jueves, enero 12, 2006

5. La historia sorda de París

Era viernes o sábado, ya no lo recuerdo. París era una vorágine de vehículos y carritos franceses, de autopistas y bólidos a punto de estrellarse. Como de costumbre me había perdido en Metz y me había demorado en llegar a la casa de la allée Jacques Cartier en el barrio de Choisy le Roi. Había manejado de noche la camioneta y a la altura de Sézanne había empezado a ver los árboles que bordean la nacional cuatro como inmensos gigantes que se abalanzaban sobre el camino, dispuestos a detener mi marcha. Hay un lugar del camino, que tampoco recuerdo bien, en donde la aparición de aquellos godzillas vegetales es tan repentina que uno puede llegar a asustarse. Frené tan violentamente que la camioneta alcanzó a chirriar las ruedas. Bajé el vidrio y dejé entrar un chiflón de aire fresco, en la radio el casette de los coros búlgaros del profesor Stefanov había llegado a la parte de silencio, el pedacito de cinta que me había sobrado. Saqué la cabeza. Parecía como si justo esa noche en Francia no hubiera nadie. Me di cuenta que casi me había matado y que la aparición repentina de esos gigantes oscuros -de un verde posible-, me habían salvado la vida.
Aquella ruta la hacía de manera frecuente, la noche antes de partir llamaba al Sordo por teléfono y lo inquiría. Lo advertía de mi llegada, lo ponía al tanto de las botellas de absenta y de los botellones de cerveza que le había comprado. Era un ritual sorpresivo el anunciarnos las llegadas y los obsequios. Como si fuésemos faraones acompañados por un séquito de carruajes y esclavos, con baúles cargados de regalos y esos detalles etílicos de nuestros respectivos países. De los regalos que nos hacíamos, los más preciados eran las baratijas antiguas, ambos las buscábamos en bazares y ferias. Según los gustos del otro las comprabamos y llegábamos a instalarlos por unos días en nuestros respectivos hogares antes de emprender viaje. Gigantescos relojes de arena, placas con nombres de calles, lámparas de carburo, teléfonos públicos desechados, bomboneras y cafeteras.
Si tenía un poco de suerte, a la mañana siguiente, a mi llegada, el Sordo estaría durmiendo en casa. Lo despertaría tocando largamente el timbre de su puerta, o bien, golpeándo algún lugar de la pared del pasillo, a la altura de donde sospecharía estaría su cabeza. Luego, ante la espera inútil, sacaría la llave de su departamento de mi bolsillo y entraría descaradamente. Lo despertaría. Beberíamos unas tazas de café colombiano y sin ningún reparo en el horario fumaríamos unos cigarrillos de hachís que para el Sordo era más importante que el mismísimo pan, el cual, de haberlo, sería una baguette durísima y media verde en una bolsa de género detrás de la puerta de la cocina. A pesar de todo esto prefería llamarlo por teléfono. A pesar de que ambos tuviéramos en el manojo de llaves del auto un juego de llaves de la casa del otro. Era un acuerdo tácito que solíamos respetar. Una medida de escape, una fuga de bolsillo. No nos fuera a pasar que por llegar de improviso encontráramos al otro en una de esas exquisitas escenas sexuales, dignas de ser imitadas de los videos que el Sordo tenía grabados y seriamente ordenados debajo de su cama. Cuando alguno de los dos se veía en la imperiosa necesidad de largarse repentinamente existía la alternativa de hacernos una visita de emergencia. La llave de nuestros departamentos colgaba en el llavero del auto del otro y era una suerte de símbolo. Como aquellas vitrinas diminutas que venden en las ferias o casas de bromas que esconden un único cigarrillo tras un cristal con una lacónica advertencia: En caso de emergencia. Lo mismo las había con preservativos y jeringas. Así era la llave que colgaba del llavero del auto. Pero aun así nos llamábamos, más que nada para evitarnos el papelón de tener que despedir pronto a alguna hembrita que estuviera pasando la noche o bien que tocara la casualidad que nuestras casas estuvieran llenas de familiares repentinos o amigos peleados con sus esposas o incluso que no pasara ni lo uno ni lo otro y que simplemente anduviéramos viajando y que visitarnos significara llegar a la casa vacía sin tener la rutina de esas conversaciones en que nos contábamos todo lo que nos había sucedido desde la última vez en que nos habíamos visto. Si tenía mala suerte el Sordo tendría turno en el reformativo donde trabajaba y saldría recién de el al día siguiente. Así yo llegaría por ejemplo a preparar el café que nos tomaríamos. Él, apurado, me indicaría en cual de los cajoncillos de un bargueño antiguo guardaba una barrita de chit y se largaría a reformatorio dándome los mismos cuatro besos que me habría dado al llegar. El Sordo era un exagerado y con más aspavientos que un molino gesticularía su retirada. Lo vería cerrar la puerta y descender por el mismo ascensor de acero, fétido de orines y del grajo de los habitantes de aquel bloque de la calle Cartier. De ese barrio pobre, de emigrantes, de dealers de hachís y por sobre todo de cesantes.
Con el Sordo nos habíamos conocido en Praga durante su primer viaje a la ciudad bohemia. Visitaba el país con un auto cargado de comida y enseres, asustado de la posible escasez en la Europa oriental. Cuando me mostró el gran saco de papas que portaba en la cajuela de un Ford Escort negro, nos causó tanta risa que desde entonces cada vez que emprendíamos un viaje no olvidábamos recordar la anécdota de las papas. La primera vez que lo visité, después de varios viajes que el Sordo hizo a Praga, llegué de noche. Al entrar a la plazoleta del barrio unos muchachos árabes me detuvieron, yo no hablaba muy bien francés. Podía entender una que otra frasecita bien pronunciada con amabilidad y decoro, pero saber lo que cuatro jóvenes bien drogados y con malas pulgas trababan de explicarme no me pareció una tarea lingüística fácil, y menos a las nueve de la noche, hora en que la gendarmería local prefería guardarse. Je suis ami de Renató, les dije con un evidente tono de apremio. Los rostros de los habibi se transformaron de inmediato, como si mencionar el nombre del Sordo fuera la llave que abre todas las puertas del barrio. Un ami de Renató Arias, voilá –dijeron y me comenzaron a abrazar y preguntar mi nombre. Uno de ellos me ofreció la primera pitada del pito que acababa de hacer y que yo no me había atrevido ni a mirar. Otro cogió mi mochila y se fue caminando adelante mientras el cabecilla de aquella caterva de vigilantes del barrio me trataba de explicar que se llamaba Rachid y que me llevaría hasta la puerta del departamento de mi amigo el Sordo. Sentí una extraña sensación de importancia, de estar esa noche no en uno de los suburbios de la gran ciudad luz sino que en un desierto marroquí, en manos de los hombres de algún caudillo local que me llevaban hasta el escondite o la fortaleza de su amo. Tocaron el timbre en el décimo piso y cuando nadie abrió golpearon en la puerta de enfrente. Abrió una gran señora negra, una mujer sonriente y gorda vestida con un traje de colores fuertes y de hermosos detalles florales. De la misma tela tenía enredado un turbante que llevaba en la cabeza, llevaba un control remoto en la mano y cuando vio a Rachid pegó un grito hacía atrás llamando a Jean Mari. Le Clé, -gritó. Un negrito más pequeño que ella salió de una de las piezas. Venía con un porro en la boca. Ca vait Rachid? –le dijo mientras buscaba una llave del llavero. Abrió la puerta de la casa de mi amigo, el cual salía justo en ese instante de la ducha envuelto en una descolorida bata de toalla toda deshilachada. Todos de saludaron como si se acabaran de ver unos minutos antes. El Sordo me vio y se largó a reír estruendosamente, me saludó de besos y abrazos para luego sentarme en un gran sillón de cuero negro que sería por una semana mi nueva cama. Los amigos se evaporaron como fantasmas.

