El Seminario Conciliar de La Serena era un colegio de curas bachichas, ubicado a los pies del regimiento Arica en calle Manuel Rodríguez. Los barnabitas eran una congregación de hombres rudos, que habían llegado a estas tierras a salvar las almas de campesinos italianos, que habían arribado a su vez al norte chico de Chile. Venían a sembrar los patios traseros de pueblos de pescadores, que habitaban estas latitudes desde antes que las descubriera para Europa un español.
Durante mi secundaria en el Seminario no gocé de muchos amigos, era de esos muchachos precoces de cabeza pero diminuto de talla. Tenía ideas locas sobre el mundo, la gente adulta me parecía farsante, la triste prolongación de familias provincianas formales y de un santo padre casi ausente. No sabía si encontraría algún día amigos que pensaran como yo, que quisieran hacer los viajes en los que yo soñaba. Cuando ya iba a salir del cuarto año, el último antes de la Prueba de Aptitud Académica, habíamos empezado a conocernos más entre el chato Marco, el flaco Patricio y yo. Nos juntábamos para ir al Cerro Grande a leer literatura prohibida, escuchábamos música de antes del golpe y cuando encontrábamos alguna revista de aquellos años la hojeábamos entera, hasta nos divertían los avisos. Hubo pocas cosas que lograron afianzar nuestros ideales, "... pocas pero importantes..." decía el flaco Patricio. Libros, amigos, peñas. Así fue como más de una vez mi mamá dejó la tendalá en la mesa, al verme leyendo un libro de un tal Marx, que ni siquiera era de él, si no del autor de El Arte de amar, un tal Fromm. El flaco siempre me prestaba libros, me hablaba de un tal Guevara, argentino patiperro que había hecho la revolución en Cuba y que lo habían matado en Bolivia; de un amigo suyo que nunca tomaba Coca Cola ni usaba jeans; también de la reforma agraria y de otras yerbas. Mi mamá era en el fondo una burguesa sin remedio, "... como la mía, compadre..." decía. No se le podía contar nada de lo que me hubiera contado el flaco. Se ponía histérica. "Anda inmediatamente a lavar los platos...“, ¡con Rash! O a sacar la ropa de la Fensa para que se la estrujara. Y eso que sus hermanos habían sido buena onda, eran de los que se agarraban a cadenazos con los momios, en los tiempos de la UP. De esto yo me enteraba por mi abuela, que vivía en Santiago. Una vez pregunté durante el almuerzo quién había sido Recabarren, todos se quedaron mutis, como pasmados, mi papá que sabía, hizo un gesto extraño y se levantó de la mesa. "Se hacen los cuchos, flaco...". De niño mi madre me había llevado al Teatro Nacional, que con el tiempo, y después del terremoto de los setenta se transformó en una Shell. Allí había asistido de siete años a uno de los discursos eufóricos de un caballero que por tercera vez intentaba ser presidente de la república. Se llamaba Salvador Allende. Como yo era muy chico y me aburría rápido, me había puesto a llorar. Quería que nos fueramos a casa. También me llevaron a manifestaciones de gente pobre, venían de las Compañías o de La Antena, hasta de Tierras Blancas. La Serena se particulariza por tener sus poblaciones pobres retiradas de la ciudad. Así la pobreza la ven sólo los pobres. Llevaban carteles y pancartas que llamaban a votar por una tal Amanda Altamirano, ocupaban toda la calle Balmaceda, desde el Seguro Social hasta Cordobés. La primera vez que visité una de esas poblaciones fue para una peña folclórica en la Compañía Alta. Con el chato Marco teníamos entradas para una fiesta de niñitos de buena familia, como nos gustaba contradecir y molestar nos habíamos vestido con ponchos chilotes, para joder. Nos disponíamos a entrar cuando llegó el flaco con que "... tengo unas entradas para una peña.". Así fue como nos subimos a una micro vieja y destartalada, yo iba muerto de miedo, mi mamá me hacía bailando a los Village People y no exponiéndome a que me cogotearan por un par de zapatos. Después de caminar varias calles sin alumbrado público, mirando para todos lados, llegamos a una casa que era una junta de vecinos. En el patio había una gran carpa llena de gente que escuchaba el guitarreo de un músico del barrio mientras mordían unas empanadas. Cuando la muchacha que atendía nos preguntó "...¿Qué toman los compañeros?..." yo ya me sentía que la revolución estaba por empezar y que gracias al flaco habíamos llegado a tiempo. Me acordé de un fogón con pitos y vino que habíamos tenido en el Faro. El chato Marco se las mandaba con una botella de Casillero del Diablo que había comprado diciéndonos que era un vino caro, uno de los mejores. "Traiganos una botellita de Casillero del Diablo...", le dije. El flaco se dio vuelta a mirarme con cara de herejía. "No huevís..." "... una jarrita de vinito navegao, compañera por favor...". Había metido las dos patas, de tal manera que no sabía dónde meterme de vergüenza. Me sentía un burgués. Pero el flaco, camino a casa me habló de lo peligroso que eran las peñas, sobretodo para la gente que las organizaba. Había tipos que en su borrachera empezaban a gritar "... libertá, libertá...". Y otros que andaban de sapos. El flaco y el chato eran buenos amigos, me habían perdonado. Después de todo, yo con ellos era recién un aprendiz de rebelde.
