He olvidado completamente
como conocí a Dimitri. Si en los baños del internado, o en alguno de los
comedores, si en el Založna
(que era el nombre de la única taberna de Poděbrady) o simplemente me lo presentó alguien. Lo cierto es
que guardo aún en algún lugar de mi casa algunas fotografías en las cuales
estamos bailando abrazados y con botellones de cerveza en nuestras manos. En
otra, Dimitri y otro amigo griego me están haciendo un peinado rarísimo. Por lo
general nos juntábamos a beber y a escuchar a Mikis Theodorakis. En aquel
entonces todos los que aparecemos hipnotizados en esas fotos éramos
apasionadamente comunistas. Pero los griegos lo eran aun más. Las paredes, de
la pieza de Dimitri (la cual compartía con Manolis, otro griego, aunque
bastante más provinciano por ser oriundo de Kreta) estaban cubiertas de oses y
martillos, de afiches con los rostros de Marx y Engels, carteles llamando a la
defensa de Nicaragua y una que otra pancarta con el nombre de algún líder
partidario. Lo cierto es que la estética con la que ellos demostraban su
adhesión no me incomodaba, para mí (que no entendía una jota de griego) esos
afiches pertenecían al terreno de lo exótico. No me sucedía ciertamente lo
mismo en el caso de las habitaciones cubanas, mucho más afectadas de cierta
clase de fundamentalismo. Lo que sí me parecía una verdadera barbaridad, o más
bien una soberana estupidez, era que los estudiantes griegos cambiaran los
dólares que les enviaban sus padres obreros por algo más de nueve coronas
checas que les otorgaba el Banco Nacional (en aquel entonces el mercado negro,
en manos de uno que otro polaco residente, daba alrededor de cincuenta coronas).
Siempre he pensado que eran el hazme reír de los cajeros bancarios.
Aquel invierno de 1988, los
griegos representaron la única alternativa de amistad a los cubanos. Tanto
Dimitri como Manolis decidieron adoptarme, al menos eso sentía yo. Para ellos
Víctor Jara era un héroe mundial, tenían discos con sus canciones cantadas en
griego, los comunistas chilenos éramos la segunda Nicaragua y yo, en definitiva,
encarnaba la vocación revolucionaria que a ellos les había sido negada. Cuando
terminamos nuestra estancia en aquel centro de idiomas hicimos una gran fiesta
en la pieza de Dimitri, creo que fue la primera vez en que nos entendimos
pasando de las consignas y las sonrisas a frases inteligentes en un checo
rudimentario, probablemente las botellas de ouzo fueron aquella noche un estímulo a nuestra declarada
amistad. Nunca volvimos a encontrarnos Dimitri y yo. Manolis, su compañero de
cuarto asistía a ciertas materias en común, ambos estudiábamos el primer año de
Arqueología Clásica en la cátedra de Celetná.
Manolis era para la risa, sobre todo por la dificultad que le causaba hablar
checo. En una ocasión, en medio de una aula llena de estudiantes, el profesor
tuvo la atinada idea de preguntarle que de dónde era el joven extranjero allí
presente. A lo que Manolis con su rostro siempre serio y sonriente le respondió
(en checo) que él estaba orgulloso de ser un cretino, queriendo decir cretense.
A la asamblea de estudiantes no le quedó otra alternativa que largarse a reír.
Cosas como esas pasaban con mis amigos griegos.
Fue unos años más tarde,
cuando decidí congelar mis estudios y buscarme un trabajo, pasaba por una
situación bastante escabrosa en lo económico, a lo que mi reacción como
vendedor callejero logró poner tope. Yo vendía libros y sombreros frente al Orloj de la Plaza Vieja y salía por
las noches a beber con amigos que no tenían el más mínimo punto en común con
una universidad. Mientras, mis amigos griegos terminaban pausadamente sus
estudios, recibían mensualmente la pensión en dólares de sus padres (la cual
seguían yendo a cambiar al mismo banco) y hasta encontraban pareja. Supe de
oídas que Manolis Klonzas se había casado con una checa y que Dimitri
Papanopulus (o algo así), el bueno de Dimitri, tenía noches con Faneri, una
estudiante colombiana.
Cuando me cansé de trabajar
como chino y decidí que haría un viaje a Chile, habían ya pasado cinco años
desde que nos dejamos de ver.