Hacía varios meses que no volvía a París y no realizaba aquel periplo nocturno que preparaba como si fuera una simple jugarreta. La preparación era una verdadera misa sagrada, la del viajero solitario. Cocía huevos duros. Embadurnaba panes con mantequilla y cecina. Envasaba en un termo de metal gris un litro de café. Compraba chocolates y manzanas. Elegía un box de casettes y me largaba a aquel viaje. Esa noche de jueves o de viernes me di cuenta que había perdido mi antigua forma. Era capaz de sentarme al volante y conducir desde mi casa hasta París, prácticamente sin detenerme. Esa noche ya al cruzar Verdún los ojos se me pegaban y no tenía ya otra alternativa que tenderme un rato al borde del camino. Me pasaba pocas veces porque me gustaba conducir largas horas e irme pensando en silencio a cualquier parte, en realidad, esto de "a cualquier parte" eran en el fondo tan sólo esos viajes a París.

Había detenido el auto y dormitado, luego despertado mucho más tarde, aún de noche, para darme cuenta que en vez de la acostumbrada media hora me había dormido al menos unas dos. Las madrugadas francesas tienen algo indefinible. Las casas respiran sueño. Sus ventanas se desbarajustan y sus portones se vuelven somnolientos. Así por largas horas, hasta el día siguiente, en que el mundo comienza de nuevo y la gente espera ansiosa que en los cientos de pueblos comiencen las boulangeries a vender las baguettes y los croissantes. En esos pueblos la gente se mueve como si todos los días fuera sábado.

A las alturas de Chalons busque la cabina telefónica que solía usar para llamar al Sordo. Solía avisarle que ya estaba por llegar. Mis viajes automovilísticos a la ciudad de las luces pasaron a ser planes perfectos: cocaví, música, números de teléfonos, mapas de París y sus alrededores, una brújula, una lamparita que instalaba en el encendedor del auto; sendas preparaciones y meticulosas medidas para enfrentarme a la llegada a París. Lo más temprano posible, para así no tener que toparme ni con el monstruo motorizado que se despertaba a trabajar cada mañana, ni menos con el cadáver, también motorizado, de la noche anterior que se disponía a dormir sus alcoholes y drogas. Me había tocado ver autos culebrearse, tipos fumando y bebiendo en los carritos franceses algunas madrugadas. Las primeras veces, escaso de experiencia y principalmente de mapas, tardaba horas en orientarme, en encontrar los benditos avisos iluminados en las esquinas que, con un poco de suerte, suelen exhibir un plano del sector con el dichoso y salvador "Vous étés ici".

Llegaba a París por el este y buscaba la manera de antes de entrar ir rodeando la urbe hacia el sur, que era el sector de París extramuros a donde habitaba el Sordo, el barrio de Choisy le Roi, cuya principal atracción era un Palacio Real que los "Luíces" tenían como sede de descanso veraniego entre el bosque de Vincennes y Versailles; otra gracia del sector era el Kremlin, como le llamaban al ayuntamiento, gobernado por decenas de años por los comunistas franceses.

Había aprendido a conducirme en París, a gobernar la gran circunvalación que divide París de lo que nunca lo ha sido y, sin embargo, lo asume. Todo ese enjambre de barrios que queda más allá de sus puertas de acceso. Si me extraviaba inevitablemente iba a dar a aquella circunvalación. Así entonces no tenía otra alternativa que buscar la Port d´ Italie o el Quoi de Ivry para irme bordeando el Senna hasta la casa del Sordo.

Aquella mañana de viernes o sábado llegué por la ruta que había aprendido del Sordo. Me había empalmado a la autopista que une Lille con París y me había bajado de ella justo en el barrio de Ivry, para luego entrar como siempre al de Choisy mirando la estatua del creador de la Marseillais. Llegué tarde pero aún de mañana, estaba agotadísimo, abrí la puerta con mis llaves, sin tocar el timbre y sin golpearle la cabeza en la pared. Me dirigí a la pieza del Sordo. Su cama estaba desordenada. Escuché el chapoteo y verdadero escándalo de su ducha. Me fui hacía el baño pisando volutas de polvo y pelusas. La limpieza no era una de las características de mi amigo. Por lo demás aquel departamento tenía tantas cosas que llamarlo bazar hubiera sido poco. El Sordo tenía un solo enemigo declarado: las aspiradoras. Como era de imaginar le hacía honor a su apodo y se enteró de que yo estaba parado mirándolo como se jabonaba el prepucio recién en el momento cuando dejó caer un chorro de agua y se sacó el shampoo de su cabeza. Se largó a reír y después de secarse y envolverse en su tradicional bata de toalla deshilachada y de calzarse unas chancletas plásticas Nike de dudosa procedencia -aún más desarmadas que su bata-, se aventó sobre mí a darme los tradicionales cuatro besos de París. Abrió un cajón de uno de los secretarios y sacó un "pétard" que decía haber preparado la noche anterior. Luego hicimos café y se fue apuradamente a trabajar deseándome que la pasara super, anunciando que nos veríamos a la mañana siguiente, cuando terminase su turno de educador. ¿En qué estás ahora? -alcancé a preguntarle. Siete pendejitos de 8 años; dos de ellos con SIDA, otros tres asaltaron con su hermano mayor una carnicería y los otros le pegaron al maestro de su escuela. "Merd" -dije. Que te vaya bien. "A tout l´ heur", y cerró la puerta vestido y pasado a perfume como si fuera a reunirse con el mismísimo ministro de salud.

Instalé mis cosas y me preparé un desayuno. Estaba con suerte, en el refrigerador habían unos huevos frescos y un poco de camember. Con el jamón me fue peor, tenía un aspecto de lonjas de charqui que lo hacía del todo repudiable. Había un lado bueno en que el Sordo no estuviera en casa. No fumaría tanto y podría tenderme en su cama en vez de utilizar el sillón de cuero negro que tenía unos resortes demasiado gastados que hacían de mis visitas una verdadera tortura. Tomé una ducha y me cambié de ropa, decidí que esperaría al Sordo hasta el día siguiente. Era curioso, solía visitar París unas cinco veces al año y, sin embargo, nunca había entrado al Louvre. Jamás me había paseado por Montmartre. No había visitado Per Lachasse y no me había aventurado a subir hasta la cima del Sacreu Couer. La torre Eiffel la había visto desde la ventana del auto del Sordo. Pero, sin embargo, a Versailles había entrado cinco veces. En su defecto conocía la calle y el barrio de mi amigo, el gran hipermercado Le Clerck donde hacía mis compras de productos franceses: unas botellas de Bordeaux, unas barras de mantequilla de Bretaña y algún buen salchichón. Sabía incluso el camino exacto como llegar a la Port de Choisy y meterme en el barrio chino a comer los mejores sanguches asiaticos del mundo.

