mi entrada, entro al estadio donde un mar de gente se aprieta sobre unos balcones, trato de buscar un lugar, mi lugar. La gran mayoría de los presentes son una fauna conocida, melenas largas y barbas a lo ZZ Top, chaquetas de mezclilla, morrales que caen de hombros cansados, algunas mujeres de aspecto demacrado, por los años y las drogas, me imagino, cincuentonas contemporáneas a Anderson, de esas que salían en los setenta a trampear en los bosques, partían con sus hijos y amigos a esconderse, viajaban hacia adentro, a ese espacio inalcanzable de la conciencia, donde era posible evitar ser el bocado de ese monstruo abominable y totalitario; en los bosques se encontraban, escuchando la música de Jethro Tull o de Velvet Underground, de Burdon o de Cannot Head, de los Santana o de los Plastic Peoples, con pócimas de Psylocibina o con flechazos de mariguana, con literatura copiada a mano o con una emisora portátil que les hiciera escuchar las transmisiones de la radio Europa Libre. Me siento incómodamente joven, voy mirando las caras, algunas me son familiares, como si hubiera algo que a todos, a cada uno de ellos los hermanara, la música que por décadas los hizo pertenecer al subversivo apelativo de inconformistas. Casi no veo el escenario, estoy tan lejos que casi no me doy cuenta cuando, ya una vez apagadas las luces, comienzan a moverse unas figuras en el podium, la horda de hippies postmodernos aplaude. Un tipo de ojos desorbitados y de una sonrisa cordial parece aletear a lo lejos, lleva una gorra negra en la cabeza, como la de Nicholson en Atrapado sin salida. Lleva en la mano una larga barra de metal plateado que brilla en la distancia, la varita mágica, me digo. El bardo comienza su función y una algazara de gritos y silbidos lo saluda. Es él, de pelo corto pantalón y polera, que más da, simple como una conclusión, sin disfraces ni atuendos, como si por fin dijese, aquí estoy, este soy yo después de treinta años. Aplaudo, voy tratando de acercarme lo más posible, una melodía conocida por todos nos hace saltar de entusiasmo, salto y me río, es Fatman y el rostro de otro amigo se muda en mi cabeza Zbynek Ryba, mi primer amigo checo se dibuja sobre las luces que van mimetizando las notas. Hay mudanzas que son radicales, como irse a vivir a un país lejano y extraño. En estos casos el hard disc desaparece, es como que a uno le hubieran robado todo, sobretodo el teclado, como que le hubieran dejado tan sólo la pantalla, para mirarlo todo. Volvemos a ser verdaderos niños, nos falta el idioma y estamos en un país donde no conocemos a nadie. Uno pasa de ser protagonista a ser espectador, y pueden pasar meses antes de que uno cruce un par de saludos con alguien. A comienzos de los noventa tuve un trabajo de vendedor callejero, consistía en pararme todos los días a venderle libros a los turistas alemanes que visitaban en aquel entonces Praga, como si los vericuetos, las callejuelas y los faldeos del castillo fueran los compartimientos del arca de Noé y ellos los animales ansiosos por salvarse del diluvio. Era tal la cantidad de abuelitos y abuelitas que compraban guías y librillos de fotografías que era difícil no hacer dinero. Yo llevaba ya unas temporadas en el país y mi condición de estudiante daba cuenta de un mínimo conocimiento del idioma. Tardé un par de años en darme cuenta que ser extranjero no era algo bueno y que muy poca gente sentía curiosidad, mucho menos afecto. Aquella plaza, la más hedonista de la ciudad, con su más heterogéneo abanico de construcciones, con su reloj monumental y sus cientos de rateros y cartereros, albergaba una zoología fantástica de naciones. Un anciano inglés, de hijos suecos, vendía anillos de plata y tabletas de hachis; un polaco, Arcadius, había llegado por un día al concierto de los Rolling para terminar quedándose, vendía flores de loto hechas de alambre y me abastecía de LSD, cuando una que otra acid-party en Donde los Desesperados, lo requiriera. Caricaturistas rusos. Joyeros de los Balcanes. Músicos peruanos. Todos compartíamos aquel espacio, que era una verdadera feria de pasiones y negocios quiméricos. En aquel entonces el banco de hoy era una fiambrería y la cristalería una tienda de telas y ropas. El anticuario de calle Zelezná era un quiosco de diarios y revistas y por las noches almacenábamos nuestros cachivaches en la mismísima alcaldía. Después de pagarle unas monedas al portero, que nos odiaba a todos, pero que sentía una verdadera adoración por las veinte coronas que cada uno de nosotros le entregaba cada tarde.
De todos los mercaderes que asfixiábamos la plaza, tan sólo uno parecía romper ese desorden de gritos y ofertas. Su mesa era diminuta, como las casitas de cerámica cocidas y esmaltadas, edificios pequeñitos que eran imitaciones de bancos, tabernas y librerías. Expuestos uno al lado del otro, delante de ese tipo silencioso, de pelos largos y de una gran barba. De su mirada lenoniana salían dos chispas que iban a dar al infinito. Casi no hablaba y se pasaba horas leyendo libros y envolviéndole casitas a los turistas. Al final del día guardaba sus artículos en una caja de plátanos y la iba a dejar a la alcaldía. Así todos los días sin cruzar una palabra con nadie. Hasta aquel día en que nos vimos hablando. Realmente nunca supe como nos pusimos a hablar. Si fue alguna necesidad mutua o el azar de esa plaza que entrecruzaba a sus habitantes. Su manera de hablar era culta y refinada, lo que me hizo darme cuenta de lo poco que sabía yo checo. Los primeros diálogos fueron quizá torpes y escurridizos. Simbólicos. Fueron la simple mención de Julio Cortázar y los Jethro Tull lo que nos hizo sospechar que éramos amigos hace tiempo, sin siquiera saberlo. Así fue como un día me invitó a su casa y conocí aquel mundo subterráneo de editores clandestinos, de vagabundos forestales, de fiestas silenciosas en hospodas olvidadas de la mano de Dios. Rituales secretos, practicados desde mucho antes de que volviera la democracia. Visité sótanos que habían sido talleres de teatro, biógrafos escondidos y teatros desobedientes. Por fin había salido de mi condición pasajera. Cada vez que nos encontrábamos, llenábamos nuestras pipas de hierba y nos dejábamos llevar por un tobogán musical, cuyo actor principal era Ian Anderson.
La gente pega un gran grito, el aire se llena de silbidos, es Polillas, una de los temas más lindos. Yo insisto en mirar a mi alrededor. ¿Busco en el horizonte de rostros a mi próxima mujer?. Una joven, de las pocas está sentada sobre una baranda de cemento. Trató de mirarla, esperando que me mire. ¿Será ella la muchacha que conoceré tiempo después y que me dirá que estuvo en este concierto? Reviso su rostro, es demasiado joven, la acompaña su padre y me doy cuenta de que Anderson canta para él. ¿Que sentiría mi hijo si viera a este bufón con su flauta? Cuando mi hijo asista a recitales, Anderson será polvo y memoria, yo seré un anciano pegado a mis recuerdos.
Aplaudo y salto gritando, por mi lado una culebra de gente entra y sale, como si tan solo quisieran estar, escuchar la música y flotar a la deriva de esos vasos de cervezas que van a buscar al quiosquito de la entrada. ¿Que pensará este músico, ya calvo y de voz cansada?, ¿Entenderá la euforia de estos viejos que insisten en aplaudirle?. Como si fueran veinte, treinta años menos. This not love… dice un estribillo y trato de acordarme del nombre del tema, un tumulto de cabezas se apelotonan delante de mí. Trato de acercarme a la baranda de cemento mientras Acres Wild hace resucitar a los de atrás, me apego a la pierna de una mujer, a caballo sobre la baranda. Comienza sospechosamente a moverse y a rozarme. La miro y es una gorda que me asusta. Con razón, me digo. Esta debe estar peor que yo. Me aparto y voy siguiendo los movimientos de la traversa, la música es la misma, pero la letra de Aqualung es esta vez un lamento afónico. Eric me había dicho ante un concierto de Burdon y los New animals que prefería que algunos se hubieran muerto. Y si la Janis Joplin viviera. ¿Cómo sonarían sus gritos majestuosos de entonces?.
