Ya vámonos de una vez, le había dicho el flaco González, muerto de borracho, el conchudo lo invitaba a chupar y después tiraba pa la cola, es que se trataba de unas copitas no más pus compadre, le decía, a usted se le calienta el hocico pus cumpa y no hay quien lo pare. Y es que usted no se ve como se pone, le vienen los mareos y se nos anda cayendo, después se pone a güitriar y como la cuestión se contagia, terminamos todos vaciando la vianda, como si tuviéramos plata pa andar votando lo que uno recién ha almorzao y ganao con el sudor de su frente pue. Gonza no seas mariquita vamo a ponernos la última rondita, si total: entre ponerle y no ponerle, mejor ponerle. Agarró el chuirco de vino litriao y llenó los vasos, brindaron estruendosamente, las copas se estrellaron vaciando el vino al suelo cubierto de orines y boletos de micro. Apretó el pucho contra la concha de loco en la barra y sintió que la última era la vencida. Concholepas, concholepas pensó mirando al molusco humeante que se le volvía doble en una marejada de humos que se le iban deshaciendo. Sintió un mareo y de un golpe se cayó, seco al suelo, aterrizando de hocico pue doña Clarita, se lo vengo diciendo desde que nos conocimos en la cana, se acuerda del operativo, cuando nos encontraron los panfletos que habíamos guardado de puro huevones que somos. No supo más. No se acordaba si lo habían levantado inmediatamente o se había ido como otras veces de voltereta en voltereta, a codazos por las paredes, hasta llegar a su calle y caerse en la mecedora donde doña Juanita, su madre, que vendía atados de flores los domingos. Se sintió tieso, esta vez no era broma, no vuelvo a tomar de esta manera pensó, seguramente se había golpeado de tal manera el mate, que se había hecho algún daño. Abrió los ojos, pero no veía, sintió que le faltaba el aire, que borrachera más jodida, menos mal que es domingo, día de descanso, apenas me levante me voy para el mercado a ponerme unos marisquitos, con una sopita marinera se me van a ir todos los tiritones. Pero si no sentía frío, por el contrario, se sintió bien arropado, por las rechucha, no podía entender que abriera los ojos y viera todo negro, la puta, esta es una del González, flaco desgraciao, de puro picao porque le gané chupando. Trató de mover los labios y sintió un leve sabor a flores. Pero quizá qué mierda estuve chupando que ya ni me acuerdo. Llamó en voz alta, sin embargo nadie le contestó, cresta, esto está reraro, pensó, sintió un cansancio enorme, se le había pasado esta vez la mano chupando. Pero si me lo había advertido don Lucho, el medico del barrio, déjese de andar metiéndose cualquier cosa, que uno de estos días no va a contar el cuento. Era esto lo que me quería decir este brujo de mierda. Trató de mover los pies y sintió que los tenía cubierto por algún objeto demasiado pesado. Dormiría, sí lo mejor era que descansara, después despertaría relajado y lleno de vida, saldría a la puerta de la mediagua, a mirar los autos que pasarían echando humo, como fumadores tuberculosos, esperaría la noche, a que llegaran los que se habían conseguido un pololito pal fin de semana, alguien lo invitaría a tomarse unas pilsensitas y se iría de nuevo por ahí, sacándole pica al maricón del González que lo hacía pasar estos malos ratos. Pero no se pudo dormir, ya no se sentía borracho, mierda lo que faltaba, que le viniera una de verdad. Logró estirar la mano sintiendo una tela fresca que lo rodeaba, la apretó fuerte entre los dedos, sí, era seda, la misma que había empezado a sentir que le rozaba la cara. Respiraba con dificultad, hizo un esfuerzo y sintió que se golpeaba la cabeza con algo. No podía ver nada en esa oscuridad, sintió hambre y el ruido de las tripas le retumbó en los oídos. De a poco trató de incorporarse hasta darse cuenta que no podía, que algo más duro y sólido lo cubría. Su olfato, despierto por el apetito y el malestar en las sienes le empezó a exigir que hiciera algo, volvió a tratar de llamar a alguien. Gritó, pero el sonido de sus palabras retumbó nuevamente. Era extraño, se sentía encerrado, juró que no volvería a tomar en su vida, tuvo miedo, nadie lo oía, sintió de pronto voces, por fin se dijo, mi amigo el flaco González se compadeció de mí, le voy a mentar la madre por esta clase de bromas. Mire que andar jugando con uno de esa manera. La voces eran cada vez más nítidas, hizo un esfuerzo para poder entender de que hablaban, le estaban gastando un chiste. Trató de reconocer a los presente dentro de un murmullo que se diluía en llanto. Pero si era su mujer la que sollozaba, mijita, Clarita le juro que es la última vez. De pronto sintió un balanceo, como si lo movieran de un lado a otro, las voces se volvieron menos nítidas y sintió una humedad que le recorrió el cuerpo. Empezó a faltarle cada vez más el oxígeno y en el esfuerzo por respirar sintió un fuerte olor a tierra. Quiso levantar la frente y lo único que logró fue sentir el carraspeo de un pala que se hundía en un arenal y el ruido seguido de un golpe de tierra que sentía caerle de lleno encima, sintió cada vez más frío. Era ya tarde. En su último esfuerzo por escuchar descubrió que mencionaban su nombre, el padre Ricardo lo aclamaba, había sido un buen hombre que se había descarriado en los últimos meses, ustedes saben hijos míos como la bebida quiebra la voluntad de nuestras ovejas, nuestro Señor Jesucristo tiene un lugar en el cielo para sus hijos, que han pecado y han sabido pedir perdón y soportar las injusticias de la cesantía y la miseria a la que el pueblo de Dios se ve puesto a prueba por la ignominia de los que han traicionado a la patria. El último puñado de tierra cayo sobre el cajón, el padre Ricardo le deseo un descanso en paz, los vecinos se disolvieron. El flaco González se fue llorando prometiéndole a todo el mundo y a los cuatro cabros chicos de su compadre que dejaba el copete y que nunca más.
24 de diciembre de 1998.Praga, barrio de Vrsovice.
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