Me instalé en la cama del Sordo y trajiné sus videos, ahí estaban los mismos de siempre. Los únicos que cambiaban eran los que estaban bajo la cama. Tenían nombres como las "Cinco terribles" o "Rescate en la Isla del sexo". En esas cintas las mujeres, las francesitas más calientes del mundo, se quejaban y gritaban en francés, lo que inexplicablemente hacía todo más existante. Era inevitable me iba al baño, traía un rollo de papel y me baja los pantalones hasta las rodillas para hacerme una paja pensando en que nunca había tirado con una francesa y que en su defecto me iba a correr una excelente paja mirando a unas hembras terribles de calientes que hacían cosas que hasta ahora yo no había visto en ninguna otra porno.

Aquel viernes o sábado no fue la excepción, me hice una de antología y luego con un sentimiento entre de placer y culpa me tendí a ver Black Runner. Creo que por quinta vez, pensando en que aprendería un poco de francés viendo televisión, y que si salía a alguna parte habría algo esa noche en mí que me haría ser el animal más pasivo de todo aquel zoológico parisino. Así nunca vas a cojer cabrón, -me dije. La otra alternativa era que volviera a poner el video y me hiciera otra paja, lo que pareció lo más interesante. Estás mal, -me dije-, a punta de pajas no vas a conseguir nada. Volví a poner el video, lo adelanté un poco para buscar otro episodio y volví a masturbarme. Estaba absolutamente exhausto y la sensación de idiotez y culpa después fue mucho mayor. Creo que dormí unas cinco horas, luego salí a comprar unas cervezas belgas y volví. Pensé en llamar al Marino, otro de los habitantes de las afueras de París. El Marino trabajaba de taxista y tenía una perfecta visión de lo que estaba sucediendo en todas partes. Se entretenía haciéndole preguntas e induciendo conversaciones caóticas a los pasajeros que luego de subirse al flamante mercedes color crema, sentían que se habían subido a algún tipo de tío vivo o de máquina lava-conciencias, ya que la gran gracia del Marino era ser un mago de la lengua, un psicólogo frustrado. Es decir, el mejor contador de historias imposibles, que por lo demás rara vez le pertenecían ya que su fuente de inspiración era justamente el Sordo, o un tal Negro Antonio, personaje que llevaba veinte años en París, sin papeles y sin trabajarle un centavo a nadie. El tal Negro Antonio decían era el mejor barman del mundo, pero con una independencia máxima de tres horas ya que tenía la honrosa costumbre de personalmente probar todos los tragos que iban saliendo de su coctelera que guardaba junto a una extraña colección de instrumentos de acero en una diminuta maletita de terciopelo verde. El Marino solía bromear diciendo que en el fondo todos esos cachivaches no eran más que un equipo especial que tenía el Negro Antonio para hacer abortos de urgencia. El Negro Antonio era el alma de todas las fiestas hasta el minuto en que se emborrachaba y terminaba bailando en calzoncillos camisa y corbata y luciendo sus impecables zapatos lustrados que siempre brillaban como si fueran de charol. El Negro gozaba de gran prestigio entre los amigos que visitaban el departamento de Choisy le Roi. Había logrado en menos de un mes enamorar a la segunda modelo más conocida de Francia. Gracias a su desplante y una berga de treinta centímetros que el Marino decía le habían contado pero que nadie de ellos había tenido la oportunidad de ver. La diosa gala se había enamorado de él. Le había pasado no sólo las llaves de un departamento de ciento ochenta metros cuadrados en pleno Montparnasse, si no que además había puesto a su disposición el pequeño Renault clio que ella ya no solía usar y que había recibido como regalo -el Marino no sé acordaba- de un laboratorio de cosméticos. Pero el Marino, cada vez que contaba a sus pasajeros los detalles de esta, según él, la mejor aventura del Negro Antonio, llegaba hasta la descabellada acción de parar el Mercedes, su taxi. Abría la ventanilla que lo separaba del cliente y relataba los últimos detalles de como la diva había regresado una noche inesperada y había sorprendido a su galán latino con dos horrendas putas que no solo habían bebido y comido en su casa si no que se habían incluso hasta vestido sus prendas más íntimas. Los pasajeros, que encandilados con los relatos del Marino, no escatimaban en la cuenta durante sus diálogos y en contar sus propias aventuras que el Marino se encarga de ir grabando meticulosamente, sin sospechar que el taxímetro estuviera corriendo y que en realidad ese asiento trasero fuera cualquier cosa menos un taxi, ya que el Marino se había dispuesto a aquello que el Sordo le había explicado en una oportunidad: aplicar la ley de optimización de recursos. Lo que él entendió entonces era hacer de su taxi un modo de escape para el apurado transeúnte y así ganarse cifras extratosféricas de francos sin demasiado esfuerzo. El Marino tenía la gran virtud de vivir la vida de acuerdo al principio de jamás volverse esclavo, trabajaba dos días a la semana; los sábados y domingos. No eran muchos sus pasajeros, pero la cantidad de vueltas que ellos mismos le pedían que diera mientras él les hablaba bastaban para que cada tarde regresara a su casa con los bolsillos repletos de dinero.

El mismo Marino nos había confesado que en un principio había visto con sorpresa lo que era el don de la palabra, pero que con el tiempo había empezado a sentir que en aquella ciudad la gente andaba sola, profundamente sola y que cualquier contacto humano que los separara del ridículo y acelerado ritmo de vida era para ellos una esperanza. El Marino se había convertido en un extraño héroe de la noche parisina. Los clientes que tuvieron la improbable suerte de subir en una segunda oportunidad, al verlo en su taxi habían enloquecido de risa y preferido bajarse de inmediato, o bien. Otros habían quedado como amigos eternos que solían llamar a su celular, no para dejarse transportar cuando debían acudir urgentes a alguna reunión de negocios o algo parecido, si no cuando planeaban darle una sorpresa a algún conocido que anduviese de mal ánimo.

Marqué esa mañana el número del Marino, con la esperanza de encontrarlo y proponerle que nos juntáramos en la vieja gare de la Porte de Bagnolet. Allí había un barcito donde se congregaba un grupo alegre de gente e incluso se bailaba salsa los domingos. El Marino se alegró de saber que yo estaba de regreso en París. Sin embargo, me advirtió que justo se encontraba en la séptima vuelta por la circunvalación que rodea París hablando de un viaje por las costas griegas y que la señora de abrigo de zorra que llevaba detrás era una vieja cliente de él. Una de esas millonarias empedernidas que en vez de salir en su auto a recoger a algún joven putito para que se las cogiera, solía innovar saliendo a pasear en algún taxi hasta llegar a sugerirles al mismo chofer que le procurasen un servicio especial por un fajo de francos que sacaría de sus ligas. Similar al que el Marino había rechazado la primera vez porque él, en aquel entonces -cuando la madam había hecho parar su Mercedes por primera vez- aun estaba casado con la Carmencita. Y él no le iba a ser infiel así no más. El Marino me invitó a que nos encontráramos el domingo por la noche en al vieja estación de trenes que hacía las veces de bar en la Rue de Bagnolet.

