jueves, enero 12, 2006

3. Mudanzas

(como homenaje a los 30 años de Jehtro Tull)

No acabo de desempacar un par de libros, unos discos, los típicos utensilios de cocina más otro sin fin de cajitas de cartón y bolsas de polietileno, cuando casi a media noche suena el celular. Me digo que a quién se le ocurre joderme a estas horas un viernes por la noche. Para bien o para mal, resulta ser mi nuevo casero, el propietario de mi nuevo departamento, de este departamento blanco, lleno de luz y ventanas a la calle en calle Smeralova en el barrio de Bubenec. La traducción de Bubenec me recuerda la palabra tambor, sin embargo ignoro su significado original. Aquí las casas son antiguas y señoriales, a pesar de sus descascarados revoques y sus entornos de eternos andamiajes, algunas de sus calles guardan sombras refrescantes, debido a inmensos árboles, que se abrazan y hermanan con los del parque Stromovka. Su cercanía con la ciudad vieja es casi inminente, separada tan solo por el río Moldava y de éste por el cerro de Letná. A unas calles al oeste comienza Hradcanská, el barrio del castillo de Praga.

Mi casero me anunciaba que el lunes me visitaría, para resolver lo del teléfono, para explicarme donde se enciende la calefacción o donde se corta el agua, en caso de que me vaya de viaje. Bueno, le dije, lo espero a las seis de la tarde. Sigo desempacando papeles y cuadernos, aún no aparece mi agenda, donde día a día anoto mis obligaciones y reuniones, actividades como conciertos o exposiciones que deseo visitar, salidas al cine o al teatro... Cambiarse de casa es como que a uno le borren la memoria del hard disc que tenemos en la cabeza, ya que para tipos como yo, todo empieza y termina en el escritorio de mi sala. Allí, en esa especie de campo de batalla, (donde pasan las cosas), es donde se manifiesta toda la esencia de una mudanza, y esto porque suelo ir acumulando sobre la cubierta de la mesa, toda una suerte de papelitos, recaditos, libros que, o estoy leyendo o voy consultando. A parte de todo esto están las boletas y las facturas, las cuentas por pagar, las cajas con las disquetas, los fajos de papel blanco o de roneo. Ni hablar de las tarjetas de visita de tipos que tengo que llamar, o los números de alguna muchacha, de la cual, bajo cualquier pretexto, he de olvidarme, por miedo, vergüenza, o simplemente por seguir creyendo que la mujer de mi vida habrá de llegar en el momento en que me encuentre menos desprevenido, y digo menos y no más, porque de alguna manera, a pesar de lo despistado y hosco, he de fijarme en su existencia, absolutamente tangencial y transitoria. Luego, con esa nueva amante, ignorada pero esperada, consultaré ese horóscopo cotidiano, que es esa especie de reconstrucción verbal que hago, de los conciertos visitados, de las exposiciones de fotografía que fuimos a ver justo el mismo día y casi a la misma hora, sin siquiera toparnos, y que confirmaremos gracias a un afán común de guardar por algún tiempo las entradas y los programas que nos reparten; o simplemente hablaremos de los pubs, teatros, cafés y boliches varios, visitados casi los mismos viernes. Así es como me doy cuenta que aquella mujer ha andado por ahí, casi rozándome, pero que el momento de gracia, por fuerza de la providencia o de alguna otra brujería o hechizo, ha llegado justo cuando de casualidad he dejado de mirar para ese "otro lado". Así, de la nada, puedo, tanto por un mes como por una cantidad enorme de años, terminar metido con una chica, sin haber tenido la más mínima intención. Así es la química de las esquinas o de las tasas de café, porque ni hablar de la que se esconde en los conchos de las copas de vino o en las cenizas de los cigarrillos de mariguana, que suelo terminar fumándome con desconocidos, por lo general tipos de pelos largos, que suelen estar hablando de libros que he leído o de asuntos de lo más “urgente para el bien de la humanidad y la sabiduría pública”.