El público parece darse cuenta, pero los aplausos no cesan. Levanto las manos, con más ánimo cuando de entre las luces sale Bureé. ¿Qué estará haciendo Sebastián Villablanca?. Estará entre esta horda de maniskas mi amigo Zbynek Ryba o habrá tomado la triste decisión de dejarlos. Un tipo detrás de mí se queja de que me le estoy acercando demasiado, me llama colega. Pero no es que estamos en un concierto, le replico, me vuelve a pedir que no lo toque. Te molestan los seres humanos, colega, que haces entre tanta gente, le digo. Se enfada. Son raros estos checos, están llenos de buenas intenciones, pero a la hora de.....
La culebra de gente con vasos de cerveza y bolsas de maní crece, cruzan por mi costado. Vuelven a sus paciencias. Que me quede quieto me dice un tipo más atrás, que mi cabeza no lo deja ver. Pero qué es esto, estos tipos se han vuelto locos o qué. Pienso en irme. A cada rato un ogro de pelos y aspecto hipesco se me para delante. Estoy tan lejos que tengo que empinarme para ver los juegos y piruetas de Anderson. Me canso, pero ya no importa, nuestro artista flota en el escenario. Sus caricias de Amelín embrujan a los ratones. A pesar del cansancio de sus brazos, vuelve una y otra vez a sacar de nuestras manos aplausos caudalosos. Su voz ya no es la misma y sé que es mi último concierto, de a poco se acaba la velada, dos gigantescos balones pasan del escenario a navegar por las cabezas de estos ancianos, sus rostros ya no son los mismos, las manos que impulsan los grandes globos son las de sus hijos, esas generaciones que le descubrimos después. Se encienden las luces y la masa humana empieza lentamente a transformarse en un dragón de gruesas cabezas que va saliendo. Una hidra borracha de recuerdos. Me paro en un quiosco y me tomo un refresco. Busco alguna cara conocida. Es mi último concierto. Con cierta nostalgia me despido. La pesada puerta de la memoria se encargará algún día de cuidar los recuerdos, cuando las preguntas de mi hijo me interroguen.
Algo se ha mudado para siempre, algo invisible, impalpable, imperecedero. Todo el romanticismo de los ideales no es hoy más que el juego pretérito que nos invoca a reunirnos, una y otra vez, para volver a vernos. Como si no nos bastara con el espejo cotidiano, cada mañana. Como si el cansancio y la comodidad fueran la rutina llamada a ser derrocada. Hay un Anderson en nosotros, los que nos atrevimos a perdonar su voz mudada y heroica, un flautista silbando, drogándonos de años.
Camino hacia la furgoneta, en el estacionamiento hay autos que han venido desde distintos rincones del país, así son los Jethro Tull. Llego a mi departamento, apuesto a una de las cajas, la abro, allí me esperan los discos, busco Catfish Rising, pongo Durmiendo con el Perro, apago las luces y me voy a acostar, mañana me esperan más cajas por desempacar y quizá escriba algo sobre Ian Anderson y sus treinta años de Jethro Tull.
Del primero al 14 de Junio, en el barrio de Bubenec ... Praga.
No acabo de desempacar un par de libros, unos discos, los típicos utensilios de cocina más otro sin fin de cajitas de cartón y bolsas de polietileno, cuando casi a media noche suena el celular. Me digo que a quién se le ocurre joderme a estas horas un viernes por la noche. Para bien o para mal, resulta ser mi nuevo casero, el propietario de mi nuevo departamento, de este departamento blanco, lleno de luz y ventanas a la calle en calle Smeralova en el barrio de Bubenec. La traducción de Bubenec me recuerda la palabra tambor, sin embargo ignoro su significado original. Aquí las casas son antiguas y señoriales, a pesar de sus descascarados revoques y sus entornos de eternos andamiajes, algunas de sus calles guardan sombras refrescantes, debido a inmensos árboles, que se abrazan y hermanan con los del parque Stromovka. Su cercanía con la ciudad vieja es casi inminente, separada tan solo por el río Moldava y de éste por el cerro de Letná. A unas calles al oeste comienza Hradcanská, el barrio del castillo de Praga.
Mi casero me anunciaba que el lunes me visitaría, para resolver lo del teléfono, para explicarme donde se enciende la calefacción o donde se corta el agua, en caso de que me vaya de viaje. Bueno, le dije, lo espero a las seis de la tarde. Sigo desempacando papeles y cuadernos, aún no aparece mi agenda, donde día a día anoto mis obligaciones y reuniones, actividades como conciertos o exposiciones que deseo visitar, salidas al cine o al teatro... Cambiarse de casa es como que a uno le borren la memoria del hard disc que tenemos en la cabeza, ya que para tipos como yo, todo empieza y termina en el escritorio de mi sala. Allí, en esa especie de campo de batalla, (donde pasan las cosas), es donde se manifiesta toda la esencia de una mudanza, y esto porque suelo ir acumulando sobre la cubierta de la mesa, toda una suerte de papelitos, recaditos, libros que, o estoy leyendo o voy consultando. A parte de todo esto están las boletas y las facturas, las cuentas por pagar, las cajas con las disquetas, los fajos de papel blanco o de roneo. Ni hablar de las tarjetas de visita de tipos que tengo que llamar, o los números de alguna muchacha, de la cual, bajo cualquier pretexto, he de olvidarme, por miedo, vergüenza, o simplemente por seguir creyendo que la mujer de mi vida habrá de llegar en el momento en que me encuentre menos desprevenido, y digo menos y no más, porque de alguna manera, a pesar de lo despistado y hosco, he de fijarme en su existencia, absolutamente tangencial y transitoria. Luego, con esa nueva amante, ignorada pero esperada, consultaré ese horóscopo cotidiano, que es esa especie de reconstrucción verbal que hago, de los conciertos visitados, de las exposiciones de fotografía que fuimos a ver justo el mismo día y casi a la misma hora, sin siquiera toparnos, y que confirmaremos gracias a un afán común de guardar por algún tiempo las entradas y los programas que nos reparten; o simplemente hablaremos de los pubs, teatros, cafés y boliches varios, visitados casi los mismos viernes. Así es como me doy cuenta que aquella mujer ha andado por ahí, casi rozándome, pero que el momento de gracia, por fuerza de la providencia o de alguna otra brujería o hechizo, ha llegado justo cuando de casualidad he dejado de mirar para ese "otro lado". Así, de la nada, puedo, tanto por un mes como por una cantidad enorme de años, terminar metido con una chica, sin haber tenido la más mínima intención. Así es la química de las esquinas o de las tasas de café, porque ni hablar de la que se esconde en los conchos de las copas de vino o en las cenizas de los cigarrillos de mariguana, que suelo terminar fumándome con desconocidos, por lo general tipos de pelos largos, que suelen estar hablando de libros que he leído o de asuntos de lo más “urgente para el bien de la humanidad y la sabiduría pública”.
En medio de una mudanza pierdo la orientación y la única brújula que evita el más absoluto de los naufragios, es la araña lenta de la intuición, ese olfato mental que nos dice, en esta cajita sí, en esta tal vez, para que de todas maneras, nunca tenga la menor idea, a donde han ido a parar todas esas alimañas de papel que me torturan diariamente desde mi propia mesa y que suelo llamar masoquismo intelectual. Lo lógico es empezar a abrir cajas y empezar a rehacer la vida de a poco, clavar los cables del computador, sin olvidarme donde enchufar cada uno, y tratar de abrir los ficheros en los que he estado sentado trabajando, para averiguar que esa semana empaquetada ha significado un retraso enorme en la cuenta del teléfono, la no he podido pagar porque la impresora ha estado guardada en una de las tantas cajas, amontonadas quien sabe donde. Esto, de cualquier modo, pertenece a ese primer grupo de problemas, menores digo yo, y que resuelvo con una llamadita de teléfono en que hipócritamente me disculpo mil veces, o bien, sin querer, si se han puesto un poco animales en el tono, los termino mandando al carajo, y todo gracias a que el tiempo en que la burocracia pública inicie el trámite para dejarme incomunicado, será siempre más largo que el tiempo en que me tome para desempacar todas las cosas.