Anochecía sobre Choisy. Por encima del edificio veía descender los aviones que aterrizarían unos minutos más tardes en Orly. A lo lejos se veía un universo de estrellitas diminutas. Miles de calles iluminadas, en barrios anónimos. Cientos de mesas en bares y cafés. Millones de expresos y de capuchinos, de copitas de demi, de vasitos con Perrier. Barras con tipos aburridos, con mujeres sonrientes, lugares con baños minúsculos en subterráneos fetidos, moros ofreciendo chocolate en las esquinas y todos los gritos de la noche parisina, una noche abrupta que ni siquiera era París. Me causaba una increíble sensación de soledad mirar por la ventana de aquel noveno o décimo piso, ya ni lo recuerdo bien. Buscaba entender esa maraña de nueve millones de gente. Sentía lo barrial como un destino y miraba a la gente circular por la avenida y vivir sus vidas con una extraña sensación de estar conforme. Yo venía a París. Todos creían que París era Saint Michel, Notre Dame y todas esas estupideces de sentarse a beber café en los bulevares. Yo venía a deambular por las calles en que Horacio Oliveira había conocido, amado y despreciado a su Maga. Visitaba aquellos espacios y no descubría casi nada, porque esa ciudad era un secreto, o miles, o todos los secretos de todas las personas, de todos esos destinos que no entendían nada de lo que era vivir en París, porque justamente no era nada del otro mundo vivir en París. Visitaba los barrios de pintores. Me paseaba por calles con atelieres e imaginaba que en ese momento la estrella máxima del arte de algún país hermoso y pobre cogía con alguna francesa borracha o tiraba con alguno de su propio sexo o comía baguetes con mantequilla y jamón planchado como solía hacer yo mismo durante cada viaje. Entonces me daba cuenta que no importaba si era París o cualquier otro lugar del mundo. Que aquella masa de gente respirando estaba ahí. Que ese organismo de lucecitas infinitas estaba allí y que a lo más sabían de su propio cansancio, de su propio tedio y apuro que era el mismo de todos los seres humanos de todos los rincones del mundo. Sentía esa profunda inapetencia y a la vez el candor de ese espíritu que hacía a esa ciudad concentrar millones de situaciones que daban cada día como resultado cientos de alternativas, miles de calles, miles de conversaciones posibles, de polvos, de cines, de paseos. Yo venía y seguía viniendo, a ver al Sordo, al Marino, a todos esos vagos amigos que trabajaban lo justo y vivían en abundancia. Sentía algo en esa universalidad, en esa diversidad, en la Babilonia misma. Así mismo me gustaba irme, salir de ella, volver a las dimensiones de donde yo venía, a los lugares donde encontrar a los conocidos no significaba necesariamente esperar tan sólo en la esquina de tu calle. Lugares a escala humana, porque París era cualquier cosa menos un lugar a escala humana.

Estaba viendo en la televisión un programa de animales cuando sonó el teléfono. Cuando sonaba el teléfono de la casa del Sordo parecía que se derrumbaba algo. Un montón de alarmas, timbres y campanas empezaban a sonar cada vez que alguien llamaba a la casa del Sordo. Se trataba de que mi amigo sordo se enterara del llamado. Entonces su vecino, el negrito de Benín, bien dotado de aptitudes para la electricidad, se había encargado de inventar un sistema para que el Sordo fuera menos sordo. El resultado era ese infarto de bocinas. Dejé que el escándalo de ruidos y chirridos concluyera y escuché la grabación que recibía a los frustrados telefoneantes: "Je ne peux pas parler pour le moment. Lesse votre message aprés le vip sonore. Merci". Yo le miraba los ojos a unos mapaches de no sé que parte del mundo, cuando escuché la voz de Camilo en el teléfono. Hola Sordito, mira te llamaba para invitarte,... estamos con unos amigos muy cerca de Choisy... y estamos bebiendo y comiendo y celebrando y hay un montón de gente muy...

Camilo, le dije, levantando el teléfono e interrumpiéndole su discurso semietílico. A ti si que está difícil verte, eh, dime donde es la cosa, el Sordo no está pero yo sí.
Camilo era guatemalteco y había llegado a Francia desde hacía una eternidad. Había salido de la guerra guatemalteca y llegado a París donde terminó quedándose. Vivía en Montreuil y no tenía teléfono. Es por eso que ubicarlo era casi imposible. A veces, cuando andábamos con un afán de samaritanos nos aventurábamos hasta su casa, que era un lugar extraño en la Rue des massiers. Al llegar nos recibía una empalizada baja, como de casa de pueblo, con la pintura deslavada y una floresta de árboles y plantas que no dejaban ver ni la casa ni el estrecho y pequeño sendero. Uno entraba como en un bosque. Después de unos metros aparecía una casa antigua y con aspecto de estar a punto de caerse. Era una casa alta y delgada, con las paredes descascaradas y con alguna persiana con las mariposas desvencijadas de ventanas de donde solía salir música. Camilo era un romántico empedernido, tenía la hermosa costumbre de enamorarse y de sufrir. Cuando Camilo había tomado la decisión de llorar por alguien no había quien lo sacara de esa y su radio transmitía los boleros más tristes, que por lo demás solía cantar y saberse de memoria. Hubo días en que nos quedamos viendo la luz de su cuarto desde la puerta y se nos pudo haber gastado el dedo de tanto tocar el timbre de su casa y no logramos que nos abriera. Camilo quería mucho al Sordo, pero cuando se trataba de sufrir, él prefería picar sus cebollas sólo. Este hijo de la chingada lo único que hace es burlarse, -me decía. Yo sabía como era el Sordo, era imposible empezar a contarle alguna pena porque su respuesta era siempre la más monumental de las carcajadas. El Sordo no era más que un solitario empedernido que tenía extrañas pasiones, entre ellas cojer, fumar cigarrillos de hachis y encontrar al hijo de puta, al amigo infiltrado que lo había reclutado a un movimiento armado en los años setenta en Chile y que lo había denunciado después del golpe militar. Resultado: dos años en un campo de concentración, mucha electricidad en el cuerpo y la sordera que le habían dejado de recuerdo para siempre. Yo a veces lo miraba y me preguntaba en qué momento este loco de mierda se salvo de la desquicia, en qué momento aceptó que todo le valiera madre y que la vida iba a seguir de todos modos, con él o sin él, y que era mejor estar de este lado, del lado de los que querían seguir vivos o con la cabeza sana, o casi. Yo pensaba en aquellas historias que a ratos le daba por contar y que lo hacían llorar -porque el Sordo también lloraba-, para que luego en el momento menos esperado soltara una escandalosa sonrisa y lo dejara a uno completamente descolocado. Pensaba en su trabajo de educator, en los kilos de hachis que consumía anualmente, en los personajes que se paseaban por su casa y llegaba a la conclusión de que iba ser imposible contarle acerca de mis paseitos de la mano o de poemas de amor; llegaba a la conclusión de que él estaba sólo y quería estarlo y que para él las mujeres eran un orificio entre las piernas y nada más.