En medio de una mudanza pierdo la orientación y la única brújula que evita el más absoluto de los naufragios, es la araña lenta de la intuición, ese olfato mental que nos dice, en esta cajita sí, en esta tal vez, para que de todas maneras, nunca tenga la menor idea, a donde han ido a parar todas esas alimañas de papel que me torturan diariamente desde mi propia mesa y que suelo llamar masoquismo intelectual. Lo lógico es empezar a abrir cajas y empezar a rehacer la vida de a poco, clavar los cables del computador, sin olvidarme donde enchufar cada uno, y tratar de abrir los ficheros en los que he estado sentado trabajando, para averiguar que esa semana empaquetada ha significado un retraso enorme en la cuenta del teléfono, la no he podido pagar porque la impresora ha estado guardada en una de las tantas cajas, amontonadas quien sabe donde. Esto, de cualquier modo, pertenece a ese primer grupo de problemas, menores digo yo, y que resuelvo con una llamadita de teléfono en que hipócritamente me disculpo mil veces, o bien, sin querer, si se han puesto un poco animales en el tono, los termino mandando al carajo, y todo gracias a que el tiempo en que la burocracia pública inicie el trámite para dejarme incomunicado, será siempre más largo que el tiempo en que me tome para desempacar todas las cosas.
Una mudanza llega despacio, inadvertidamente, por ejemplo justo cuando resulta que estoy escribiendo y suena el teléfono y que quién será tan tarde y es Milán, ahora mi nuevo vecino, pero que hace unos días no lo era: que ya habló con el dueño del edificio donde vive y que me puedo cambiar la próxima semana, aprieto el botón verde de mi celular que dice OK para terminar la llamada y me sorprendo ante una neurosis de caos inminente: cajas, las eternas cajas de cartón de toda mudanza. Estas son tentativas literarias fallidas, comenzadas, recomenzadas o simplemente dejadas de lado, casi por las mismas razones: llamadas urgentes de París, donde una voz ronca y secular me dice, soy yo, y es él, un tal Renato, que me vaya para allá inmediatamente, que hay una exposición de los ingenieros del renacimiento en La Villette y que el Chino viene de Lille y que la fiesta es el próximo sábado y etcétera, etcétera, etcétera. Este tipo de pausas son realmente devastadoras (al final llevan a un mismo resultado: volver a empezar un cuento o una carta, o un artículo). Hay sí, situaciones peores, como por ejemplo encontrarse escribiendo algo importante. No es la primera vez que un trabajo se ve repentinamente interrumpido. Puedo dedicarle tardes o madrugadas enteras, divagando con el teclado del ordenador, sin tener el más mínimo de los problemas, hasta que de pronto suena el celular y llaman del trabajo, salgo corriendo, por no se qué asunto de unos vecinos que han llamado a la policía, y que vente para acá nomás, porque el uniformado insiste, en que sea justamente yo el que le explique ese centenar de argumentos ridículos que de todas maneras no va a creer, ya que su objetivo es pasar una multa con la cual podrá anotarse puntos ante un jefe, que sentado detrás del escritorio lo va ha quedar mirando, seco, tosco, y al que al final le va a dar todo lo mismo, (porque él está ahí para cosas más importantes). Entonces vuelvo a casa, hastiado, subiendo los peldaños de dos en dos, verde de bronca, de haber tenido que conducir nuevamente la furgoneta y de no haber terminado lo que estaba escribiendo. Enciendo la radio, la UNO, y están tocando justo algo que no me acomoda, ya que no paso ese reggee de tambores, el dub, música que se queda en cuatro frases que no hacen más que hablar de paz y amor cuando medio planeta está allá a fuera poco menos que matándose, son los Hipnotix, los dejo porque los tambores tienen al final algo que ver con mi nuevo barrio.