Una mudanza llega despacio, inadvertidamente, por ejemplo justo cuando resulta que estoy escribiendo y suena el teléfono y que quién será tan tarde y es Milán, ahora mi nuevo vecino, pero que hace unos días no lo era: que ya habló con el dueño del edificio donde vive y que me puedo cambiar la próxima semana, aprieto el botón verde de mi celular que dice OK para terminar la llamada y me sorprendo ante una neurosis de caos inminente: cajas, las eternas cajas de cartón de toda mudanza. Estas son tentativas literarias fallidas, comenzadas, recomenzadas o simplemente dejadas de lado, casi por las mismas razones: llamadas urgentes de París, donde una voz ronca y secular me dice, soy yo, y es él, un tal Renato, que me vaya para allá inmediatamente, que hay una exposición de los ingenieros del renacimiento en La Villette y que el Chino viene de Lille y que la fiesta es el próximo sábado y etcétera, etcétera, etcétera. Este tipo de pausas son realmente devastadoras (al final llevan a un mismo resultado: volver a empezar un cuento o una carta, o un artículo). Hay sí, situaciones peores, como por ejemplo encontrarse escribiendo algo importante. No es la primera vez que un trabajo se ve repentinamente interrumpido. Puedo dedicarle tardes o madrugadas enteras, divagando con el teclado del ordenador, sin tener el más mínimo de los problemas, hasta que de pronto suena el celular y llaman del trabajo, salgo corriendo, por no se qué asunto de unos vecinos que han llamado a la policía, y que vente para acá nomás, porque el uniformado insiste, en que sea justamente yo el que le explique ese centenar de argumentos ridículos que de todas maneras no va a creer, ya que su objetivo es pasar una multa con la cual podrá anotarse puntos ante un jefe, que sentado detrás del escritorio lo va ha quedar mirando, seco, tosco, y al que al final le va a dar todo lo mismo, (porque él está ahí para cosas más importantes). Entonces vuelvo a casa, hastiado, subiendo los peldaños de dos en dos, verde de bronca, de haber tenido que conducir nuevamente la furgoneta y de no haber terminado lo que estaba escribiendo. Enciendo la radio, la UNO, y están tocando justo algo que no me acomoda, ya que no paso ese reggee de tambores, el dub, música que se queda en cuatro frases que no hacen más que hablar de paz y amor cuando medio planeta está allá a fuera poco menos que matándose, son los Hipnotix, los dejo porque los tambores tienen al final algo que ver con mi nuevo barrio.
Ya creía que nada me iba a detener, dado al devenir inspirativo que causaba en una buena idea, las miradas por la ventana desde el piso, que habito y debo abandonar, un lugar cuyas ventanas dan a un romántico patio de escuela, lleno de álamos y de enormes paredes color naranja, una verdadera inspiración de día, una vista de canalones y aleros de cobre enverdecidos por el tiempo, el óxido universal de los techos del barrio de Vrsovice: palomares y campanarios oxidados que en el cielo me recuerdan lugares imaginarios que inevitablemente se me iban escondiendo entre las letras del texto. Como si fuera poco, de noche todo desaparece ante la oscuridad de las calles, especialmente la de calle Madridská, donde la luna y una ampolleta soñolienta, cuya luz cae desde una farola, también oxidada, crean una escenografía instigadora y hacen del porshe de la parte posterior de una escuela un sitio solitario y místico; un verdadero baile de musas aún le da vida al decorado donde dos aves de yeso, con cola de pez se miran sosteniendo en los picos una argolla y en las garras un pan, lo que me hace pensar que aquella puerta trasera puede ser la entrada a la cocina de aquella gran escuela. Nunca vi a nadie salir, nunca nadie entró, durante mis largas noches, sentado detrás del brillo fluorescente de la pantalla, mi ventana me sacó del cansancio de mis ojos hacia ese pequeño rincón contemplado desde mi cuarto piso, (que aquí viene a ser el quinto, ya que el cero es en Praga algo a ser tomado en cuenta, como cortarse el pelo al cero, temperatura bajo cero o un empate cero a cero). Entonces resulta que, cuando la inspiración de un cuento se liga, extrañamente, a detalles, como aquella ventana, detalles que acurrucan y acarician, para que la mente vuele, en ese extraño fenómeno que es ir inventándose sueños y pesadillas, una mudanza puede ser fatal. No es posible encontrar después, una vez mudado, así como así, la inspiración perdida.
Clavé finalmente el último enchufe, el del mouse de mi PC que guía la letra justa que voy ahora escribiendo y que en cualquier caso para ti lector es esta simple lectura, el acto de leer, esto, mucho después, momento absolutamente inalcanzable e indefinible para mí. Esto que si bien, escrito ya mucho antes, ha cobrado su primera vida, tan sólo unos pocos minutos después de abrir la caja mágica, que me permitió por fin dar con los cablecitos; poder recobrar la identidad perdida dentro de esa nebulosa temporal, que es esa semana en que la existencia de uno no es más que cajas de cartón y paredes blanquecinas. Paredes que lentamente iré poblando de cuadros de amigos, de la foto de Rimbeau, sacada del internet, o de una postcard de la Violeta Parra. De ese centenar de recortes de diarios y tickets recortados de conciertos que han pasado, y que insisto en dejar clavados en algún rincón de la casa, como si fueran medallas. Como lo son también algunos restos de cerveza, al final de fiestas, como se le llama en Europa a cierto tipo de reuniones con amigos; medallas de fiestas que al menos duran toda la noche y que terminan sin que me de cuenta, porque me suelo quedar de pronto dormido en un sillón, para que alguién suela tener la bondad de tirarme mi propia chaqueta encima. Dándome cuenta a la mañana siguiente, que ya todo el mundo se ha marchado, dejándome papelitos con notas y saludos, y buenas nuevas y bendiciones, y los que no, me han de llamar durante el día y los otros: Iván Gutierrez o Eric Machuca, por ejemplo, los contrarios a todas estas posibilidades, me han de caer de visita de nuevo, ese mismo día, el siguiente, con alguna revista y una botella de Penfolds australiano o un Pinotage sudafricano, que estarán de chuparse los dedos, sobretodo porque confirmaré que los vinos chilenos ya no son los únicos del mundo...
Descubro por fin los restos de música que aún laten, encerrados en los recuerdos de esas entradas ya ultrajadas por los dedos de algún portero, porque ellos están siempre ahí, con su cara de matones, esperándome para hacerme añicos el boleto que tanto deseo guardar de recuerdo, para mandárselo de regalo a algún amigo, pata, cuate o yunta, según sea el confín del mundo. Un poco como si fuera un souvenir, bastante extraño, porque la reacción puede ser diferente, y la envidia del que lo recibe puede ser tan grande, que se comprará en ese otro rincón del mundo un ticket para un super concierto, al que me es imposible asistir porque esa banda no ha venido nunca y ni piensa venir, o simplemente porque a veces ando paveando o volando bajo y me pierdo conciertos, como me pasó con los Midnight Oil, con los Garvage o Paul Simon.
Justo de la caja de cartón que abro, mientras hablo por el celular y me pongo de acuerdo para el lunes, para encontrarme con el dueño, sale la tan buscada agenda, de la cual se asoma el boleto para el concierto de los Jethro Tull, que resulta ser justo el mismo lunes a las ocho de la noche y que no me pienso perder, por que simplemente resulta no ser una mera casualidad, que tenga casi todos sus discos, por supuesto, también aun empaquetados quizá en cuál de las cajas.
