I
Aquél verano, el siguiente, a Europa regresamos desembarcando en el puerto italiano de Brindisi. Llegamos de mañana, después de una noche de sueños alterados, tirados en una de las alfombras de una barco liberiano que transportaba turistas, viajeros; señoras muy gordas vestidas de negro y sobretodo autos y niños; que eran la población más numerosa de una embarcación vieja y de colores oxidados. Veníamos del puerto de Igumenitza situado en la Grecia que da al mar Adriático, o sea, de esa Europa que es casi europea. El año anterior habíamos caído a ese mismo puerto sin quererlo -tras un viaje agotador por las costas turcas en la Renault del Sordo, justo después de ser detenidos por el ejército turco tras una incursión turística en una plantación de cannabis. La gracia nos significó salir tres días más tarde de un calabozo, donde habíamos jugado a las cartas con nuestros carceleros y probado la insoportable y omnipresente comida de cabra turca. Habíamos abandonado Asia con el firme convencimiento de llegar lo más rápido a Estambul, tomar un buen baño en el Hamam del siglo XIII de la Bizancio domada y perdida, para luego, cruzar Grecia y llegar a Macedonia, alcanzar la Yugoslavia, que gozaba de cierta tranquilidad dado a las presiones internacionales de alto al fuego. Sin embargo, uno de mis sueños de niño, conocer Belgrado, se hacía humo en esa frontera, y todo gracias al Sordo. Cada vez que llegaba a una frontera el Sordo se reía, por mi aspecto a medio mal traer y unos aros en las orejas, que causaban la sospecha de los guardias. Los policías de frontera tomaban especial precaución ante un chileno demasiado lejos de Chile y con el pasaporte lleno de timbres extraños.
-Parecís leproso - decía el Sordo riéndose a carcajadas. Qué le iba decir, él llevaba más de veinte años en Francia y ya era todo un francés con pasapoerte y todo.
Habíamos entramos a la Macedonia, tierra seca y calcárea. El país parecía estar deshabitado ante el agobiante calor de los días y el frío de sus noches, -por el camino recordaba el postre de frutas jugosas que me hacía recordar aquel nombre, me parecía una mala broma de mi memoria.
Llenos de petróleo en el tanque y con bidones de repuesto que cargamos del lado greco, nos dirigimos lo más rápido posible a la frontera con Serbia. La frontera era una calle caliente rodeada de cabinas de calamina, que atendían a los viajeros con la misma calma con la que el sol de cuarenta grados golpeaba los sombreros grises y los pañuelos negros de un centenar de hombres, mujeres y niños que hormigueaban cruzando de un lado a otro, convirtiendo aquel paso fronterizo en un semillero de falsos comerciantes que burlaban el boicot que el mundo les había puesto a los serbios. A pocos años de terminar el milenio, algunas voces de la iglesia ortodoxa anunciaban tiempos de castigo y de plegarias, se acercaba el fin del mundo, según algunos y allí eso parecía ser cierto. De una forma u otra, para nosotros, esas gentes yendo y viniendo con enseres, víveres, "kanistros" llenos de combustible y cartones de Marlboro provenientes de Sofía, eran el final de un mundo que no conocía otra manera más de vivir que la desconfianza.
Cuando pasamos del lado macedonio al lado serbio, el oficial que controlaba los papeles se percató de inmediato de que los números de la matricula del Renault eran franceses.
-Chilea ...-dijo, con tono de sorpresa y cierta simpatía, que nos dio un equívoco optimismo.
-Tú puedes entrar, él frances no -me dijo.
- Ambos somos chilenos. -le contesté- él solo tiene pasaporte francés.
-Que saque visa de tránsito en Tesalónica y que vuelva.
Nos obligó a dar la media vuelta y a retirarnos por la misma calle sedienta por la que veníamos, con la única diferencia que habíamos quedado entre ambas fronteras a medio día y con un sol que nos quemaba el auto, rodeados de un centenar de autos que parecían estar esperando desde hacía mucho tiempo. Los rostros que salían de aquellas ventanillas opacas en vehículos hechizos nos acompañaban en la espera, nos mostraban sus dientes de oro brillantes, miraban con curiosidad, algunos, con cierto desprecio nos deseaban un pronto retiro.
Me quedé mirando a un tipo con una abultada chaqueta que escupía cada tres minutos:
-En la región ronda el diablo sordito, que te parece si nos largamos de aquí -le dije al Sordo. Con tanta hambre y guerra los hombres se espantan a sí mismos, mira a ese que nos mira. De seguro que ya se ha echado a varios. Los que han pecado ya no tienen asideros morales y en su desesperación son capaces de comerce a un sordo como tu. .
-Mira esa gente. Entran en la llamada mayoría, esa que cree silenciosa, en solidaridades cotidianas, de la que sólo se enteran los curas, sí hay que irse de aquí- agregó el Sordo.
- O los rabinos y muftíes. Estas guerras son también religiosas. El militar de la frontera te hubiera puesto contra una pared encantado ¿eh? Y todo por la France....