Ya creía que nada me iba a detener, dado al devenir inspirativo que causaba en una buena idea, las miradas por la ventana desde el piso, que habito y debo abandonar, un lugar cuyas ventanas dan a un romántico patio de escuela, lleno de álamos y de enormes paredes color naranja, una verdadera inspiración de día, una vista de canalones y aleros de cobre enverdecidos por el tiempo, el óxido universal de los techos del barrio de Vrsovice: palomares y campanarios oxidados que en el cielo me recuerdan lugares imaginarios que inevitablemente se me iban escondiendo entre las letras del texto. Como si fuera poco, de noche todo desaparece ante la oscuridad de las calles, especialmente la de calle Madridská, donde la luna y una ampolleta soñolienta, cuya luz cae desde una farola, también oxidada, crean una escenografía instigadora y hacen del porshe de la parte posterior de una escuela un sitio solitario y místico; un verdadero baile de musas aún le da vida al decorado donde dos aves de yeso, con cola de pez se miran sosteniendo en los picos una argolla y en las garras un pan, lo que me hace pensar que aquella puerta trasera puede ser la entrada a la cocina de aquella gran escuela. Nunca vi a nadie salir, nunca nadie entró, durante mis largas noches, sentado detrás del brillo fluorescente de la pantalla, mi ventana me sacó del cansancio de mis ojos hacia ese pequeño rincón contemplado desde mi cuarto piso, (que aquí viene a ser el quinto, ya que el cero es en Praga algo a ser tomado en cuenta, como cortarse el pelo al cero, temperatura bajo cero o un empate cero a cero). Entonces resulta que, cuando la inspiración de un cuento se liga, extrañamente, a detalles, como aquella ventana, detalles que acurrucan y acarician, para que la mente vuele, en ese extraño fenómeno que es ir inventándose sueños y pesadillas, una mudanza puede ser fatal. No es posible encontrar después, una vez mudado, así como así, la inspiración perdida.

Clavé finalmente el último enchufe, el del mouse de mi PC que guía la letra justa que voy ahora escribiendo y que en cualquier caso para ti lector es esta simple lectura, el acto de leer, esto, mucho después, momento absolutamente inalcanzable e indefinible para mí. Esto que si bien, escrito ya mucho antes, ha cobrado su primera vida, tan sólo unos pocos minutos después de abrir la caja mágica, que me permitió por fin dar con los cablecitos; poder recobrar la identidad perdida dentro de esa nebulosa temporal, que es esa semana en que la existencia de uno no es más que cajas de cartón y paredes blanquecinas. Paredes que lentamente iré poblando de cuadros de amigos, de la foto de Rimbeau, sacada del internet, o de una postcard de la Violeta Parra. De ese centenar de recortes de diarios y tickets recortados de conciertos que han pasado, y que insisto en dejar clavados en algún rincón de la casa, como si fueran medallas. Como lo son también algunos restos de cerveza, al final de fiestas, como se le llama en Europa a cierto tipo de reuniones con amigos; medallas de fiestas que al menos duran toda la noche y que terminan sin que me de cuenta, porque me suelo quedar de pronto dormido en un sillón, para que alguién suela tener la bondad de tirarme mi propia chaqueta encima. Dándome cuenta a la mañana siguiente, que ya todo el mundo se ha marchado, dejándome papelitos con notas y saludos, y buenas nuevas y bendiciones, y los que no, me han de llamar durante el día y los otros: Iván Gutierrez o Eric Machuca, por ejemplo, los contrarios a todas estas posibilidades, me han de caer de visita de nuevo, ese mismo día, el siguiente, con alguna revista y una botella de Penfolds australiano o un Pinotage sudafricano, que estarán de chuparse los dedos, sobretodo porque confirmaré que los vinos chilenos ya no son los únicos del mundo...
Descubro por fin los restos de música que aún laten, encerrados en los recuerdos de esas entradas ya ultrajadas por los dedos de algún portero, porque ellos están siempre ahí, con su cara de matones, esperándome para hacerme añicos el boleto que tanto deseo guardar de recuerdo, para mandárselo de regalo a algún amigo, pata, cuate o yunta, según sea el confín del mundo. Un poco como si fuera un souvenir, bastante extraño, porque la reacción puede ser diferente, y la envidia del que lo recibe puede ser tan grande, que se comprará en ese otro rincón del mundo un ticket para un super concierto, al que me es imposible asistir porque esa banda no ha venido nunca y ni piensa venir, o simplemente porque a veces ando paveando o volando bajo y me pierdo conciertos, como me pasó con los Midnight Oil, con los Garvage o Paul Simon.