Es lunes, como de costumbre voy tarde. Mientras avanzo con la furgoneta lo veo parado en la puerta del edificio, hay en el cielo un sol terrible, cosa que él mismo confirma al levantar una botella de agua y dar un largo trago, le hago una seña, lo veo con la parte de arriba de su jardinera de jeans abierta y colgando como si a esa temperatura le diera exactamente lo mismo el aspecto desgarrado que trae. Encuentro un espacio para estacionarme entre dos basureros y un auto, lo saludo, que no lleva mucho rato esperando, me dice. Y yo que, qué hace así, tan abrigado, con el calor que hace. Que en la noche va no se para que parte. Intercambiamos unos comentarios sobre el clima y subimos. Entramos al departamento, él se pone a trabajar con unos cables, un tipo llega y se ponen a hablar, no encuentro mejor momento para armar una cómoda IKEA, que ese, en que ellos resuelven los asuntos en el pasillo. Miro la hora, le pregunto a que hora se desocupan, no me responde, y yo no vuelvo a preguntar. Nunca se sabe cuando una pregunta banal y simple puede causar malestar en un casero, más tratándose de alguien tan joven y ya tan adinerado. Cruzamos un par de frases, me pregunta por el concierto, a las ocho le contesto, me pregunta si vi el del Lucerna hace seis años. Que sí, que no me pierdo ninguno, y él que tampoco, me siento mejor, ya tenemos algo en común. Pero cuantas veces me sorprendí en la escuela al ver a algunos de los que consideraba adversarios, cantando las mismas canciones que yo gustaba de cantar, sorprendido de mi mismo ahora, ya que aún sigo escuchando a Silvio Rodriguez, a pesar de estar tan lejos del castrismo. Sigo armando la cómoda y dan las siete. De que me preocupo, si él también tiene las llaves, lógico, es el dueño. Esta vez no llegaré de los primeros. Atornillo unos tarugos a los cajones de madera, y por que no un poco de Sweet dream, de Living in the past antes del concierto, no más para recordar. O Bureé, aquella balada que entonábamos a comienzos de los ochenta. Nos juntábamos en casa de Silvia, la novia de un amigo, y solíamos salir a pasear por Pedro de Valdivia, nos íbamos por las calles entonando la letra que Sebastián, otro amigo, le había inventado a la canción de Anderson, jugábamos, saltábamos, embrujados por cigarrillos de mariguana o botellones de vino, luego volvíamos a la casa de Silvia, a donde llegaban sus primos y amigas. En aquel entonces yo había llegado de La Serena, una ciudad del norte, que se caracterizaba por casi desposeer de esos ambientes, espacios que inventábamos en Ñuñoa, que era la comuna donde casi todos vivían y donde quedaba nuestra facultad de pedagogía. En verano le cuidábamos la casa a la hermana de Sebastián, entonces nuestra base de operaciones se desplazaba, hacia La Cisterna, otra comuna de Santiago, más popular que la de los padres de Silvia. A cambio, durante esos meses de vacaciones, la casita de madera enterrada en medio de un patio de limoneros y de gatos flojos, gozaba de una paz enorme, no había ruidos y recibíamos visitas que se quedaban días, había ausencia de adultos, y grandes banquetes de arroz con salchichas y salsa de tomates. El marido de la hermana tenía una colección completa de Jethro, de Yes y de Rick Wakeman y para nosotros era eso y Silvio Rodriguez y Sui Generis y Los Blops y Los Jaivas y Vangelis y la Janis y Cat Stevens y Chic Corea y todos los pitillos de mariguana y todas las fiestas, y mis primeros llantos por una niña a la que miré de reojo en una fiesta, justo cuando de reojo ella me miraba, para venir a quedarse en mi vida casi cuatro años, hasta que el destino nos separara. La casa era un oasis en medio de calles polvorientas.
Con una copia pirata de Jethro Tull me desnudé, semanas más tarde, cuando aquella niña aceptó ser mi novia, por primera vez, en medio de una noche larguísima, en una casona vieja de calle Santa Rosa, donde arrendába una pieza. Allí seguían nuestros encuentros. Sesiones de meditación, versión valiente que teníamos para engañar a la dueña de aquella casa, una señora inmensa y mandona, que nos traumatizaba, al punto que llegamos a pensar que era la misma Santa Rosa, en persona, encarnada como una madre superiora para mantenernos a raya. Tratábamos durante el año estudiantil de repetir aquellas fiestas de conversaciones y música del verano, inventando la formula perfecta de cómo cambiar a la sociedad chilena, como hacer la revolución de las flores, expulsar a los militares del gobierno, disolver el estado, declarar la libertad absoluta de los jóvenes y vivir todos juntos, en comunidad, en alguna vieja casa, compartiendo nuestros dineros o lo que nos brindaran nuestros padres. Todas esas utopías llevaban una música de fondo: la flauta traversa de Anderson.
Fue un día de Mayo, del año 83, justo cuando el centro de Santiago se nubló de bombas lacrimógenas, que el flautista guardó sus notas y advertimos que nada de lo que queríamos para Chile era posible. Nosotros seguimos viviendo juntos, en un departamento que arrendamos meses más tarde, nuestras reuniones no cesaron, al menos hasta aquel día en que cada uno se fue yendo por una camino diferente. Los cassettes de los Jethro quedaron en poder de Sebastián. Él era quien nos había hecho soñar con mariposas y jardines, sus poemas eran para nosotros verdaderos manifiestos. Por aquel entonces empecé a escribir mis primeras letras y era justo que fuera él quien guardara ese tesoro que habíamos compartido tantas temporadas.
El propietario me golpea a la puerta. Estiro la mano con el control remoto para bajar el volumen de Heavy Horses, que ya me estoy yendo le digo, él me dice que también, intercambiamos unos saludos huérfanos de intención, cierro la puerta y me apuro en dejar una lámpara encendida y la radio puesta. Por si acaso, pienso. Al llegar al semáforo de la esquina me doy cuenta que el concierto es sólo a unas cuadras, en la Malá Sportovní Hala, pero ya voy tarde, son las ocho, estará tocando el grupo invitado. Para lo que me importa, me digo, voy por los Jethro. Llego al lugar, como era de esperar no encuentro lugar para parquearme, hasta lograr instalarme frente al estadio. Pero si es aquí mismo me digo, unas letras góticas en el boleto me advierten que si bien es allí, es en la sala pequeña. Dos muchachas vestidas de atletas salen de un fit center, les pregunto y me mandan hacía una portería, detrás de unos enormes ventanales. No hay ningún cartel, ninguna flecha que indique donde es el concierto, y si lo han pospuesto sin que me haya enterado, buenas tardes le digo a un portero, sentado detrás de una barra alta, el tipo bebe una cerveza en botella y resuelve un crucigrama, me quedo mirando su camisa, color verde oliva y de charreteras rojas, pero si es como los uniformes de la época comunista, pienso, levanta su cabeza, flojamente y a todas luces lo molesto, le sonrío, para sacarle una respuesta afable, no hay caso, levanta su mano y me indica la puerta diciéndome que copie el contorno del edificio hasta atrás y que allí es, me voy sin atreverme a preguntarle por los Jethro, de todas maneras a esas alturas me da lo mismo, lo único que quiero es no importunarlo, salgo y camino por el costado del estadio, dándome cuenta que allí mismo realizaron, muchos años atrás, su primer concierto en Praga. Aquella vez había un gran anuncio luminoso sobre el techo del estadio, como si anunciaran una final de hockey. Busco el anuncio, no hay nada, el gran patio que camino esta vacío. A lo lejos, donde termina la gran pared que me queda por recorrer, veo a unos tipos caminar parsimoniosamente, hay un silencio de fin de semana, pero es lunes. Llego a las boleterías del estadio, están cerradas, me temo lo peor, volver a casa y empezar a buscar la noticia en el diario, encender la radio y esperar que me informen sobre el lugar donde me han de regresar el dinero. Pero nada de eso pasa, hay un tumulto de vendedores ambulantes, cuyo centro es una camioneta que vende discos, escucho el Aqualung, paso directo hacia los encargados de aniquilar mi entrada, entro al estadio donde un mar de gente se aprieta sobre unos balcones, trato de buscar un lugar, mi lugar. La gran mayoría de los presentes son una fauna conocida, melenas largas y barbas a lo ZZ Top, chaquetas de mezclilla, morrales que caen de hombros cansados, algunas mujeres de aspecto demacrado, por los años y las drogas, me imagino, cincuentonas contemporáneas a Anderson, de esas que salían en los setenta a trampear en los bosques, partían con sus hijos y amigos a esconderse, viajaban hacia adentro, a ese espacio inalcanzable de la conciencia, donde era posible evitar ser el bocado de ese monstruo abominable y totalitario; en los bosques se encontraban, escuchando la música de Jethro Tull o de Velvet Underground, de Burdon o de Cannot Head, de los Santana o de los Plastic Peoples, con pócimas de Psylocibina o con flechazos de mariguana, con literatura copiada a mano o con una emisora portátil que les hiciera escuchar las transmisiones de la radio Europa Libre. Me siento incómodamente joven, voy mirando las caras, algunas me son familiares, como si hubiera algo que a todos, a cada uno de ellos los hermanara, la música que por décadas los hizo pertenecer al subversivo apelativo de inconformistas. Casi no veo el escenario, estoy tan lejos que casi no me doy cuenta cuando, ya una vez apagadas las luces, comienzan a moverse unas figuras en el podium, la horda de hippies postmodernos aplaude. Un tipo de ojos desorbitados y de una sonrisa cordial parece aletear a lo lejos, lleva una gorra negra en la cabeza, como la de Nicholson en Atrapado sin salida. Lleva en la mano una larga barra de metal plateado que brilla en la distancia, la varita mágica, me digo. El bardo comienza su función y una algazara de gritos y silbidos lo saluda. Es él, de pelo corto pantalón y polera, que más da, simple como una conclusión, sin disfraces ni atuendos, como si por fin dijese, aquí estoy, este soy yo después de treinta años. Aplaudo, voy tratando de acercarme lo más posible, una melodía conocida por todos nos hace saltar de entusiasmo, salto y me río, es Fatman y el rostro de otro amigo se muda en mi cabeza Zbynek Ryba, mi primer amigo checo se dibuja sobre las luces que van mimetizando las notas. Hay mudanzas que son radicales, como irse a vivir a un país lejano y extraño. En estos casos el hard disc desaparece, es como que a uno le hubieran robado todo, sobretodo el teclado, como que le hubieran dejado tan sólo la pantalla, para mirarlo todo. Volvemos a ser verdaderos niños, nos falta el idioma y estamos en un país donde no conocemos a nadie. Uno pasa de ser protagonista a ser espectador, y pueden pasar meses antes de que uno cruce un par de saludos con alguien. A comienzos de los noventa tuve un trabajo de vendedor callejero, consistía en pararme todos los días a venderle libros a los turistas alemanes que visitaban en aquel entonces Praga, como si los vericuetos, las callejuelas y los faldeos del castillo fueran los compartimientos del arca de Noé y ellos los animales ansiosos por salvarse del diluvio. Era tal la cantidad de abuelitos y abuelitas que compraban guías y librillos de fotografías que era difícil no hacer dinero. Yo llevaba ya unas temporadas en el país y mi condición de estudiante daba cuenta de un mínimo conocimiento del idioma. Tardé un par de años en darme cuenta que ser extranjero no era algo bueno y que muy poca gente sentía curiosidad, mucho menos afecto. Aquella plaza, la más hedonista de la ciudad, con su más heterogéneo abanico de construcciones, con su reloj monumental y sus cientos de rateros y cartereros, albergaba una zoología fantástica de naciones. Un anciano inglés, de hijos suecos, vendía anillos de plata y tabletas de hachis; un polaco, Arcadius, había llegado por un día al concierto de los Rolling para terminar quedándose, vendía flores de loto hechas de alambre y me abastecía de LSD, cuando una que otra acid-party en Donde los Desesperados, lo requiriera. Caricaturistas rusos. Joyeros de los Balcanes. Músicos peruanos. Todos compartíamos aquel espacio, que era una verdadera feria de pasiones y negocios quiméricos. En aquel entonces el banco de hoy era una fiambrería y la cristalería una tienda de telas y ropas. El anticuario de calle Zelezná era un quiosco de diarios y revistas y por las noches almacenábamos nuestros cachivaches en la mismísima alcaldía. Después de pagarle unas monedas al portero, que nos odiaba a todos, pero que sentía una verdadera adoración por las veinte coronas que cada uno de nosotros le entregaba cada tarde.