El verano del 94 (del
hemisferio sur) quise ir lo más al sur posible. Viajaba acompañado de lo que en
Chile, a cada rato, llamaban una gringa, y quería llevarla a que conociera la
famosa carretera austral, pretendía llegar hasta Coyhaique. Viendo el mapa que
llevábamos y los travellers cheques
que nos quedaban tuvimos la acertada idea de seguir camino a Argentina. De
Chile Chico llegamos hasta Perito Moreno y de ahí hasta Comodoro Rivadavia. Era
la primera vez que veía el Atlántico y no sé por qué tuve la impresión de que
me lo había imaginado exactamente igual a como ahora lo veía. Desde la costa
nos dirigimos a Esquel, un pueblito en el sur de Argentina, y desde Esquel hicimos un hermoso camino de
lagos y montañas. Fue a orillas del Futalaufquen donde nos conocimos con Utte
Wendel y con su novio (cuyo nombre he olvidado). Eran alemanes de Munich. Utte
estudiaba turismo y estaba escribiendo su tesis de graduación acerca de los
lagos argentinos. No nos costó hacernos amigos, tampoco recuerdo en qué lugar
de todos esos en que nos fuimos encontrando camino a Bariloche nos
emborrachamos los cuatro. Yo había tenido la suerte de visitar la capital
Bávara en dos oportunidades y a pesar de no conocer absolutamente nada de ella
causé una agradable impresión en nuestros acompañantes tudescos. Utte hablaba
bastante bien el español y yo aún tenía una que otra clase de alemán que había
tomado antes de retirarme por completo de la facultad. La última vez que nos
vimos fue en Puerto Montt. Visiten Angelmó, les dije. Nos hicimos los
respectivos cambios de direcciones y teléfonos y quedamos en que teníamos que
vernos en Europa.
Pasó un tiempo largo. Un año
quizá. Yo viajaba y mandaba postales. Suelo mandar cientos de postales cada
año. Cuando un buen día vi en el buzón un gran sobre procedente de Munich supe
que era Utte la que me escribía. Me mandaba un comentario a la ley del trabajo
checa que había aparecido en su país con una versión en checo. Ese fue nuestro
último contacto.
A fines de aquel año, creo
que del 95, mis intereses turísticos se orientaron a lugares menos cómodos, y
más estrafalarios. Iba camino a Marruecos cuando Utte Wendel pudo aparecer como
un fantasma. Salíamos de Algeciras a Tarifa cuando divisé una furgoneta muy
similar a la mía, de placas alemanas. La conducía una muchacha. Aquella vez en
Argentina me hice la misma impresión al ver a Utte y a Marcus (ahora pienso que
se llamaba así su acompañante). Los veía y sentía que ella era mayor que él.
Utte era más alta y a todas luces mayor, además Marcus (si es que así se
llamaba) no hablaba español, lo que lo volvía absolutamente dependiente de
ella. Traté de localizarlos en la autopista por el espejo retrovisor, hasta
encontrarlos. Los esperé. Cuando vi pasar la Volkswagen Westfalia y percatarme de que las alemanas (a veces
tan bermejas) son a veces tan iguales, tuve la necesidad de volver a visitar
Alemania.
Fue antes de partir hacía el
otro extremo de Europa, a Turquía, que un amigo me llamó para que lo acompañara
a Munich. Acepté encantado. En la casa a la que llegamos nos esperaban con
comida y cerveza. La anfitriona, una alemana casada de mentiras con un chileno
(por lo de los papeles) cocinó un sabroso plato de zapallitos italianos a la
bávara. Le pedí prestada la guía telefónica y busqué a Utte. Había decenas de
Utte Wendel, pero solamente una de ella tenía a su lado el nombre de Marcus
algo. Lo encontré extraño que en una guía apareciera el nombre del conviviente.
Dizqué el número sin suerte. Dormí con la certeza de que al día siguiente le
daría la sorpresa a Utte, sin llamarla. Cogí algunas cervezas que llevaba
conmigo en la camioneta. La calle Hananer era una callejuela de la Villa Olímpica.
Recordé los hechos trágicos de aquella olimpiada, los deportistas israelíes
muertos, aunque para entonces yo era un niño aún. El no rotundo de Golda Meir
aún rebotaba en el cemento de ese estadio. Mientras buscaba el número 39 trataba
de imaginarme la gran construcción de Otto Frei, los tendones del estadio. Era
sábado, algo pasado el medio día. Toqué un timbre que era la boca de un gato
pintado. Imaginé la cara de Utte al verme. Sentí a alguien que bajaba por unas
escaleras, me froté las manos. La casita era diminuta, casi enana. Hansel y
Gretel, pensé. Cuando se abrió la puerta y vi a Dimitri quedarse mudo con la
boca abierta me di cuenta que mi boca estaba haciendo exactamente la misma
exclamación. Carlos, me dijo, pero man y tú qué aquí, en perfecto español (o más bien en
perfecto colombiano). Allí estaba Dimitri, con su porte de siempre, sus ojos
negros y su melena rizada. Malakas, dijo en griego, como decía por lo
demás siempre. Por fin te encuentro cabrón, le dije bromeando. Fue lo único que
se me ocurrió. Saqué las botellas de mi morral y las puse sobre la mesa. Faneri
estaba cocinando. Pregunté por Utte y Marcus. De puta madre los dos esos, me
dijo Faneri. Dejaron el departamentito justo un día antes, alcanzamos a
cruzarnos y a desearnos suerte, me dijo Dimitri, la alemana hablaba español, me
dijo Dimitri, mientras nos bajábamos las pilsener que yo les traía a Utte y
Marcus y nos comíamos la comida
colombiana que había hecho Faneri. Ni que estuvieran esperando visitas, pensé.
Praga, 26 de agosto
del 2000
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