Justo de la caja de cartón que abro, mientras hablo por el celular y me pongo de acuerdo para el lunes, para encontrarme con el dueño, sale la tan buscada agenda, de la cual se asoma el boleto para el concierto de los Jethro Tull, que resulta ser justo el mismo lunes a las ocho de la noche y que no me pienso perder, por que simplemente resulta no ser una mera casualidad, que tenga casi todos sus discos, por supuesto, también aun empaquetados quizá en cuál de las cajas.

Es lunes, como de costumbre voy tarde. Mientras avanzo con la furgoneta lo veo parado en la puerta del edificio, hay en el cielo un sol terrible, cosa que él mismo confirma al levantar una botella de agua y dar un largo trago, le hago una seña, lo veo con la parte de arriba de su jardinera de jeans abierta y colgando como si a esa temperatura le diera exactamente lo mismo el aspecto desgarrado que trae. Encuentro un espacio para estacionarme entre dos basureros y un auto, lo saludo, que no lleva mucho rato esperando, me dice. Y yo que, qué hace así, tan abrigado, con el calor que hace. Que en la noche va no se para que parte. Intercambiamos unos comentarios sobre el clima y subimos. Entramos al departamento, él se pone a trabajar con unos cables, un tipo llega y se ponen a hablar, no encuentro mejor momento para armar una cómoda IKEA, que ese, en que ellos resuelven los asuntos en el pasillo. Miro la hora, le pregunto a que hora se desocupan, no me responde, y yo no vuelvo a preguntar. Nunca se sabe cuando una pregunta banal y simple puede causar malestar en un casero, más tratándose de alguien tan joven y ya tan adinerado. Cruzamos un par de frases, me pregunta por el concierto, a las ocho le contesto, me pregunta si vi el del Lucerna hace seis años. Que sí, que no me pierdo ninguno, y él que tampoco, me siento mejor, ya tenemos algo en común. Pero cuantas veces me sorprendí en la escuela al ver a algunos de los que consideraba adversarios, cantando las mismas canciones que yo gustaba de cantar, sorprendido de mi mismo ahora, ya que aún sigo escuchando a Silvio Rodriguez, a pesar de estar tan lejos del castrismo. Sigo armando la cómoda y dan las siete. De que me preocupo, si él también tiene las llaves, lógico, es el dueño. Esta vez no llegaré de los primeros. Atornillo unos tarugos a los cajones de madera, y por que no un poco de Sweet dream, de Living in the past antes del concierto, no más para recordar. O Bureé, aquella balada que entonábamos a comienzos de los ochenta. Nos juntábamos en casa de Silvia, la novia de un amigo, y solíamos salir a pasear por Pedro de Valdivia, nos íbamos por las calles entonando la letra que Sebastián, otro amigo, le había inventado a la canción de Anderson, jugábamos, saltábamos, embrujados por cigarrillos de mariguana o botellones de vino, luego volvíamos a la casa de Silvia, a donde llegaban sus primos y amigas. En aquel entonces yo había llegado de La Serena, una ciudad del norte, que se caracterizaba por casi desposeer de esos ambientes, espacios que inventábamos en Ñuñoa, que era la comuna donde casi todos vivían y donde quedaba nuestra facultad de pedagogía. En verano le cuidábamos la casa a la hermana de Sebastián, entonces nuestra base de operaciones se desplazaba, hacia La Cisterna, otra comuna de Santiago, más popular que la de los padres de Silvia. A cambio, durante esos meses de vacaciones, la casita de madera enterrada en medio de un patio de limoneros y de gatos flojos, gozaba de una paz enorme, no había ruidos y recibíamos visitas que se quedaban días, había ausencia de adultos, y grandes banquetes de arroz con salchichas y salsa de tomates. El marido de la hermana tenía una colección completa de Jethro, de Yes y de Rick Wakeman y para nosotros era eso y Silvio Rodriguez y Sui Generis y Los Blops y Los Jaivas y Vangelis y la Janis y Cat Stevens y Chic Corea y todos los pitillos de mariguana y todas las fiestas, y mis primeros llantos por una niña a la que miré de reojo en una fiesta, justo cuando de reojo ella me miraba, para venir a quedarse en mi vida casi cuatro años, hasta que el destino nos separara. La casa era un oasis en medio de calles polvorientas.