De todos los mercaderes que asfixiábamos la plaza, tan sólo uno parecía romper ese desorden de gritos y ofertas. Su mesa era diminuta, como las casitas de cerámica cocidas y esmaltadas, edificios pequeñitos que eran imitaciones de bancos, tabernas y librerías. Expuestos uno al lado del otro, delante de ese tipo silencioso, de pelos largos y de una gran barba. De su mirada lenoniana salían dos chispas que iban a dar al infinito. Casi no hablaba y se pasaba horas leyendo libros y envolviéndole casitas a los turistas. Al final del día guardaba sus artículos en una caja de plátanos y la iba a dejar a la alcaldía. Así todos los días sin cruzar una palabra con nadie. Hasta aquel día en que nos vimos hablando. Realmente nunca supe como nos pusimos a hablar. Si fue alguna necesidad mutua o el azar de esa plaza que entrecruzaba a sus habitantes. Su manera de hablar era culta y refinada, lo que me hizo darme cuenta de lo poco que sabía yo checo. Los primeros diálogos fueron quizá torpes y escurridizos. Simbólicos. Fueron la simple mención de Julio Cortázar y los Jethro Tull lo que nos hizo sospechar que éramos amigos hace tiempo, sin siquiera saberlo. Así fue como un día me invitó a su casa y conocí aquel mundo subterráneo de editores clandestinos, de vagabundos forestales, de fiestas silenciosas en hospodas olvidadas de la mano de Dios. Rituales secretos, practicados desde mucho antes de que volviera la democracia. Visité sótanos que habían sido talleres de teatro, biógrafos escondidos y teatros desobedientes. Por fin había salido de mi condición pasajera. Cada vez que nos encontrábamos, llenábamos nuestras pipas de hierba y nos dejábamos llevar por un tobogán musical, cuyo actor principal era Ian Anderson.
La gente pega un gran grito, el aire se llena de silbidos, es Polillas, una de los temas más lindos. Yo insisto en mirar a mi alrededor. ¿Busco en el horizonte de rostros a mi próxima mujer?. Una joven, de las pocas está sentada sobre una baranda de cemento. Trató de mirarla, esperando que me mire. ¿Será ella la muchacha que conoceré tiempo después y que me dirá que estuvo en este concierto? Reviso su rostro, es demasiado joven, la acompaña su padre y me doy cuenta de que Anderson canta para él. ¿Que sentiría mi hijo si viera a este bufón con su flauta? Cuando mi hijo asista a recitales, Anderson será polvo y memoria, yo seré un anciano pegado a mis recuerdos.
Aplaudo y salto gritando, por mi lado una culebra de gente entra y sale, como si tan solo quisieran estar, escuchar la música y flotar a la deriva de esos vasos de cervezas que van a buscar al quiosquito de la entrada. ¿Que pensará este músico, ya calvo y de voz cansada?, ¿Entenderá la euforia de estos viejos que insisten en aplaudirle?. Como si fueran veinte, treinta años menos. This not love… dice un estribillo y trato de acordarme del nombre del tema, un tumulto de cabezas se apelotonan delante de mí. Trato de acercarme a la baranda de cemento mientras Acres Wild hace resucitar a los de atrás, me apego a la pierna de una mujer, a caballo sobre la baranda. Comienza sospechosamente a moverse y a rozarme. La miro y es una gorda que me asusta. Con razón, me digo. Esta debe estar peor que yo. Me aparto y voy siguiendo los movimientos de la traversa, la música es la misma, pero la letra de Aqualung es esta vez un lamento afónico. Eric me había dicho ante un concierto de Burdon y los New animals que prefería que algunos se hubieran muerto. Y si la Janis Joplin viviera. ¿Cómo sonarían sus gritos majestuosos de entonces?.
El público parece darse cuenta, pero los aplausos no cesan. Levanto las manos, con más ánimo cuando de entre las luces sale Bureé. ¿Qué estará haciendo Sebastián Villablanca?. Estará entre esta horda de maniskas mi amigo Zbynek Ryba o habrá tomado la triste decisión de dejarlos. Un tipo detrás de mí se queja de que me le estoy acercando demasiado, me llama colega. Pero no es que estamos en un concierto, le replico, me vuelve a pedir que no lo toque. Te molestan los seres humanos, colega, que haces entre tanta gente, le digo. Se enfada. Son raros estos checos, están llenos de buenas intenciones, pero a la hora de.....
La culebra de gente con vasos de cerveza y bolsas de maní crece, cruzan por mi costado. Vuelven a sus paciencias. Que me quede quieto me dice un tipo más atrás, que mi cabeza no lo deja ver. Pero qué es esto, estos tipos se han vuelto locos o qué. Pienso en irme. A cada rato un ogro de pelos y aspecto hipesco se me para delante. Estoy tan lejos que tengo que empinarme para ver los juegos y piruetas de Anderson. Me canso, pero ya no importa, nuestro artista flota en el escenario. Sus caricias de Amelín embrujan a los ratones. A pesar del cansancio de sus brazos, vuelve una y otra vez a sacar de nuestras manos aplausos caudalosos. Su voz ya no es la misma y sé que es mi último concierto, de a poco se acaba la velada, dos gigantescos balones pasan del escenario a navegar por las cabezas de estos ancianos, sus rostros ya no son los mismos, las manos que impulsan los grandes globos son las de sus hijos, esas generaciones que le descubrimos después. Se encienden las luces y la masa humana empieza lentamente a transformarse en un dragón de gruesas cabezas que va saliendo. Una hidra borracha de recuerdos. Me paro en un quiosco y me tomo un refresco. Busco alguna cara conocida. Es mi último concierto. Con cierta nostalgia me despido. La pesada puerta de la memoria se encargará algún día de cuidar los recuerdos, cuando las preguntas de mi hijo me interroguen.
Algo se ha mudado para siempre, algo invisible, impalpable, imperecedero. Todo el romanticismo de los ideales no es hoy más que el juego pretérito que nos invoca a reunirnos, una y otra vez, para volver a vernos. Como si no nos bastara con el espejo cotidiano, cada mañana. Como si el cansancio y la comodidad fueran la rutina llamada a ser derrocada. Hay un Anderson en nosotros, los que nos atrevimos a perdonar su voz mudada y heroica, un flautista silbando, drogándonos de años.
