Seguramente lo primero que hizo fue encender la cocina, poner a hervir el agua para la mateada. Encendería la luz sobre la mesa de dibujo y prepararía el papel recién comprado. Sería de noche, porque recien de noche con la ausencia de Ana, su esposa, el trabajo lo trasladaría a otras laderas, a otros páramos. Estaría inquieto, intranquilo por esa idea repentina que lo habría sorprendido a la salida del supermercado, justo en el detalle contemplado de la vitrina del carnicero, aquellas piezas de carnes rojas refrigeradas. Entonces la inspiración como el zarpazo de un lobo. En ese destello inspirativo, casi ajeno. Como si la sospecha de algún otro Dios lo guiara, trataría de imaginárselo.
Se encontraría con el pastor, sería por unas horas un personaje ancestral, antiguo, mítico. Lo empezaría a sitiar dentro de la hoja de papel, a darle los detalles de un tiempo que de todas maneras no iba a existir. A imaginar un antes y un después.
Seguramente lo primero que le hizo hacer fue encender el fuego, atizar las brasas para que volvieran a herir los troncos rescaldados; que la cabaña recuperara el incienso a bellotas de eucalipto; el vapor azul de las hojas quemándose una noche anterior; lo haría que se frotara las manos y que se quedara custodiando el café que herviría lentamente, luego recargaría la ubre de grapa, como todas las mañanas; esperaría a que el alba reinara y que el calipso cubriera la colina como un abrazo de ese otro Dios. Pero ¿Quién era para él ese Dios que intuía fuera del papel? Esa presencia que lo hacía, que lo creaba, que lo delineaba, que lo bosquejaba con abluciones de tinta sagrada. Lo había comenzado a sentir, afuera, reinante, en una eucarística mirada. Recién entonces había salido del refugio.
Al oír el balar cercano de sus animales, vestiría su zamarra sobre el jubón harapiento, amarraría el cinturón de cencerros a la cintura de sus gregüescos, encadenaría el hatillo de un lado y el corno de buey del otro de sus hombros, se calzaría las botas y saldría camino del hato; a contarlas. Juntaría el portón de la cabaña, lentamente, hasta no despertar a los hermanos y se marcharía por el sendero, marcado por los animales y por el tiempo, hiriendo el borde del camino con el callado, paso a paso, como un peregrino; con la religiosidad de su convencimiento, ejecutando su destino, su proceder, poderoso con su báculo antiguo. ¿Sería esa la mañana? El relámpago de una hipnosis soñada. La quietud absoluta de esa instantánea que era su única alma. Llegaría a la explanada, a los pastos húmedos, peinaría su barba, larga, enredosa. Corregiría los puños orlados de su camisa. Recién entonces sentiría su cuerpo, dibujado, detallado como el alabastro de la región. Sobre el pasto yacería un becerro, muerto, mordido por la mano de ese Dios oculto, por la alquimia de las líneas, los suculentos detalles, escupidos centímetro a centímetro de la pluma negra, la geometría de su cuerpo plano, estampado, el secreto de la mano de ese Dios que lo iba creando, descubriendo de una hoja de papel hecha a mano, comprada por un tal Cesar Boldrini, la mano del artista que lo delineaba en el más secreto de los placeres. Vería al Dios sospechado, inquirido, al dibujante que lo materializaba. Entonces su rostro se fijaría, para siempre, con la expresión melancólica y única de su único tiempo, ese presente, ese pretérito y ese futuro que eran su existencia de obra de arte, sentiría él o el autor la quietud de su mirada soñolienta, el equilibrio de su mano derecha con el bastón y el de su mano izquierda elevando el corno, anunciándonos a los espectadores de ese cuadro la muerte del becerro, el peligro de un predador cercano. Ahí sobre la madera de la mesa de dibujo Cesar Boldrini clavaría sus iniciales sobre el último detalle: CB 97 ¨ Pequeño rombo de punto final, todo fuera del contorno de lineones dobles. La obra estaría terminada, embutiría las plumas, enroscaría el frasco y a falta de polvo para tinta, soplaría, acercaría su pastor a la pantalla de la lámpara. Arrastraría luego el taburete mascullando las arterias del parqué del piso, escondiendo como un Dios satisfecho la creación del mundo, entre carpetas de cartón y decenas de otros dibujos. Sobre la mesa: la calabaza y la bombilla de plata, la lámpara silenciosa como un sol apagado. El retrato de Ana. Mientras, el sonido del corno rebotaría en la meseta, despertando a sus hermanos, que atentos a la geografía de esa única hoja de papel no podrían nunca existir. Enjaulado en su condición, enfrascado en el cristal, en el marco de madera.
Allí está, ignorando en la solemnidad de su único gesto la mirada burlona del lobo a su espalda, la agudeza de sus orejas, el vidrio rapaz de sus ojos; lo estaré contemplando, colgado sobre la pared blanca de mi sala, al costado de una mascara asiática de caparazón de tortuga, de ojos saltados de plata, a palmos de los antílopes pintados sobre una tela de Burkina, regocijado por la luz de una lámpara de teatro, que alumbrando el norte de mi sala, hechizará la colcha hindú del sillón, la mesita de los discos y las hojas contritas de una planta exótica que hará llegar la mirada espectadora de mis invitados de esta noche a la ilustración comprada a ese tal Cesar Boldrini.-
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