Con una copia pirata de Jethro Tull me desnudé, semanas más tarde, cuando aquella niña aceptó ser mi novia, por primera vez, en medio de una noche larguísima, en una casona vieja de calle Santa Rosa, donde arrendába una pieza. Allí seguían nuestros encuentros. Sesiones de meditación, versión valiente que teníamos para engañar a la dueña de aquella casa, una señora inmensa y mandona, que nos traumatizaba, al punto que llegamos a pensar que era la misma Santa Rosa, en persona, encarnada como una madre superiora para mantenernos a raya. Tratábamos durante el año estudiantil de repetir aquellas fiestas de conversaciones y música del verano, inventando la formula perfecta de cómo cambiar a la sociedad chilena, como hacer la revolución de las flores, expulsar a los militares del gobierno, disolver el estado, declarar la libertad absoluta de los jóvenes y vivir todos juntos, en comunidad, en alguna vieja casa, compartiendo nuestros dineros o lo que nos brindaran nuestros padres. Todas esas utopías llevaban una música de fondo: la flauta traversa de Anderson.
Fue un día de Mayo, del año 83, justo cuando el centro de Santiago se nubló de bombas lacrimógenas, que el flautista guardó sus notas y advertimos que nada de lo que queríamos para Chile era posible. Nosotros seguimos viviendo juntos, en un departamento que arrendamos meses más tarde, nuestras reuniones no cesaron, al menos hasta aquel día en que cada uno se fue yendo por una camino diferente. Los cassettes de los Jethro quedaron en poder de Sebastián. Él era quien nos había hecho soñar con mariposas y jardines, sus poemas eran para nosotros verdaderos manifiestos. Por aquel entonces empecé a escribir mis primeras letras y era justo que fuera él quien guardara ese tesoro que habíamos compartido tantas temporadas.

El propietario me golpea a la puerta. Estiro la mano con el control remoto para bajar el volumen de Heavy Horses, que ya me estoy yendo le digo, él me dice que también, intercambiamos unos saludos huérfanos de intención, cierro la puerta y me apuro en dejar una lámpara encendida y la radio puesta. Por si acaso, pienso. Al llegar al semáforo de la esquina me doy cuenta que el concierto es sólo a unas cuadras, en la Malá Sportovní Hala, pero ya voy tarde, son las ocho, estará tocando el grupo invitado. Para lo que me importa, me digo, voy por los Jethro. Llego al lugar, como era de esperar no encuentro lugar para parquearme, hasta lograr instalarme frente al estadio. Pero si es aquí mismo me digo, unas letras góticas en el boleto me advierten que si bien es allí, es en la sala pequeña. Dos muchachas vestidas de atletas salen de un fit center, les pregunto y me mandan hacía una portería, detrás de unos enormes ventanales. No hay ningún cartel, ninguna flecha que indique donde es el concierto, y si lo han pospuesto sin que me haya enterado, buenas tardes le digo a un portero, sentado detrás de una barra alta, el tipo bebe una cerveza en botella y resuelve un crucigrama, me quedo mirando su camisa, color verde oliva y de charreteras rojas, pero si es como los uniformes de la época comunista, pienso, levanta su cabeza, flojamente y a todas luces lo molesto, le sonrío, para sacarle una respuesta afable, no hay caso, levanta su mano y me indica la puerta diciéndome que copie el contorno del edificio hasta atrás y que allí es, me voy sin atreverme a preguntarle por los Jethro, de todas maneras a esas alturas me da lo mismo, lo único que quiero es no importunarlo, salgo y camino por el costado del estadio, dándome cuenta que allí mismo realizaron, muchos años atrás, su primer concierto en Praga. Aquella vez había un gran anuncio luminoso sobre el techo del estadio, como si anunciaran una final de hockey. Busco el anuncio, no hay nada, el gran patio