Pero de todo, lo que más me abrió los ojos, y llenó mi corazón hambriento de aventuras y heroísmo, fue la música. Trataba de imaginarme a un tal Víctor Jara que le habían roto las manos en el Estadio Nacional, usado como campo de concentración. Conocía a los Inti, un grupo folklórico, se habían quedado dando vueltas por Italia. Resultaba fácil acordarse de ellos por lo famoso que llegaron a ser. Sin embargo no puedo borrar de mi memoria aquellos discos todo viejos que desenterramos una vez con el flaco. Estaban guardados en un baúl muy viejo, bajo el piso de su casa. Habían pasado ocho años escondidos, entre papeles de diarios y revistas Ritmo, librillos de la Quimantú y afiches anunciando la visita de Fidel Castro a Chile. Aparte de las revistas, lo que más habían eran libros de una editorial rusa, "... la Progreso..." me decía el flaco y parecía ser la que publicaba todo lo que nosotros siempre habíamos querido leer. Los discos eran, casi todos, de blues y melodías pegajosas, las mismas canciones que tocaban en Música Libre. Entre ellos, sólo dos discos eran de una cantante, sólo interpretaba los sones de Guillén, un poeta cubano que nunca llegué a entender. Fue como un tesoro escuchar su voz lejana, las letras raras de los sones, llenas de palabras que no entendía. " Són gorocosongo só...". Volvía la sensación de unos ideales oníricos, ideales que habían estado en la cabeza de esa gente pretérita, gente de la cual nadie quería hablar. " Siempre en la cabeza..." decía el flaco, porque el corazón era territorio de los burgueses. Que ganas teníamos entonces de hacer cosas. Rayar paredes, ir a reuniones clandestinas. Soñábamos con ser comandantes, como Edén Pastora en Nicaragua, que se había sacado la capucha ante las cámaras de televisión, desafiando a Somoza, mientras subía al avión a la fama, o a su finca de cocodrilos en Panamá. La señora que giraba en el vinilo de esos discos se llamaba Marta Contreras. La tarareábamos siempre que podíamos, como desafiando a los que pasaban por la calle, por si algún momio nos oía.
Al salir del Seminario, con el flaco nos dejamos de ver, los curas desaparecieron de mi vida y con ellos la religión. Yo me fui a estudiar a Santiago, aquellas tardes de música y filosofía desaparecieron de mi vida. Pasé mucho tiempo en la casa de mi abuela en Santiago, al principio sin tener mucha confianza. Vivía en San Miguel, en la Av. La Feria, un lugar bien peluo al costado de la Victoria, una famosa toma de terreno con más de quince años de vida. Con los meses me fui instalando, como es normal, uno de a poco va entrando en confianza. En las tardes me gustaba escuchar Radio Chilena, tocaban música latinoamericana, media onda protesta. Un día intruseando en un armario lleno de cajas de cartón, encontré entre discos viejos, unos de un tal Paul Anka y otros de Los Iracundos, y entre todos ellos, la sorpresa de ver de nuevo a la Marta Contreras, me acordé del flaco, hacía tiempo que no nos veíamos, tuve nostalgia de aquellos días en que arreglábamos el mundo desde la ventana de su pieza. Mi tía, que vivía con mi abuela, tenía un equipo IRT, así que cuando no había nadie en casa sacaba el disco y lo escuchaba, mejor cuando no estaba su marido, facho vicioso que se gastaba toda la plata que ganaba de taxista jugando a los caballos, pasaba metido en el Hipódromo. Además el taxi lo trabajaba a la negra, no le podía pasar nada, su hermano era chofer de los tiras. Su sola presencia en la casa simbolizaba para mí la sospecha de una delación. Fue un poco por él, que finalmente me fui a vivir solo. No lo soportaba cuando empezaba a hablar a favor de los milicos. Además gracias al flaco me habían presentado a amigos en Santiago. Yo había empezado a participar en marchas y protestas y no quería por nada del mundo que se enteraran en mi casa.