Camilo conoció al Sordo una navidad, que el mismo Camilo tenía medio olvidada, a pesar de acordarse de los ridículos detalles. El Sordo había recibido un llamado del Marino para contarle que estaban necesitando a un tipo para que hiciera un reemplazo en un supermercado. Era una labor fácil. Se trataba de manejar un camión que había que traer todas las mañanas entre navidad -Noel le llaman en Francia- y año nuevo. El Sordo estaba recién llegado a Francia. Acababa de salir de una de las mazmorras de Pinochet gracias a una francesita revolucionaria que había decidido casarse con un desconocido a la distancia para que la Cruz Roja lo pudiera ayudar. Había tomado un curso de conducir y había sacado su carné de camionero sin haber conocido en su vida más que el diminuto trailer de la instrucción. Según el Camilo el trabajo no era difícil. Se trataba de llevar un contenedor 20 desde una avícola hasta un supermercado. Luego parquearlo y esperar que los ayudantes lo vaciaran para luego regresar al día siguiente. El único detalle era quizá que la carga era algo así como un millón de huevos frescos. Detalle que sería -al final- efectivamente importante ya que el primer día en que el Sordo llegó al supermercado tuvo la mala suerte de retroceder tan mal hacia la rampa de descargue, que aparte de chocar de espaldas con una de las columnas de acero y dañar el camión logro hacer la omellete más grande que nadie recuerde haber visto en París. La que le tocó justamente al Camilo limpiar ya que justamente era él el que trabajaba en el departamento de limpieza. Así se habían conocido.

La fiesta quedaba en uno de los barrios contiguos a Choisy y no fue difícil dar con ella. Mientras conducía buscando la calle me acordaba de la anécdota del camión con huevos y de aquella otra terrible. Estábamos veraneando en la costa croata con el Sordo y unas tipas eslavas de lo más simpáticas y borrachas. Era la época entre guerras. Ya no recuerdo entre cuales de todas las guerras balcánicas. Lo cierto es que por donde íbamos encontrábamos casas destruidas, calles bombardeadas. Paseábamos por la plaza de Zahreb cuando a una de las muchachas que hablaba el croata se le ocurrió comprar uno de los matutinos. Acababan de abrir para asuntos de la Cruz Roja el camino que iba desde la costa hacia Mostar, la histórica ciudad con el puente más antiguo de Europa. Yo recordaba haber visto como entre ofensiva y ofensiva serbia los habitantes de uno y otro lado del puente cubrían de pneumáticos colgandolos al costado del viejo puente. En el fondo ambas riveras de aquel río se sentían un profundo odio, sin embargo, en la voluntad de cuidar aquel puente aquellos enemigos se encontraban. Una mañana, muchos meses más tarde, con dolor y desesperanza vi la foto del puente cortado por un misil serbio o croata, da lo mismo. Una parte de la historia de Europa se había ido para siempre. Pensé en los españoles derribando los templos prehispánicos para construir catedrales católicas. Pensé en los turcos reconstruyendo Hagia Sofia, llenándola de minaretes. Pensé en las bombas que cayeron sobre la histórica Nuremberg. En los nazis incendiando el antiguo ayuntamiento de Praga.

El Sordo al escuchar la noticia pareció transformarse. Le vino la urgente necesidad de que fueramos inmediatamente a buscar las oficinas de la Cruz Roja. Yo le pedí que se dejara de huevear y que por lo menos nos explicara que era lo que se traía entre manos. Yo no estaba dispuesto a ir a meterme a Mostar, aunque me moría de ganas de conocer aquel puente, de tomarle un par de fotografías. Ahora pienso que esa fue la única oportunidad que realmente tuve de verlo. Mientras buscábamos la sede de la organización humanitaria el Sordo me fue contando de sus aptitudes de camionero ocasional, fue la primera vez que me contó de Camilo.

Quería irse a Mostar. Era para el Sordo urgente irse a Mostar. Y la manera que él había ideado era justamente ofrecer sus servicios gratuitos como chofer de la Cruz Roja e irse conduciendo alguno de los camiones de ayuda humanitaria. Nos contó la historia de su prisión y de como lo habían traicionado. Yo algo ya sabía. Sabía de aquel tipo que buscaba, el Barbas lo llamaba, sabía que una vez terminado el golpe militar en Chile el tipo que lo había entregado había recibido en pago la concesión para vender armas incautadas y para comerciar otras que los militares deseaban vender. En una oportunidad supo que aquel siniestro personaje había desaparecido y se le había vuelto a ver en Israel, en Nicaragua e incluso en Irán. El Sordo sabía que cada vez que había una guerra o un conflicto armado la huella de aquel traidor estaría cerca y que si buscaba la manera de acercarse llegaría un día en que por fin se lo encontraría tomando café en alguna terraza o comprando un paquetito de tabaco en un estanco. Loco de mierda -pensé. Hasta aquí no más llego contigo. No estaba dispuesto a ser blanco de los snippers, ni de uno y ni de otro lado. Esos que asechaban las rutas balcánicas y que eran capaces, incluso a modo de entrenamiento o maldad, de dispararle a cualquiera. Estuvimos tres horas sentados esperando que llegara una canadiense que hablaba francés y que se sentó junto al Sordo a hablar y a mirarlo como si fuera un desquiciado o un espía ruso. Yo los miraba hablar y mientras más veía la cara de desilusión del Sordo me daba cuenta que ese huevón pensaba las cosas en serio. Quería ir a probar suerte. A ver si encontraba a aquel traficante de armas, cuyas voces tenía grabadas desde la última vez que las escuchó. Mientras colgaba del pau de arará y le preguntaban por otros tipos como él. O aquella vez en que estaban en unas camillas de acero, encadenados y conectados con un cable a un enchufe. Cada cierto tiempo llegaba un tipo enmascarado que les repetía las mismas preguntas, a él o al otro, al Guatón. Su compinche. Ellos sabían que era aquel hijo de puta, ese que tanto quería siempre hacer atentados y poner bombas. Sabían que era el puntuo que en las reuniones quería siempre ir más allá que todos los demás. Sabían que ese desgraciado era el infiltrado y que en ese momento ahí amarrados lo único que ellos tenían era a sí mismos, el uno al otro. Sabían que los tenía en su poder y que sabía que ellos sabían y que algún tendrían que hablar.

Terminó de hablar con la quebecua y me dijo que nos fueramos a la playa. Yo miré a las muchachas y puse cara de interrogación. Lo alcancé y cuando le tomé del hombro me dijo con una sonrisa. Será hasta la próxima, tengo unas ganas locas de conocer Istría. Así que nos vamos a tomar solcito -dijo. Pero y la otra huevá, -le dije. No se puede. Fue todo lo que me contestó, mientras sacaba de uno de sus bolsillos una cajita de fósforos y me decía: Hazte uno. O sea que me hiciera un joint. Fue una manera bastante poco común de enterarme de que sabía manejar camiones y que gracias a eso había conocido al Camilo. En realidad nunca hubo una manera normal de enterarse de las cosas que a ellos les pasaban. Fuimos a tomarnos un café y mientras las mujercitas buscaban el baño del lugar me contó lo que él consideraba el mejor de los chistes del Guatón, su compinche.
Estaban ahí en aquella celda o sala de tormentos, desnudos y encadenados, medio inconscientes y rodeados de unos enormes murallones, inmovilizados tras una enorme y pesada puerta de hierro negra. Sabían que habían bajado por una escaleras humedas y cruzado unos pasillos pestilentes. Que de seguro aquel lugar estaba vigiladísimo y que, además, aquella habitación debía ser parte de algún recinto mucho mayor y mucho más vigilado. Que estaban en alguna calle oscura de Santiago en toque de queda, sin transito de vehículos y con controles militares en las esquinas. Sabían todo eso, y sin embargo, el Guatón tenía la soberana y absoluta ocurrencia de susurrarle desde la otra parrilla y despertarlo. Rena, oye Rena, despierta huevón, Rena, te moriste o qué Rena. Y él Sordo, medio entre sueños le contestaba y le decía que qué quería. Rena, oye huevón, escucha, tengo una idea. ¿Qué idea huevón? No nada oye, se me ocurrió algo, tengo un plan. ¿Un plan? Sí, un plan de fuga... A lo que él, entonces aun con sus tímpanos buenos pero ya sangrando se había mandado a reír a carcajadas, lo que había provocado que el guardia abriera la pesada puerta y los cogiera a culatazos a los dos por estar cagándose de la risa de todo eso...