que camino esta vacío. A lo lejos, donde termina la gran pared que me queda por recorrer, veo a unos tipos caminar parsimoniosamente, hay un silencio de fin de semana, pero es lunes. Llego a las boleterías del estadio, están cerradas, me temo lo peor, volver a casa y empezar a buscar la noticia en el diario, encender la radio y esperar que me informen sobre el lugar donde me han de regresar el dinero. Pero nada de eso pasa, hay un tumulto de vendedores ambulantes, cuyo centro es una camioneta que vende discos, escucho el Aqualung, paso directo hacia los encargados de aniquilar mi entrada, entro al estadio donde un mar de gente se aprieta sobre unos balcones, trato de buscar un lugar, mi lugar. La gran mayoría de los presentes son una fauna conocida, melenas largas y barbas a lo ZZ Top, chaquetas de mezclilla, morrales que caen de hombros cansados, algunas mujeres de aspecto demacrado, por los años y las drogas, me imagino, cincuentonas contemporáneas a Anderson, de esas que salían en los setenta a trampear en los bosques, partían con sus hijos y amigos a esconderse, viajaban hacia adentro, a ese espacio inalcanzable de la conciencia, donde era posible evitar ser el bocado de ese monstruo abominable y totalitario; en los bosques se encontraban, escuchando la música de Jethro Tull o de Velvet Underground, de Burdon o de Cannot Head, de los Santana o de los Plastic Peoples, con pócimas de Psylocibina o con flechazos de mariguana, con literatura copiada a mano o con una emisora portátil que les hiciera escuchar las transmisiones de la radio Europa Libre. Me siento incómodamente joven, voy mirando las caras, algunas me son familiares, como si hubiera algo que a todos, a cada uno de ellos los hermanara, la música que por décadas los hizo pertenecer al subversivo apelativo de inconformistas. Casi no veo el escenario, estoy tan lejos que casi no me doy cuenta cuando, ya una vez apagadas las luces, comienzan a moverse unas figuras en el podium, la horda de hippies postmodernos aplaude. Un tipo de ojos desorbitados y de una sonrisa cordial parece aletear a lo lejos, lleva una gorra negra en la cabeza, como la de Nicholson en Atrapado sin salida. Lleva en la mano una larga barra de metal plateado que brilla en la distancia, la varita mágica, me digo. El bardo comienza su función y una algazara de gritos y silbidos lo saluda. Es él, de pelo corto pantalón y polera, que más da, simple como una conclusión, sin disfraces ni atuendos, como si por fin dijese, aquí estoy, este soy yo después de treinta años. Aplaudo, voy tratando de acercarme lo más posible, una melodía conocida por todos nos hace saltar de entusiasmo, salto y me río, es Fatman y el rostro de otro amigo se muda en mi cabeza Zbynek Ryba, mi primer amigo checo se dibuja sobre las luces que van mimetizando las notas. Hay mudanzas que son radicales, como irse a vivir a un país lejano y extraño. En estos casos el hard disc desaparece, es como que a uno le hubieran robado todo, sobretodo el teclado, como que le hubieran dejado tan sólo la pantalla, para mirarlo todo. Volvemos a ser verdaderos niños, nos falta el idioma y estamos en un país donde no conocemos a nadie. Uno pasa de ser protagonista a ser espectador, y pueden pasar meses antes de que uno cruce un par de saludos con alguien. A comienzos de los noventa tuve un trabajo de vendedor callejero, consistía en pararme todos los días a venderle libros a los turistas alemanes que visitaban en aquel entonces Praga, como si los vericuetos, las callejuelas y los faldeos del castillo fueran los compartimientos del arca de Noé y ellos los animales ansiosos por salvarse del diluvio. Era tal la cantidad de abuelitos y abuelitas que compraban guías y librillos de fotografías que era difícil no hacer dinero. Yo