jueves, enero 12, 2006

11. La Cita

Era como querer volver a tenerla, multiplicada, cada instante libre. Recuperar así algo perdido en el sudor del tiempo, ansiaba tenerla, rápidamente. Había llegado a la pieza un poco antes. Quería esperarla. Había pasado una semana desde la última vez que se habían visto. Ella iba a venir a verlo. Irían juntos al cine. Daban una del Gordo Porcel, donde la Jiménez se veía enterita desnuda. Irían después a tomarse unas maltitas con huevo, al lugar de siempre, en Teatinos.
Calle Doctor Brunner escondía el nidito que habían conseguido, gracias a su trabajo de vendedor de seguros, que le daba un aire de solvencia. La dueña de la casa, que había puesto el aviso en La Cuarta, estaba contenta de que fuera "... alguien con nivel", –decía, para que no se le fueran a ir de repente sin pagarle. En un principio no les pareció un lugar muy decente. Por la noche la esquina se transformaba en un puterio y en la misma calle había una casa con un farol rojo, que no necesitaba de ningún tipo de letrero para que se supiera de que se trataba el asunto. El precio resultó ser bastante económico y la casona de paredes de mampostería se encontraba siempre muy limpia. Por los vidrios de la mampara cruzaban rayos de luz que hacían brillar el encerado en los maderones pulidos. Al final no tuvieron objeciones. A media cuadra quedaban Los Adobes de Argomedo, donde habían ido a comerse una parrillada, a una semana de haberse conocido. Además si el local aparecía cada cinco minutos en Sábados Gigantes no podía ser mal barrio.
Mientras veía pasar los minutos, solo, esperándola, empezó a preparar pan y a cortar torrejas de queso. Puso dos vasos sobre la mesa y sacó una botella de pisco de un mueble que hacía las veces de despensa. Que se vieran nuevamente iba a ser otra ceremonia secreta, escucharían las canciones de Lucho Gatica, que salían del disco, como de un carrusel de vinilo. Se percató que nuevamente habían entrado ratones durante su ausencia. No había querido contarle de ellos, sería como decirle de plano, que dormían en una pocilga para ahorrarse los quinientos pesos del hotel. ¿Se alejaría de un loco, capaz hasta de vivir con la presencia de roedores en la casa? Ella los odiaba, le daban asco. Recordó la anécdota que le había contado un colega. Vivía en una casa de huéspedes y le había prestado la pieza a un amigo, a condición de que trajera sus propias sábanas. Volvería durante la mañana, como las nueve -le había dicho. El tipo no tenía donde. El colega se pasó toda la noche caminando, visitando las fuentes de soda de Plaza Italia, asistiendo a sirenazos de ambulancia, dialogando con borrachos y mujerzuelas, bebiendo litros de café para no dormirse y mirando el reloj hasta que por fin amaneciera. Así había pasado la noche hasta las ocho de la mañana. Cuando regresó, trató de hacer el mayor ruido posible. Pero justo cuando se disponía a abrir la puerta de la pieza, vio al gato de la casa de huéspedes colarse hacia la habitación, llevando en sus fauces un ratón que aún moría. La muchacha pegó un salto, y como no había nada más alto que el velador, se encaramó levantando las manos entre gritos de pánico y gestos de desconsuelo. La pobre, se había puesto toda rojiza, al darse cuenta que estaba completamente desnuda y que de su cuerpo tibio y terso aún salían los olores del sexo.