De la casa donde era la fiesta salía un murmullo de gente riendo y música que rebotaba en las paredes como si rebotara en los continentes, porque un rato era salsa y otro ritmos árabes, funky y house. Entré con mi botella de vino en la mano. La casa estaba llena de gente que reía y bebía. Recibí el saludo cordial de unos tipos que hacían un pito. Pregunté por Camilo que estaba al final de la sala, en una terracita iluminada con velones hablando con una tipa gorda que le sonreía y que parecía muy interesada en lo que el Camilo contaba. Me acerqué a ellos y el Camilo al verme, muy cortésmente le pidió permiso a la gordita y me dio un gran abrazo de bienvenida. Procedió a presentarme a todo aquel que pasara por su lado y me quedé allí mirando la fauna de melenas y rostros extraños. La gorda me saludo cariñosamente, era una española que se encontraba de paso por París con otras seis españolas que decía estaban por llegar en cualquier momento. Pensé en las pajas que me había hecho en la mañana y las conclusiones me llovieron: pendejo, pajero, no vas a tener ganas de nada y andarás con el animal dormido -me dije. De la terraza se bajaba por una escalera de piedra a un patio trasero cubierto de pasto y con unos enormes árboles en el fondo que le daban sombra a una casita de madera con otro balcón que hacía las veces de una especie de escenario. Vi a lo lejos una batería cubierta por unos hules y tuve la ocurrencia de preguntar si allí vivía algún músico. La casa era de otro español-francés que habitaba con un egipcio y una chica árabe. Era músico, y acababa de volver de un viaje de un año por la India, a donde había partido después de salirse de la banda. Mano Negra se llamaba el grupo, dijo Camilo. Lo quedé mirando y tuve la sensación de estarla pasándo demasiado bien, en medio de una fiesta llena de gente de muchos países y que eso era París aunque no lo fuera. Los amigos del grupo andaban diseminados por la casa y yo lo único que quería era saber cual de ellos era Manu Chao. No está, -me dijo el Camilo. Se fue un ratito antes a no sé que carrete por acá cerca, pero ya vuelve. Dijo que volvía, pero eso a estas alturas de la noche y a estos grados del alcohol era poco probable. Yo me quedé pensando en lo curioso que era ir por Europa conociendo gente y en lo divertido que era saber que mis amigos parisinos, esa bandada de inútiles alegres, de soñadores profesionales y de divertidos felices eran mucho más el centro del mundo que toda aquella falsa juerga que se inauguraba cada tarde en aquel falso barrio latino. Tuve unas ganas locas de llamar al Marino. ¿Dónde estaría? -me pregunté. El Marino ya tenía hijos grandes y de seguro a esa hora estaría en su casa acostado y listo para salir al día siguiente a otra de sus vueltas. Mientras yo divagaba entre empezar a preguntar por un teléfono para llamar al Marino y no hacerlo, apareció de detrás de una puerta una fila de odaliscas moriscas que traían grandes bandejas con comida y verduras, ollas con kuskus y carnes cortadas, potecitos con salsas y todo tipo de platillos con vinagretas y pickles. El festín estaba listo y Camilo me explicó que esta comida era una gran celebración. Y ¿qué se celebra? -le pregunté. La muerte del tirano -me contestó. ¿Cómo?, ¿Pinochet ha muerto en Londres? -le dije temiendo que el maldito general pasara a la posteridad como una especie de héroe muerto en el ostracismo, como O´Higgins. Sin juicio, sin cuentas por pagar, sin la verdad y sobretodo sin que los que aun creían en su mesianismo salvador supieran de los asesinatos en nombre de esa libertad que estuvimos a punto de perder o creer que perdíamos para siempre. No -me dijo Camilo. Ha muerto por fin el tirano de Marruecos. El rey marroquí. Había parado la chala hace unos días y yo recordé las imágenes de televisión. Había sido el lunes o el martes. Había encendido la televisión para ver las exequias del rey. Una larga lista de invitados, una pomposa ceremonia y las condolencias de todos los presidentes. Veía a Clinton y a su ministra, al rey Hussain, al presidente Algerino, estaba Mubarack y el principe Charles, Chirack e incluso Araffat. Recuerdo haber sentido aquella vez una sensación extraña. Pensé que realmente se había muerto un hombre sabio, un monarca justo, un hombre digno, veía el rostro de aquellos deudos y me decía que tanta fiesta para un rey que gobernaba unos de los países más pobres del mundo debía tener alguna razón. Mucha de esas personalidades habían estado con premios nobeles, con personajes como el Papa o Havel, entonces recuerdo haber tenido una necesidad absoluta de saber. Pero no sabía, y si lograba saber, sabría lo que querían que supiera. Por que así como París era una doncella mentirosa donde la verdadera verdad ni siquiera estaba dentro de ella, la realidad de las cosas era siempre otra, mucho más oculta, menos evidente y había que buscarla junto a esos vagos del mundo que vivían la vida al borde de los abismos: escapados, errantes, iracundos sin transa, todos aquellos necios sin remedio que en alguna parte del mundo estaban poniendo el cuello bajo la guillotina por creer en la locura del hombre.