llevaba ya unas temporadas en el país y mi condición de estudiante daba cuenta de un mínimo conocimiento del idioma. Tardé un par de años en darme cuenta que ser extranjero no era algo bueno y que muy poca gente sentía curiosidad, mucho menos afecto. Aquella plaza, la más hedonista de la ciudad, con su más heterogéneo abanico de construcciones, con su reloj monumental y sus cientos de rateros y cartereros, albergaba una zoología fantástica de naciones. Un anciano inglés, de hijos suecos, vendía anillos de plata y tabletas de hachis; un polaco, Arcadius, había llegado por un día al concierto de los Rolling para terminar quedándose, vendía flores de loto hechas de alambre y me abastecía de LSD, cuando una que otra acid-party en Donde los Desesperados, lo requiriera. Caricaturistas rusos. Joyeros de los Balcanes. Músicos peruanos. Todos compartíamos aquel espacio, que era una verdadera feria de pasiones y negocios quiméricos. En aquel entonces el banco de hoy era una fiambrería y la cristalería una tienda de telas y ropas. El anticuario de calle Zelezná era un quiosco de diarios y revistas y por las noches almacenábamos nuestros cachivaches en la mismísima alcaldía. Después de pagarle unas monedas al portero, que nos odiaba a todos, pero que sentía una verdadera adoración por las veinte coronas que cada uno de nosotros le entregaba cada tarde.
De todos los mercaderes que asfixiábamos la plaza, tan sólo uno parecía romper ese desorden de gritos y ofertas. Su mesa era diminuta, como las casitas de cerámica cocidas y esmaltadas, edificios pequeñitos que eran imitaciones de bancos, tabernas y librerías. Expuestos uno al lado del otro, delante de ese tipo silencioso, de pelos largos y de una gran barba. De su mirada lenoniana salían dos chispas que iban a dar al infinito. Casi no hablaba y se pasaba horas leyendo libros y envolviéndole casitas a los turistas. Al final del día guardaba sus artículos en una caja de plátanos y la iba a dejar a la alcaldía. Así todos los días sin cruzar una palabra con nadie. Hasta aquel día en que nos vimos hablando. Realmente nunca supe como nos pusimos a hablar. Si fue alguna necesidad mutua o el azar de esa plaza que entrecruzaba a sus habitantes. Su manera de hablar era culta y refinada, lo que me hizo darme cuenta de lo poco que sabía yo checo. Los primeros diálogos fueron quizá torpes y escurridizos. Simbólicos. Fueron la simple mención de Julio Cortázar y los Jethro Tull lo que nos hizo sospechar que éramos amigos hace tiempo, sin siquiera saberlo. Así fue como un día me invitó a su casa y conocí aquel mundo subterráneo de editores clandestinos, de vagabundos forestales, de fiestas silenciosas en hospodas olvidadas de la mano de Dios. Rituales secretos, practicados desde mucho antes de que volviera la democracia. Visité sótanos que habían sido talleres de teatro, biógrafos escondidos y teatros desobedientes. Por fin había salido de mi condición pasajera. Cada vez que nos encontrábamos, llenábamos nuestras pipas de hierba y nos dejábamos llevar por un tobogán musical, cuyo actor principal era Ian Anderson.

La gente pega un gran grito, el aire se llena de silbidos, es Polillas, una de los temas más lindos. Yo insisto en mirar a mi alrededor. ¿Busco en el horizonte de rostros a mi próxima mujer?. Una joven, de las pocas está sentada sobre una baranda de cemento. Trató de mirarla, esperando que me mire. ¿Será ella la muchacha que conoceré tiempo después y que me dirá que estuvo en este concierto? Reviso su rostro, es demasiado joven, la acompaña su padre y me doy cuenta de que Anderson canta para él. ¿Que sentiría mi hijo si viera a este bufón con su flauta? Cuando mi hijo asista a recitales, Anderson será polvo y memoria, yo seré un anciano pegado a mis recuerdos.