Se sirvió una tasa de té para acompañar el pan con queso, mientras mordía el sánguche, recordó los primeros paseos por la Quinta Normal. Qué pasaba, que no llegaba. Sentados en una banqueta, ella le había dado el primer beso, el que lo había hecho enamorarse de inmediato. Se sintió feliz y descansado, iba a cumplir cuarenta años; de tanto hablarle a las cajeras de Falabella y a las telefonistas de Entel, había tropezado con ella, en una fiesta, donde menos esperaba conocer a alguien que le interesara. Le había preguntado algo de unas micros, queriendo irse, justo cuando ella se marchaba. Se fueron juntos a la parada. Desde entonces se empezaron a ver para ir al cine o al show de Coco Legrán. Que a ella le gustaba tanto. La esperaba con ansias, con pasión, andaba con un ánimo de prometerlo todo, incluso que se fueran lejos a vivir juntos. Salió al patio a mirar por el vestíbulo si aparecía su sombra detrás de los cristales de la puerta. Estaba preocupado, la había notado un poco ida, extraviada, como un día nublado. Incluso llegaron a caerle lágrimas cuando pensó en que pudiera llegar a dejar de quererlo. Manoteó las volutas de humo de un Winston, pronunció su nombre en voz alta. Lo repitió como jugando a ser un brujo que la llamaba entre bailes y supersticiones. Se arregló la corbata y le sacó brillo a la punta de los zapatos. Pensó en la promesa que ella le había hecho de tejerle un chaleco y de que irían juntos a comprar la lana donde los turcos de Patronato. Para pasar la espera que se alargaba decidió cambiar de apariencia. Se sacó la corbata y la camisa. Se puso una polera deportiva y cogió de un cesto un juego de sábanas limpias. Hizo de nuevo la cama y se fue al patio a lavar las viejas en la pileta que servía de batea. Salía un agua de hielo por la cañería y le pareció formidable que de pronto llegase y lo viera lavando. Volvió a asomarse al pasillo, con las manos congeladas y forradas en la espuma de la lavaza. Se frotó las manos, una madeja de burbujas cayó al suelo, deshaciéndose lentamente, una tras otra, hasta convertirse tan sólo en una mancha húmeda. Su lavandería duró las dos sábanas y un pantalón de cotelé. La casa seguía vacía y ausente. No quiso esperar y salió a sentarse a la calle, cogió un librito, y se puso a leer en los peldaños de la entrada. El Vendedor más grande del mundo de Oj Mandino. Buscó pretextos para justificar su ausencia, el retraso de una micro, un operativo militar. Trató de encender un cigarrillo, pero una brisa lo obligó a esconderse detrás de la mampara, voltearía la cabeza con un Winston entre los labios y la vería llegar, -pensó. Pero a lo más vio una Chevy color caramelo estacionarse junto a la panadería de la esquina. Una pareja de escolares cruzaba la avenida que daba a su calle, mientras un vendedor de limpiaparabrisas hacía señas a un taxista que sin detenerse desaparecía por Avenida 10 de Julio. Unas casas más allá, una pareja se sentaba en el balcón a conversar, ella se limaba las uñas, mientras el muchacho hojeaba una revista, ambos hablaban e ignoraban su espera. Un señor, en una camisa húmeda de sudor que dejaba ver una camiseta, se subía a la Chevy, que desaparecía de la esquina. Un bocinazo hizo volar a las palomas de la techumbre de la casa de enfrente. De entre las tejas salían ramos de paja, parecían alguna vez haber florecido y luego haberse secado. El grito estridente del tránsito se apaciguaba en el naranja de un sol que teñía de crepúsculo las veredas. Cerró el libro, no podía concentrarse. Cerró la puerta y cruzó el vestíbulo, entró en la pieza. Cerró las ventanas, mientras lo hacía miró las sábanas húmedas colgadas como cadáveres en la soga, cómplices de sus inquisiciones. Se estiró en la cama, acribilló en el cenicero un último cigarrillo. Mudo de pensamientos se volteó. Volvió en sí. Sintió ganas de ver el mar, en el velador no encontró nada que lo ayudara. Se levantó, cogió la chaqueta. Del bolsillo sacó su billetera, la abrió y vio las fotografías. Sonrió, volvió a sentirse ese cansado héroe cotidiano que trabajaba por el bienestar de su familia. Esta vez llegaría temprano. Habría sido un día de poco trabajo en la oficina. Su esposa, después de tantos meses, estaría contenta de verlo llegar puntual a la cena.

Santiago de Chile, Septiembre de 1987
Praga, Mayo de 1998

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