Tuve el recuerdo de un viaje a Marruecos. Recordé los días en que decidí conocer el norte de África y ver aquella pobreza inminente. Volví a detestar a aquellos incansables moros, capaces de perseguirte calles y calles para ser tu guía. Capaces de hablarte en mil idiomas, capaces de llorar por las últimas monedas de tus bolsillos. Acababa de llegar a Casablanca, buscaba el bar famoso de la película. Me encontraba sentado bebiendo té a la menta, escribiendo unas postales cuando me habló un señor. ¿Cuánto tiempo llevas en Marruecos? -preguntó. Tan sólo unos días -le contesté tratando de evitarlo. Fue para peor. Yo también -me dijo. Ves aquel barco blanco -me dijo. Acabamos de llegar hace dos días. Levanté la cabeza sabiendo que cometía un error en prestarle atención a aquel individuo. Suponía que era otro, como todos aquellos de los que me había ya safado ese día. ¿A quién le escribes? -siguió. Y que mierda te importa -pensé en decirle-, pero me retuve. A mi madre -le contesté. ¿Sabes dónde está el correo? -me preguntó. No lo sabía y sabía que debía en algún momento preguntarle a alguien y que esa mínima pregunta me podía significar un dolor de cabeza, un tipo que se quedaría pegado sin dejarme en paz. A unas cuadras -le contesté mintiendo. Se acercó sentándose en mi mesa primero y preguntando después si podía hacerlo. No, no puedes -pensé en decirle-, pero ya estaba ahí instalado. Sabes, esto a cambiado mucho, llevo dos años arriba de ese barco y Casablanca es otra, me llamo Mauricio -dijo y estiró su mano. No tuve otra alternativa que estrecharle la mía. Empecé a pensar en cómo pedirle que se largara sin ofenderlo. Estaba ahí sentado con un aspecto de cesante diciéndome que era ingeniero de máquinas y que en unos días partían hacía el sur, que rodearían el continente africano y que llegarían hasta Yemén. Me paré de mi silla y dejé unas monedas, esperé que terminara de hablar y le expliqué que ya me iba, se paró y se fue caminando junto a mi lado mientras yo buscaba un papel donde tenía escrito el nombre de algunos lugares de interés. En ese momento supe que no iba a ser tan fácil deshacerme de él. Cruzamos un gran parque de olivos y palmeras y me senté en una de las banquetas. Se sentó junto a mí y me dijo que no me molestara, que ya no conocía a nadie en la ciudad y que todos los del barco habían partido a los prostíbulos y que él había preferido salir a caminar. Estaba ahí, junto a mí. Sentado. Me seguía a donde iba y no paraba de hablar. Yo trataba de no responderle a sus preguntas, menos de preguntarle algo. Sabía que en el momento en que empezara a necesitarlo estaría en sus manos. Mira -me dijo. Aquí en Marruecos no puedes pasar un rato tranquilo si eres extranjero. Se te van a acercar todos los jóvenes, todos los que viven del turismo y te van a ofrecer sus servicios, van a preguntarte qué buscas y qué quieres comprar, qué quieres conocer y a dónde quieres ir más tarde. ¿Entiendes?. Justamente lo que estás haciendo tu -le dije. Exacto, justamente -me dijo. Sentí curiosidad por saber dónde había aprehendido español este moro. Yo sabía que la mayoría de ellos lo habían aprendido en las cárceles españolas, pero me gustaba seguirles el juego de sus mentiras. Me había empezado a acostumbrar a su presencia, que después de todo era inevitable. ¿Dónde aprendiste a hablar español? -le pregunté. En Valparaíso -me dijo. Sentí que estaba preparado para cualquier tipo de cuentos, pero menos a que me dijeran eso. A eso siguió una descripción tan fidedigna de las calles y de los cerros, de algunos bares y del barrio chino que no tuve otra alternativa que hacer como que le creía. ¿Fumas? -me preguntó y sacó un pitillo diminuto que encendió cautelosamente. Ten -me dijo. Pero fuma rápido, aquí todos fuman aunque esté prohibido. Acá son muchas las cosas que están prohibidas, desde la democracia hasta comer. Por eso la gente se trata de largar, me entiendes. Yo lo entendía y me parecía que cada vez que veía la foto del rey y los cientos de banderas rojas con la estrella verde en el centro, por las calles y plazas, estaba palpando el peso de un concepto de país, el peso de los símbolos creados para domesticar a un pueblo. ¿Podía yo llegar a ser amigo de un tipo como este? -me pregunté. Estaba muy volado, demasiado obnubilado e ido. Me di cuenta que Mauricio o como se llamara tenía una manera mucho más fina de acercarse, mucho menos agresiva y terminé aceptando su compañía. Me invitó a beber jarabe de una fruta extraña que para mí eran nísperos y para el un nombre gutural extrañísimo que me enseñó a pronunciar y que rápidamente olvidé. ¿Te gusta fumar hachís? -me preguntó. Prefiero la marihuana -le contesté. Ah, esa la conseguirás sólo en Chefchaquen -me explicó. ¿Vas a recorrer Marruecos y no vas a fumar hachís? -me dijo. Ya he fumado -le contesté. Me acabas de convidar. Sonrió. Te voy a hacer un favor, te voy a conseguir un poco para que portes el tuyo propio. ¿Cuanto puedes gastar? -me preguntó mientras yo sentía que me estaba llevando inevitablemente a donde él quería. Le dije un número y me dijo: bien, espera aquí, ahora regreso. Lo vi irse, desapareció de la plaza y yo sentí que esa era mi oportunidad para mandarme cambiar y dejarlo con todas sus mentiras. Sin embargo, me quedé instalado esperando que volviera. Al rato regresó, venía acompañado de otro tipo más pequeño. Se sentaron junto a mí y me dijo que aquí tenía lo que había pedido. Abrí un paquetito en donde había la cantidad de hachís suficiente como para fumar todos los días durante un mes. Le pasé el dinero que a lo más alcanzaba para comer y desayunar bien dos días y que en cualquier parte de Europa hubiera alcanzado sólo para unos panes con mantequilla y jamón planchado o para un único cigarrillo de marihuana. Apenas terminamos nuestro negocio, se levantó y me dio un papel. Mañana salgo para Chefchaquen, si vas para allá esta es mi dirección, te puedo conseguir lo que quieras, las cantidades que quieras, si te quieres llevar en la guata a Europa yo te puedo ayudar. Sonrió y me dijo que nunca había salido de África, que ahora tenía que seguir trabajando. Se marchó y yo me sentí desamparado, expuesto a toda la masa de otros Mauricios, muchos más burdos y desalmados dispuestos a hacer cualquier tipo de negocios conmigo, dispuestos a conseguir a cualquier precio algunos de los billetes que yo había cambiado por mis dólares americanos.