Camino hacia la furgoneta, en el estacionamiento hay autos que han venido desde distintos rincones del país, así son los Jethro Tull. Llego a mi departamento, apuesto a una de las cajas, la abro, allí me esperan los discos, busco Catfish Rising, pongo Durmiendo con el Perro, apago las luces y me voy a acostar, mañana me esperan más cajas por desempacar y quizá escriba algo sobre Ian Anderson y sus treinta años de Jethro Tull.
Del primero al 14 de Junio, en el barrio de Bubenec ... Praga.
4. La Duda
Como todos los martes la 301 estaba a la mitad. Desde que la cátedra de historia había decretado lo de la asistencia libre, todo se había vuelto más relajado. Después de largos meses de huelga, era imposible saber el número exacto de inscritos en el seminario dedicado a la guerra en el mundo medieval. Las clases ya no incluían ni horas de ruso, ni de ateísmo científico. Había caído, definitivamente y para siempre, la dictadura comunista.
Aquella mañana, Pacheco, al mirar el aula, a lo largo y a lo ancho, tubo la impresión de que había más filas de bancas vacías que de ocupadas. Pensó que tranquilamente podía haberse quedado acostado en casa con ese resfrío que cargaba, leyendo o viendo algún programa de televisión. En general siempre sucedía que o las salas eran muy pequeñas y se colmaban con facilidad de los más repugnantes sudores y de perfumes baratos, o por el contrario, muy grandes, entonces la voz del profesor rebotaba en las paredes produciéndose un pequeño eco, que quizá nadie más que él notaba. Había que sentarse de los últimos para sentirlo. Como todos los martes se le repetían los rostros, como el de Patrik y Martín de Arqueología, más allá un muchacho de pelo largo con un pequeño moño que estudiaba Etnología, las muchachas de Pedagogía, que eran cuatro, siempre se sentaban juntas, una de ellas de pelo oscuro, casi negro era de origen húngaro. De vez en cuando se le aparecían caras nuevas. Rostros que surgían por primera vez en su retina. También podían haber ausencias como el caso de Milán que o se había quedado dormido o estaba por ahí atascado con algún profesor.
A fin de cuentas le era agradable, cada uno podía sentarse donde se le antojase sin la sensación de tener los párpados de un vecino sobre los apuntes. Le gustaba la holgura de los martes.
En el edificio central de la facultad estaba estrictamente prohibido fumar, pero siempre eran más las excepciones que las reglas y los ceniceros de pedestal inundaban los pasillos. Los casi veinte de esa mañana se habían acostumbrado a dividir la hora de clases en dos bloques, siendo el profesor el que tomaba la iniciativa llevándose la mano al bolsillo. Algunos cerraban los apuntes, asumiendo así un rol de pitonisos en medio de aquel oráculo habitual. Del bolsillo del profesor salían unos sparta, le echaba una mirada al reloj y como un referí anunciaba el descanso. Cerraba el cuaderno sobre su tribuna y lo cogía como si cogiera el balón de fútbol. Se llevaba el cigarrillo a la boca, y con ese pitazo imaginario comenzaba la ansiada pausa. Algunos la aprovechaban para desaparecer completamente, esto, generalmente, cuando el panorama se veía demasiado aburrido, otros asumían aquel ritual de señales de humo y esperaban a que el profesor iniciara el segundo tiempo. Puede decirse que en general los martes era un día de concordia para todos, salvo por los impertinentes, que decidían marcharse a mitad del segundo tiempo, desapareciendo fugitívamente, a vista y paciencia de todos, salvo del referí que ni se inmutaba.
Aquella mañana, para Pacheco, la conferencia empezó como de costumbre, unos minutos más tarde. Las cuatro muchachas de pedagogía, como siempre, se habían sentado ordenaditas, una al lado de la otra, justo en la cuarta fila. Dos filas delante había un muchacho rubio de campera clara, dos asientos a la derecha otro que dormitaba, dos filas atrás de ellas estaba Martín que no estaba sentado como de costumbre a un costado de Patrik. Esta vez estaba justo en diagonal a él, haciendo un eje imaginario con la puerta de entrada. Como siempre, Pacheco se fijó solo en algunos, los que conocía. El resto era una masa amorfa de rostros reconocidos en pasillos porfiados, donde por lo general las baldosas heladas invitaban a acogerse rápidamente a algún lugar donde hubiera calefacción, impidiendo así el ocio. Recordaba escuelas, donde parques de arboles gigantes rodeaban casitas que albergaban horas de clases, lugares donde la llegada de la primavera era una verdadera fiesta. Europa no era así.
Pacheco solía sentarse atrás, en el ala izquierda, junto a los grandes y parcos ventanales que daban a la Plaza de Jan Palach, el muchacho que se había incendiado a lo "bonzo" a fines de los sesenta, en protesta, después de la invasión rusa y contra la indiferencia nacional. Así, cuando sentía que se aburría, o el eco de la sala era demasiado intenso, escapaba por la ventana refugiándose en alguno de los recovecos del castillo, que se empinaba en el horizonte. El más extenso del mundo, había leído en el libro de Guinnes.
El primer tiempo no solía tener ni sobresaltos, ni sucesivas interrupciones, la masa de orejas seguía con cierto interés, aunque famélico, la llovizna de palabras que salían del púlpito. Al llegar el corte todos se aliviaban, nerviosos ante el reloj que marcaba un atraso de cinco minutos.
Aprovechó los espoleados minutos que quedaban para salir corriendo con un libro entre los dedos. Bajó dos pisos, saltando los gélidos escalones, de dos en dos, para devolver el libro en la biblioteca de Romanistika. Como era normal, vio irse a los que abandonaban la clase para no volver hasta la semana entrante. Ese era el caso de un tipo de pelo claro sentado detrás de él. Devolver el libro no le tomó más de 7 u 8 minutos, bajar las escalas, recorrer un par de pasillos, recibir el papelito, botarlo en algún basurero y subir nuevamente hasta la 301.
Ni le sobró ni le faltó tiempo. Entró justo cuando comenzaba el segundo tiempo, las galerías recuperaban a sus espectadores y el verde del campo de batalla se llenaba de comentarios dispersos escritos con tiza. Las anotaciones del profesor lucían cual elementos de un puzzle ausente sobre el gran pizarrón. Caminó raudo desde la puerta hasta el ala izquierda, como un zaguero dispuesto a recuperar su puesto de combate. Fue entonces cuando se percató. Lo vio tendido, inerte, en un aspecto de cerro mortuorio, estaba allí tendido junto a sus pies como reposando, desordenadamente lesionado, se veía extraño entre él y el pedestal de uno de los largos pupitres, como negándose a seguir ensuciando su cuerpo, sobre los maderones del piso. Sintió como si después de esa primera mirada de descubrimiento no quedara otra alternativa que recogerlo. Llevárselo nuevamente al bolsillo, de donde se le había caído en alguno de sus actos de descuido. Sin embargo seguía allí, lo miraba mientras el aula sucumbía en guerras medievales, en fronteras de territorios que ya no existían. Quiso recogerlo pero aquel aspecto usado le detuvo. No se atrevía, había algo misterioso en el que lo hacía dudar en medio de palabras que como humo de calderas inundaban el aire. Buscó en su memoria el minuto en que se había levantado y descuidadamente se le podía haber caído. No recordaba. Recordó, de golpe, el lugar donde lo había comprado e incluso el rostro aburrido e inútil de la vendedora. En Praga todas las vendedoras tienen rostros aburridos e inútiles. Era la primera vez que compraba, siempre los había recibido de regalo o cogido prestado. En aquel asalto que lo embestía de sorpresa no podía hacer traer a la memoria la apertura del cajón de la cómoda y el momento en que aquella mañana se lo había echado al bolsillo. Aquellas potenciales características de pertenencia hacían que lo observara con pasión y angustia. Cada segundo que pasaba tirado en los rústicos tablones de madera del piso sentía que se ensuciaba más y más. Pero era imposible que fuese justo el suyo. Trató de no mirarlo, de negarse a la humillación de dejarlo morir bajo la pisada casual de alguno de los que se escabullían de clase. Quiso retomar el hilo de las palabras lejanas que invocaban las barbaries de la toma de Constantinopla. Trató de perderse en los gestos torpes de la más obesa, que soplaba al oído de otra de pedagogía, quién sabe que pelambre. Pensó que, aunque de todos modos, no fuera el suyo, no había razón alguna para dejarlo olvidado en el suelo. Inyectado en la duda buscó razones para poder levantarlo de aquella intemperie. Bien podía pertenecer al muchacho rubio que se había retirado segundos después del comienzo del descanso. Recordó más de una vez haber visto el detalle de sus líneas entre las líneas de los dedos de algún transeúnte, que afanoso lo llevaba a su nariz. Podía pertenecer a cualquiera, sin embargo allí estaba, en medio de esa mañana gritándole desde el piso. Era una nueva mala pasada de la memoria, doncella cautiva de los apuros. Se le habían borrado de su cabeza pasajes del día anterior. Perfectamente inconsciente quizá lo había cogido y guardado en el bolsillo, en algún momento anterior que ahora se ocultaba como el segundo rostro de la luna. Mientras la muchacha de cabellos oscuro susurraba al oído de la gorda, desde el suelo, un batallón de líneas arrugadas descargaba... Una fusilería de arcabuces se dejó oír desde la pizarra... y misericordias - pensó mirando el piso. Los muros de Carihrad se caían a pedazos y de entre los humos negros y los chamuscados estandartes del gran visir nacía Estambul.