Tres años después, acostumbrado ya a hacer todo solo, arrendaba un cuarto con un amigo en calle Santa Rosa. Tuve incluso un primer amor y aprendí a arreglármelas con un billete que me mandaba mi viejo a fines de mes, lo gastaba sin la intervención de nadie. Me alcanzaba para comer, pagar la pieza donde vivía, y comprar, donde el Chocolo en Agrícola o en los Catorce de la fama, una caletita de mariguana. Hasta ponía plata cuando en la escuela teníamos que hacer una vaca para sprays, para salir a rayar paredes en las noches. Las paredes que tanto había querido pintar. En una ocasión, llevado por un arranque de sinceridad, le pedí a mi madre que me tejiera un suéter negro, incluso fui capaz de contarle que era para que no nos vieran en las noches de panfleteos. Casi me morí de la sorpresa cuando al tiempo fui al terminal norte a retirar de las oficinas de Tas Choapa la encomienda que traía un hermoso suéter en punto arroz de un intenso color rojo. Mi madre creía que así evitaba mis andanzas nocturnas. Entonces ya era miembro de la Jota, como le decían a las Juventudes Comunistas. Me sentía orgulloso de mí mismo, de poder participar por fin, de lo que los compañeros llamaban: la revolución.
Fue en el Pedagógico de Santiago donde conocí a Claudia. Estaba recién llegada del exilio y éramos compañeros de partido. Con el tiempo nos hicimos amigos, a mí me gustaba un poco, ella tenía un aire de experiencia que hipnotizaba. Sin embargo, ella prefería tener amores con un viejón de la Izquierda Cristiana. Era como cinco o seis años mayor que yo. Así, rápidamente, mis intenciones se convirtieron en una amistad que duró hasta el día de mi partida a Europa. Un día que habíamos terminado una reunión en su casa me dijo, que me quedara a tomar onces, empezamos a contarnos cosas personales, algo de su vida, algo de la mía, supe que sus viejos vivían en otra casa y que tenía un boliche de libros viejos en el barrio Bellavista, el barrio bohemio de Santiago. Allí donde estaban los mejores cafés, las ferias artesanales en verano, los teatros callejeros de febrero, algunos biógrafos y la Chascona, una de las casas de Neftalí Reyes, conocido en el mundo como Pablo Neruda. En aquel entonces yo ni siquiera sospechaba que llegaría a conocer las tierras del poeta que le había prestado su nombre. Allí estaba su mundo, incluso, justo a la vuelta del Café del Cerro. La parte trasera de la tienda, al subir unas escaleras cubiertas por una cortina, daba al mismo café. Después, varias veces, fui a su librería, me sentaba a leer libros, gratis, o a escuchar la música que caía desde el café a la tienda, que alguna vez había sido un garaje. Cuando Claudia no estaba, me quedaba un rato esperándola, conversando con su madre. La señora tenía un aspecto maternal que abrazaba, un calor familiar que me hacía estimarla. Cuando Claudia llegaba, me despedía de la viejecita, y nos íbamos por ahí, a comernos un completo con un shop. Otras veces que pasaba a verla, Claudia me dejaba un papel en la puerta de la librería diciéndome que estaba en casa de sus padres, a unas pocas cuadras. Llegaba a esa casa de mampara vetusta que me hacía recordar las historias de la casa de mis abuelos. Una casa grande y antigua que ya no existía, en el centro viejo de La Serena. Nos sentábamos a tomar el té con pan amasado y a hablar de política. Con Claudia nos habíamos hecho buenos amigos. Con los años se me había llenado la vida de gente nueva, nuevas caras, nuevos carretes, nuevas esquinas. Las tardes de música y poesía en la casa del flaco eran tan lejanas que su puerta en calle Benavente se fue alejando hasta de mis recuerdos. El flaco se había casado y vivía en otra parte, con su mujer, en la casa de sus suegros.
Una tarde de otoño, cansado y mustio, después de clases, hicimos otra de las tantas reuniones en casa de la Claudia. Como de costumbre ella y yo nos quedamos después de la reunión conversando. Me empezó a mostrar recortes de diarios, fotos de ella con su ex-novio, músico de los Intiillimani. Una foto en particular, recuerdo, me llamó la atención, en ella estaba su madre, era una señora hermosa, parada con un micrófono en la mano, en un acto político en el Teatro Caupolicán. Claudia me dijo "... está cantando...". Era una presentación que había hecho cuando regresaron del exilio. Así fue como me enteré que la viejecita con la que solía hablar, cuando ella no estaba en la librería, y que cocinaba el mejor de los panes amasados del mundo era Marta Contreras.
Santiago. Abril de 1987 - Praga. 1998
1 comentario:
Estimado Jorge,
acabo de leer tu artículo. Es de lo poco que se puede encontrar en la red sobre Marta Contreras. Estoy haciendo una investigación para el Museo de la Memoria en Chile. En el capítulo sobre el exilio de músicos, tengo consignada a Marta, a través de una breve referencia que aparece en un libro de Gitano Rodríguez. Sé que ha pasado mucho tiempo, incluso desde la fecha de tu artículo, pero agradecería si tienes más información sobre Marta. ¿Cómo se llamaba el disco de ella que escuchabas? ¿Quién lo publicó? ¿Algún dato para ubicar a algún familiar? Todo dato me sirve.
Muchas gracias.
Claudio Gutiérrez
nuevasantiago@gmail.com
Publicar un comentario