Las españolas llegaron tarde, como lo había dicho la gorda. Lo primero que hicieron fue saludar al Camilo, que con su inmensa barba de patriarca hebreo les llevaba en edad si no el triple por lo menos el doble y yo ignoraba como el hombre lo hacía para que para esas niñas eso fuese un detalle sin importancia. Lo rodearon como si fuera su abuelito y yo me quedé ahí sin decir ni pio. Esperando mi turno. Habíamos comido y bebido en abundancia. Habíamos bailado y cantado, fumado y hablado. Entrada la madrugada yo veía a algunos escoger sillones donde se iban echando. Otros se acomodaban en sillas y los menos simplemente desaparecían. Se iban o quizá se acostaban en algunas de las piezas de la casa. El rincón del Camilo no perdía en intensidad y de veras yo pensaba que a este no le importaba si iba a terminar o no con alguna de las españolas en su casa. Lo más probable que no -pensé. Se hablaba de todo. Incluso Camilo tuvo la osadía de reconocer que podría ser perfectamente padre de todas ellas. Yo me encontraba en un estado entre de abandono y de borrachez esotérica. Esperaba el amanecer para volver a casa del Sordo. Me acostaría en su camastro y esperaría su llegada. Camilo hablaba, narraba. Tenía dos hijas, gemelas. Habían nacido así, porque sí, decía, porque simplemente la vida había querido, como esas plantas relocas que aparecen de la nada en medio de una dehesa. Vivía con ellas, a ratos, cuando a ellas mismas se les antojaba caerse por París. Veníamos saliendo de una grande, decía, teníamos que irnos del país. Éramos un grupo de diez guerrilleros, pero quedamos cuatro, a los otros se los llevó el viento, nunca supimos, nunca supimos si el ejercito los declaró como rebeldes muertos o quedaron en algún lugar de la selva guatemalteca. Los que quedamos vivos nos tuvimos que ir. Salimos a Francia, que en esa época acogía a todos los subversivos del mundo, a todos los locos soñadores que creíamos que íbamos a implantar el paraíso en la tierra, -decía. Pero ese paraíso ya había sido declarado y sus habitantes sufrían tanto o más que nosotros en las aldeas y ciudades del tercer mundo. Entonces Graciela me dijo: Camilo necesito pedirte un gran favor, vos sos un hombre correcto, vos sos un compañero derecho, el ejemplo de un revolucionario, el hombre nuevo, Camilo quiero que me demuestres tu amistad y me hagas un gran favor, Camilo no vayas a pensar mal de mi. Él recordaba que la había parado de un golpecito y le había dicho que se dejara de tanto brinco y que fuera al meollo. Pues Camilo yo quiero ser mamá, sí Camilo necesito ser mamá, yo te estimo mucho y quiero que me hagas un hijo, quiero que tu seas el padre de mi hijo. Camilo se había quedado quieto y mudo, no tenía la más puta idea de que responderle a la compañerita que lo estaba invitando a coger y que quería tan sólo que él fuera el padre. Me sentí tan honrado, yo la quería mucho, como persona y esa misma noche nos pusimos a tirar, y estuvimos tirando una semana hasta que me empezó a gustar y quizá a ella también, pero había algo oculto, un principio distinto que nos movía y paramos. Dejamos todo hasta ahí, pensando que quizá nada había pasado, hasta que unas semanas más tarde Graciela me llamó para decirme que estaba embarazada, que no tenía de que preocuparme y que estaríamos en contacto. Eso contó Camilo. Por un momento pensé que había estado soñando, que eran los pitos o el chivo picante con algún tipo de cuscús alucinógeno. Pero no, estaba ahí, escuchando clarito al Camilo, palabra por palabra rodeado de las españolitas que no habrían la boca de tanta emoción. Camilo, desgraciado -pensé. Si este es uno de tus cuentos para llevarte a una de estas para tu casa, mejor te me callas ahorita. Pero no era. Camilo había tenido uno de esos ataques de sinceridad que le solían dar y estaba contando algo de aquellos años. Yo me encontraba de lo más bien sentado viendo a las ibéricas, midiéndole las nalgas y cosas como esa cuando de la nada la gorda me pidió si se podía sentar en mi falda. Yo me empecé a preocupar de tanta condescendencia y a maldecir por la suerte que me estaba tocando. Amanecía. Pensé nuevamente en las pajas que me había hecho la mañana anterior y di gracias por ellas, de no ser por ellas habría aceptado a la gorda que me siguiera tocando la mano y no me abría parado con el pretexto de ir a orinar.

Volví del baño con la firme intención de retirarme y volver a Choisy le Roi. Me despedí de Camilo y le aseguré que lo iría a ver a la Rue des massiers.
Era tarde, pero en realidad ya de mañana. El Sordo ya estaría llegando a su departamento. Manejé cansado. Me estacioné. Me dirigía hacia el elevador cuando creí ver a un tipo a lo lejos parado en los semáforos en una salida de baño de toalla, exactamente igual a la del Sordo. Pensé que estaba demasiado cansado y que esto era una simple ilusión, una de las tantas fata morganas parisinas. Pero no. Podía ser posible. Todo era posible. Caminé hasta la fuente de agua de la plazoleta y me di cuenta que el tipo era exactamente igual al Sordo, o sea que no podía si no ser el Sordo. Sooordo -grite a voz en cuello, lo que fue inútil y confirmé que era él. Yo estaba acostumbrado a todo tipo de sorpresas, hasta las más descabelladas. Lo había visto meterse a una cocina islámica en un pueblo sirio a tratar a la fuerza de enseñarle a unos árabes como quebrar un par de huevos sin romper la yema y despotricar contra ellos en su misma cocina: Aravenas de mierda. Roncar en medio de un calabozo turco después de habernos detenido por robar canabis. Explicarle con lujo de detalles a un par de skin heads checos las propiedades curativas del café en un boliche oscuro y lúgubre o sacarse la mugre de las uñas con un puñal de veinte centímetros en una calle de Zizkov en Praga ante un grupo de gitanos que le habían cortado el paso.
Pero verlo cruzar la calle en dirección del colegio de niñas me pareció la más descabellada de las ocurrencias y no tuve otra alternativa que acelerar el paso. Al alcanzarlo me vio, se dio la media vuelta, como cuando se despierta un sonámbulo y me dio los típicos cuatros besos y se fue tranquilamente junto a mi en dirección contraria. Caminamos unos pasos y me di cuenta que debajo de la bata no llevaba absolutamente nada. Sordo! -le dije. Qué crestas ibas a hacer en esta facha, a esta hora y en dirección al liceo de niñas. Que no fuera pendejo, que era fin de semana y que los colegios, por lo general, los fines de semana no tenían clases. Yo me sentí más tranquilo, a lo más eso explicaba que el Sordo no era un maniático sexual. Llegamos hasta los ascensores y subimos. El olor putrefacto del elevador algunos días era insoportable. Abrí la puerta y entramos, sentía que el olor nos acompañaba, era un olor penetrante a mierda. Sordo -le dije-, algo huele mal. Se largó largamente a reír. El Sordo tenía sus hábitos humanos tan marcados y hacía tanto espaviento de ellos que no podía haberle pasado algo más acorde a su personalidad. Había comido durante la noche anterior opíparamente, como solía decir: como un obispo. Se había levantado con buen ánimo, había entregado su turno y se había venido en su Renault blanca, eructando y peándose como solía hacerlo en donde los gases lo pillaran. Prefiero perder un amigo a perder una tripa -decía. Había llegado hasta la puerta de su departamento y había sido justo ese el último momento en que se había peado y cagado en los pantalones. Se había cagado lisa y llanamente, sin la más mínima voluntad. Muerto de la risa había entrado al baño, abierto la llave del agua caliente y preparado un baño de tina. Había sacado los calzoncillos embadurnados de mierda y los había llevado al basurero del pasillo. Se había envuelto en su salida de baño y había optado por tirar todo el bote de basura, con mierda y todo, por el tubo de los desperdicios del edificio, sin la precaución de coger las llaves ante la irreparable eventualidad de que una corriente de aire le cerrara la puerta y lo dejara en pelotas en el pasillo de su edificio. Lo que exactamente había sucedido.
Cosas como esas le pasaban al Sordo, cosas como esas podían pasar un sábado o un domingo en París. En ese París que no era París, en ese París que no estaba en la guías globetrotter, ni en los documentales. En ese París vagabundo y vital. En ese París que tenía cualquier nombre, todos los nombres, de todos los barrios y que no tenía nada que ver con la ciudad de las luces. Con los jardines hermosos y los bulevares, con los cementerios famosos y las iglesias góticas, con las plazas, las gares y las portes. Ese París que rodeaba a París y que vivía en su nombre y que tantas veces solía visitar un viernes o un sábado.

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