Había leído en Rayuela que Horacio Oliveira no podía permitir que un objeto que se le había caído permaneciera olvidado ya que le ocurriría una desgracia a alguien que amaba y cuyo nombre empezaba con la letra inicial del objeto en cuestión. Así como estaban las cosas, la audiencia cobraba rasgos tortuosos. Pensó en agacharse, por último, en un sentimiento de lástima o samaritarismo. Podía ser el suyo o no, que importaba en medio de esa duda que lo asaltaba. Se trataba de salvar una vida. Se vio obligado por lo menos a recogerlo, en un pequeño acto ritual, para depositarlo en la mesa vecina. Era como una mosca tratando de safarse aprisionada en sus propias alas. Finalmente lo cogió para depositarlo en el pupitre de adelante. Había por fin logrado cierta neutralidad, ya no habrían posibles pisadas, ni riesgos de infecciones. Ahora estaba allí como en su pasado de escaparate, esperando a los cientos de propietarios anónimos, hermanos inconscientes del mismo gusto, recobrando su aspecto de víctima. Pacheco recordó que el negocio estaba a unas cuadras, lo había comprado por tres coronas, y cualquiera de los otros presentes podía haberlo adquirido. Se imaginó tomándolo, revisándolo. Buscar alguna mugrecita nasal que lo llevara a alguna conclusión definitiva. Pero sintió asco. Ahí estaba casi intacto cuestionándolo, obligándolo a la observación. Había perdido completamente el curso de lo que se decía desde el estrado, tampoco le llegaban ya, ni los murmullos de las de pedagogía, ni el bostezo al despertar de uno que llevaba un largo rato durmiendo. Le imperaba a cogerlo, a guardarlo, en el bolsillo del chaquetón, para que al llegar a casa, con asombro, lo encontrara, repetido en el cajón de los calcetines, ignorando su reencarnación matutina. Pensó en lo terrible de pasearse todo un día con algo ajeno en los bolsillos. Aquel objeto tan íntimo le provocó nuevamente cierta náusea, lo embrujaba, torturándolo la idea de no saber, de no poder definir la frontera de su propia memoria. Pensó en la segunda alternativa, dejarlo irse como una moneda que al caer del bolsillo va a dar justo a una alcantarilla, dejarlo gritando su derecho de propiedad, o tal vez salir corriendo a buscar el negocio donde lo había adquirido, reclamar una copia eufórica y terminar aquel drama silencioso que se colaba entre castillos asaltados y destellos de espadas. Sin embargo ahí seguía, enfrente de él amenazándole, robándole la mirada como si en el medio de la caída de jinetes a todo galope saltara en aquel pedazo de tela la virtud de implorar tregua. Era como un golpe, la orfandad de sus ribetes.
Había sido quizá lo mejor, la calle estaba heladísima, probablemente unos diez grados bajo cero, arriba las guerras ocurrían como los torneos de fútbol durante los meses cálidos y la calefacción central de las aulas escondía el secreto de veranos escritos que anunciaban lecciones de historia. Tan sólo Martín se giró un poco cuando lo vio escapar raudo sin poder resistir los escasos minutos que quedaban para el pitazo final. Caminó por la nieve pisoteada por catarros y tercianas, hasta que un estornudo repentino lo hiciera reencontrarse con un bolsillo olvidado, el lugar común de los olvidos, las direcciones perdidas y el único pañuelo que había comprado en su vida. Sintió nostalgia, pensó en volver a la 301, pero ya era tarde, de seguro la limpieza de la sala había acabado con el espejismo que lo había visitado y si no era así, de seguro la brutalidad de la primera cruzada, a la conquista de Jerusalén.
***
Praga, 22 de noviembre de 1990
Aquella mañana, Pacheco, al mirar el aula, a lo largo y a lo ancho, tubo la impresión de que había más filas de bancas vacías que de ocupadas. Pensó que tranquilamente podía haberse quedado acostado en casa con ese resfrío que cargaba, leyendo o viendo algún programa de televisión. En general siempre sucedía que o las salas eran muy pequeñas y se colmaban con facilidad de los más repugnantes sudores y de perfumes baratos, o por el contrario, muy grandes, entonces la voz del profesor rebotaba en las paredes produciéndose un pequeño eco, que quizá nadie más que él notaba. Había que sentarse de los últimos para sentirlo. Como todos los martes se le repetían los rostros, como el de Patrik y Martín de Arqueología, más allá un muchacho de pelo largo con un pequeño moño que estudiaba Etnología, las muchachas de Pedagogía, que eran cuatro, siempre se sentaban juntas, una de ellas de pelo oscuro, casi negro era de origen húngaro. De vez en cuando se le aparecían caras nuevas. Rostros que surgían por primera vez en su retina. También podían haber ausencias como el caso de Milán que o se había quedado dormido o estaba por ahí atascado con algún profesor.
A fin de cuentas le era agradable, cada uno podía sentarse donde se le antojase sin la sensación de tener los párpados de un vecino sobre los apuntes. Le gustaba la holgura de los martes.
En el edificio central de la facultad estaba estrictamente prohibido fumar, pero siempre eran más las excepciones que las reglas y los ceniceros de pedestal inundaban los pasillos. Los casi veinte de esa mañana se habían acostumbrado a dividir la hora de clases en dos bloques, siendo el profesor el que tomaba la iniciativa llevándose la mano al bolsillo. Algunos cerraban los apuntes, asumiendo así un rol de pitonisos en medio de aquel oráculo habitual. Del bolsillo del profesor salían unos sparta, le echaba una mirada al reloj y como un referí anunciaba el descanso. Cerraba el cuaderno sobre su tribuna y lo cogía como si cogiera el balón de fútbol. Se llevaba el cigarrillo a la boca, y con ese pitazo imaginario comenzaba la ansiada pausa. Algunos la aprovechaban para desaparecer completamente, esto, generalmente, cuando el panorama se veía demasiado aburrido, otros asumían aquel ritual de señales de humo y esperaban a que el profesor iniciara el segundo tiempo. Puede decirse que en general los martes era un día de concordia para todos, salvo por los impertinentes, que decidían marcharse a mitad del segundo tiempo, desapareciendo fugitívamente, a vista y paciencia de todos, salvo del referí que ni se inmutaba.
Aquella mañana, para Pacheco, la conferencia empezó como de costumbre, unos minutos más tarde. Las cuatro muchachas de pedagogía, como siempre, se habían sentado ordenaditas, una al lado de la otra, justo en la cuarta fila. Dos filas delante había un muchacho rubio de campera clara, dos asientos a la derecha otro que dormitaba, dos filas atrás de ellas estaba Martín que no estaba sentado como de costumbre a un costado de Patrik. Esta vez estaba justo en diagonal a él, haciendo un eje imaginario con la puerta de entrada. Como siempre, Pacheco se fijó solo en algunos, los que conocía. El resto era una masa amorfa de rostros reconocidos en pasillos porfiados, donde por lo general las baldosas heladas invitaban a acogerse rápidamente a algún lugar donde hubiera calefacción, impidiendo así el ocio. Recordaba escuelas, donde parques de arboles gigantes rodeaban casitas que albergaban horas de clases, lugares donde la llegada de la primavera era una verdadera fiesta. Europa no era así.