Aplaudo y salto gritando, por mi lado una culebra de gente entra y sale, como si tan solo quisieran estar, escuchar la música y flotar a la deriva de esos vasos de cervezas que van a buscar al quiosquito de la entrada. ¿Que pensará este músico, ya calvo y de voz cansada?, ¿Entenderá la euforia de estos viejos que insisten en aplaudirle?. Como si fueran veinte, treinta años menos. This not love… dice un estribillo y trato de acordarme del nombre del tema, un tumulto de cabezas se apelotonan delante de mí. Trato de acercarme a la baranda de cemento mientras Acres Wild hace resucitar a los de atrás, me apego a la pierna de una mujer, a caballo sobre la baranda. Comienza sospechosamente a moverse y a rozarme. La miro y es una gorda que me asusta. Con razón, me digo. Esta debe estar peor que yo. Me aparto y voy siguiendo los movimientos de la traversa, la música es la misma, pero la letra de Aqualung es esta vez un lamento afónico. Eric me había dicho ante un concierto de Burdon y los New animals que prefería que algunos se hubieran muerto. Y si la Janis Joplin viviera. ¿Cómo sonarían sus gritos majestuosos de entonces?.
El público parece darse cuenta, pero los aplausos no cesan. Levanto las manos, con más ánimo cuando de entre las luces sale Bureé. ¿Qué estará haciendo Sebastián Villablanca?. Estará entre esta horda de maniskas mi amigo Zbynek Ryba o habrá tomado la triste decisión de dejarlos. Un tipo detrás de mí se queja de que me le estoy acercando demasiado, me llama colega. Pero no es que estamos en un concierto, le replico, me vuelve a pedir que no lo toque. Te molestan los seres humanos, colega, que haces entre tanta gente, le digo. Se enfada. Son raros estos checos, están llenos de buenas intenciones, pero a la hora de.....
La culebra de gente con vasos de cerveza y bolsas de maní crece, cruzan por mi costado. Vuelven a sus paciencias. Que me quede quieto me dice un tipo más atrás, que mi cabeza no lo deja ver. Pero qué es esto, estos tipos se han vuelto locos o qué. Pienso en irme. A cada rato un ogro de pelos y aspecto hipesco se me para delante. Estoy tan lejos que tengo que empinarme para ver los juegos y piruetas de Anderson. Me canso, pero ya no importa, nuestro artista flota en el escenario. Sus caricias de Amelín embrujan a los ratones. A pesar del cansancio de sus brazos, vuelve una y otra vez a sacar de nuestras manos aplausos caudalosos. Su voz ya no es la misma y sé que es mi último concierto, de a poco se acaba la velada, dos gigantescos balones pasan del escenario a navegar por las cabezas de estos ancianos, sus rostros ya no son los mismos, las manos que impulsan los grandes globos son las de sus hijos, esas generaciones que le descubrimos después. Se encienden las luces y la masa humana empieza lentamente a transformarse en un dragón de gruesas cabezas que va saliendo. Una hidra borracha de recuerdos. Me paro en un quiosco y me tomo un refresco. Busco alguna cara conocida. Es mi último concierto. Con cierta nostalgia me despido. La pesada puerta de la memoria se encargará algún día de cuidar los recuerdos, cuando las preguntas de mi hijo me interroguen.
Algo se ha mudado para siempre, algo invisible, impalpable, imperecedero. Todo el romanticismo de los ideales no es hoy más que el juego pretérito que nos invoca a reunirnos, una y otra vez, para volver a vernos. Como si no nos bastara con el espejo cotidiano, cada mañana. Como si el cansancio y la comodidad fueran la rutina llamada a ser derrocada. Hay un Anderson en nosotros, los que nos atrevimos a perdonar su voz mudada y heroica, un flautista silbando, drogándonos de años.
Camino hacia la furgoneta, en el estacionamiento hay autos que han venido desde distintos rincones del país, así son los Jethro Tull. Llego a mi departamento, apuesto a una de las cajas, la abro, allí me esperan los discos, busco Catfish Rising, pongo Durmiendo con el Perro, apago las luces y me voy a acostar, mañana me esperan más cajas por desempacar y quizá escriba algo sobre Ian Anderson y sus treinta años de Jethro Tull.
Del primero al 14 de Junio, en el barrio de Bubenec ... Praga.

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