Pacheco solía sentarse atrás, en el ala izquierda, junto a los grandes y parcos ventanales que daban a la Plaza de Jan Palach, el muchacho que se había incendiado a lo "bonzo" a fines de los sesenta, en protesta, después de la invasión rusa y contra la indiferencia nacional. Así, cuando sentía que se aburría, o el eco de la sala era demasiado intenso, escapaba por la ventana refugiándose en alguno de los recovecos del castillo, que se empinaba en el horizonte. El más extenso del mundo, había leído en el libro de Guinnes.
El primer tiempo no solía tener ni sobresaltos, ni sucesivas interrupciones, la masa de orejas seguía con cierto interés, aunque famélico, la llovizna de palabras que salían del púlpito. Al llegar el corte todos se aliviaban, nerviosos ante el reloj que marcaba un atraso de cinco minutos.
Aprovechó los espoleados minutos que quedaban para salir corriendo con un libro entre los dedos. Bajó dos pisos, saltando los gélidos escalones, de dos en dos, para devolver el libro en la biblioteca de Romanistika. Como era normal, vio irse a los que abandonaban la clase para no volver hasta la semana entrante. Ese era el caso de un tipo de pelo claro sentado detrás de él. Devolver el libro no le tomó más de 7 u 8 minutos, bajar las escalas, recorrer un par de pasillos, recibir el papelito, botarlo en algún basurero y subir nuevamente hasta la 301.
Ni le sobró ni le faltó tiempo. Entró justo cuando comenzaba el segundo tiempo, las galerías recuperaban a sus espectadores y el verde del campo de batalla se llenaba de comentarios dispersos escritos con tiza. Las anotaciones del profesor lucían cual elementos de un puzzle ausente sobre el gran pizarrón. Caminó raudo desde la puerta hasta el ala izquierda, como un zaguero dispuesto a recuperar su puesto de combate. Fue entonces cuando se percató. Lo vio tendido, inerte, en un aspecto de cerro mortuorio, estaba allí tendido junto a sus pies como reposando, desordenadamente lesionado, se veía extraño entre él y el pedestal de uno de los largos pupitres, como negándose a seguir ensuciando su cuerpo, sobre los maderones del piso. Sintió como si después de esa primera mirada de descubrimiento no quedara otra alternativa que recogerlo. Llevárselo nuevamente al bolsillo, de donde se le había caído en alguno de sus actos de descuido. Sin embargo seguía allí, lo miraba mientras el aula sucumbía en guerras medievales, en fronteras de territorios que ya no existían. Quiso recogerlo pero aquel aspecto usado le detuvo. No se atrevía, había algo misterioso en el que lo hacía dudar en medio de palabras que como humo de calderas inundaban el aire. Buscó en su memoria el minuto en que se había levantado y descuidadamente se le podía haber caído. No recordaba. Recordó, de golpe, el lugar donde lo había comprado e incluso el rostro aburrido e inútil de la vendedora. En Praga todas las vendedoras tienen rostros aburridos e inútiles. Era la primera vez que compraba, siempre los había recibido de regalo o cogido prestado. En aquel asalto que lo embestía de sorpresa no podía hacer traer a la memoria la apertura del cajón de la cómoda y el momento en que aquella mañana se lo había echado al bolsillo. Aquellas potenciales características de pertenencia hacían que lo observara con pasión y angustia. Cada segundo que pasaba tirado en los rústicos tablones de madera del piso sentía que se ensuciaba más y más. Pero era imposible que fuese justo el suyo. Trató de no mirarlo, de negarse a la humillación de dejarlo morir bajo la pisada casual de alguno de los que se escabullían de clase. Quiso retomar el hilo de las palabras lejanas que invocaban las barbaries de la toma de Constantinopla. Trató de perderse en los gestos torpes de la más obesa, que soplaba al oído de otra de pedagogía, quién sabe que pelambre. Pensó que, aunque de todos modos, no fuera el suyo, no había razón alguna para dejarlo olvidado en el suelo. Inyectado en la duda buscó razones para poder levantarlo de aquella intemperie. Bien podía pertenecer al muchacho rubio que se había retirado segundos después del comienzo del descanso. Recordó más de una vez haber visto el detalle de sus líneas entre las líneas de los dedos de algún transeúnte, que afanoso lo llevaba a su nariz. Podía pertenecer a cualquiera, sin embargo allí estaba, en medio de esa mañana gritándole desde el piso. Era una nueva mala pasada de la memoria, doncella cautiva de los apuros. Se le habían borrado de su cabeza pasajes del día anterior. Perfectamente inconsciente quizá lo había cogido y guardado en el bolsillo, en algún momento anterior que ahora se ocultaba como el segundo rostro de la luna. Mientras la muchacha de cabellos oscuro susurraba al oído de la gorda, desde el suelo, un batallón de líneas arrugadas descargaba... Una fusilería de arcabuces se dejó oír desde la pizarra... y misericordias - pensó mirando el piso. Los muros de Carihrad se caían a pedazos y de entre los humos negros y los chamuscados estandartes del gran visir nacía Estambul.
Había leído en Rayuela que Horacio Oliveira no podía permitir que un objeto que se le había caído permaneciera olvidado ya que le ocurriría una desgracia a alguien que amaba y cuyo nombre empezaba con la letra inicial del objeto en cuestión. Así como estaban las cosas, la audiencia cobraba rasgos tortuosos. Pensó en agacharse, por último, en un sentimiento de lástima o samaritarismo. Podía ser el suyo o no, que importaba en medio de esa duda que lo asaltaba. Se trataba de salvar una vida. Se vio obligado por lo menos a recogerlo, en un pequeño acto ritual, para depositarlo en la mesa vecina. Era como una mosca tratando de safarse aprisionada en sus propias alas. Finalmente lo cogió para depositarlo en el pupitre de adelante. Había por fin logrado cierta neutralidad, ya no habrían posibles pisadas, ni riesgos de infecciones. Ahora estaba allí como en su pasado de escaparate, esperando a los cientos de propietarios anónimos, hermanos inconscientes del mismo gusto, recobrando su aspecto de víctima. Pacheco recordó que el negocio estaba a unas cuadras, lo había comprado por tres coronas, y cualquiera de los otros presentes podía haberlo adquirido. Se imaginó tomándolo, revisándolo. Buscar alguna mugrecita nasal que lo llevara a alguna conclusión definitiva. Pero sintió asco. Ahí estaba casi intacto cuestionándolo, obligándolo a la observación. Había perdido completamente el curso de lo que se decía desde el estrado, tampoco le llegaban ya, ni los murmullos de las de pedagogía, ni el bostezo al despertar de uno que llevaba un largo rato durmiendo. Le imperaba a cogerlo, a guardarlo, en el bolsillo del chaquetón, para que al llegar a casa, con asombro, lo encontrara, repetido en el cajón de los calcetines, ignorando su reencarnación matutina. Pensó en lo terrible de pasearse todo un día con algo ajeno en los bolsillos. Aquel objeto tan íntimo le provocó nuevamente cierta náusea, lo embrujaba, torturándolo la idea de no saber, de no poder definir la frontera de su propia memoria. Pensó en la segunda alternativa, dejarlo irse como una moneda que al caer del bolsillo va a dar justo a una alcantarilla, dejarlo gritando su derecho de propiedad, o tal vez salir corriendo a buscar el negocio donde lo había adquirido, reclamar una copia eufórica y terminar aquel drama silencioso que se colaba entre castillos asaltados y destellos de espadas. Sin embargo ahí seguía, enfrente de él amenazándole, robándole la mirada como si en el medio de la caída de jinetes a todo galope saltara en aquel pedazo de tela la virtud de implorar tregua. Era como un golpe, la orfandad de sus ribetes.
Había sido quizá lo mejor, la calle estaba heladísima, probablemente unos diez grados bajo cero, arriba las guerras ocurrían como los torneos de fútbol durante los meses cálidos y la calefacción central de las aulas escondía el secreto de veranos escritos que anunciaban lecciones de historia. Tan sólo Martín se giró un poco cuando lo vio escapar raudo sin poder resistir los escasos minutos que quedaban para el pitazo final. Caminó por la nieve pisoteada por catarros y tercianas, hasta que un estornudo repentino lo hiciera reencontrarse con un bolsillo olvidado, el lugar común de los olvidos, las direcciones perdidas y el único pañuelo que había comprado en su vida. Sintió nostalgia, pensó en volver a la 301, pero ya era tarde, de seguro la limpieza de la sala había acabado con el espejismo que lo había visitado y si no era así, de seguro la brutalidad de la primera cruzada, a la conquista de Jerusalén.
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Praga, 22 de noviembre de 1990
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