- Hay una religión más fuerte que la palabra escrita en el Corán o en la Biblia, es la religión de los números, no habría quedado otra que ponerle unos billetitos en la chaqueta.
- Te quieres devolver a intentarlo. Se los puedes poner en el cañón del AKA... Mejor sigamos nuestro estudio in situ... La única religión es la del comprar y el vender, donde hay avisos comerciales hay feligreses felices.
- Hollywood ganó la guerra fría, veremos si gana también la guerra santa...
- Por eso que lo primero que prohiben los fundamentalistas es la televisión...
- mmm....
Tomamos la única decisión que podíamos tomar. Nos adelantamos hasta el borde mismo donde estaban los otros guardias, todo esto ante las miradas impávidas de algunos espectadores que comenzaban a insultarnos. Exigimos ser tomados en cuenta, debido a nuestra devolución, pagamos otro de los impuestos fantasmas que poblan la imaginación de los guardias fronterizos de estas latitudes y dejamos finalmente el lugar. Nuestra puerta de entrada a Europa se había cerrado. A esa Europa oficial, bella, occidental y rica; Europa custodiada que cerraba sus fronteras ante legiones de europeos pobres que acababan de serlo, todos aquellos que de la noche a la mañana habían aparecido en el mapa de Europa. Era la primera vez que teníamos un problema en una frontera. El Sordo estaba de muerte y yo me burlé todo el camino de su nacionalidad francesa, de su lepra.
-Parecís leproso -le devolví, recordé la numerosa comunidad yugoslava que habitaba Chile y que de seguro nos daba el derecho a entrar sin visa a estos países herederos de la patria de Tito.
Mirando el mapa y trastabillando las torcidas montañas que separan Grecia de Albania caímos por la noche al puerto de Igumenitza. Era justo media noche, alcanzamos el último barco que nos llevó al puerto de Bari. La Renault del Sordo parecía un suk llena de samovares, narguiles, jarrones y sobretodo ropa sucia o húmeda que colgaba de cordelillos en la parte trasera que por las noches se convertía en nuestro hotel sin estrellas. Llena de polvo la Renault cruzó o más bien fue cruzada por un barco Chipriota a las costas italianas. Así había terminado aquel verano anterior. Enterándonos sin más remedio de la existencia de ese puerto griego que nos había rescatado de nuestras propias vacaciones. Así supimos de la existencia de ese rincón de la Hellas.
II
Al año siguiente nuestro hotel era una furgoneta Volkswagen mucho más amplía. La había adquirido por razones de trabajo y pensando en aquel viaje que habíamos planeado el mismo momento en que habíamos pisado Bari. Esta vez habíamos venido a parar a Igumenitza directamente desde el otro extremo de Grecia, con la camioneta cargada de baúles damasquinos, pañuelos sirios, sacos de pistacho de Aleppo, moledoras de café de los beduinos de Palmira, y las fotos que habíamos tomado en la ciudad de piedra de los nabateanos al sur de Jordania, -donde habíamos sido personajes ficticios de un Indiana Jones que el Sordo y yo nos habíamos inventado.
Pedir que una aventura tengan capítulos inesperados vale la pena. Así resultó que el souvenir más fiel -el cual se hacía presente cada tres horas- fue una saludable y sagrada diarrea, la que me acompañó días y noches y que no parecía querer abandonarme. Todo empezó en las calles de Aleppo, al norte de Siria, donde conocimos a tres doncellas que nos maravillaron desde el primer momento en que las vimos, cuando uno lleva semanas viajando en una camioneta con un sordo, feo y hediondo en pleno universo musulman, tres mujeres son tres mujeres. Eran de padre español y madre siria: Ana, Esther y Gissela. La primera vivía en Barcelona, la segunda en Ginebra y la más joven estudiaba en Hamburgo. Niñas de buena familia –pensé- mientras mi catalejo las media. Nos fuimos encontrando en distintos lugares y parajes, trastiendas y medinas a lo largo de nuestra estadía en Siria. La última vez que nos vimos fue en Damasco tomabamos té da la menta en un patio generoso de plantas aromáticas y limoneros, de estatuillas y fuentes de agua, bebiendo el té fumábamos tabaco a la manzana. Fue al salir de aquel lugar cuando -en un acto de absurda vanidad y torpe heroísmo- me sumé a la fila de mujeres envueltas en túnicas negras para beber del agua de una pileta que caía de una pared carcomida por el tiempo y desbaratada por los cachos de las cabras o las patas de los burros, -único medio de transporte tratándose de compras voluminosas entre las callejuelas antiguas del mercado.
Esa misma noche entramos en Jordania, bajo un cielo cubierto de estrellas, y viendo la media luna que a nosotros nos guiaba al sur, mientras la misma luna guiaba a las tres hermanas al infinito, a esa hora volaban en su vuelo de Beirut a Suiza. Casi al mismo tiempo mi estómago había comenzado a odiar el atrevido acto de valentía al beber de las aguas públicas damasquinas.
- Me estoy cagando -le dije al Sordo, justo al cruzar la frontera Jordana. Lo que fue un leve malestar se transformó prontamente en escalofríos, le siguieron tercianas y finalmente una intensa diarrea. Los conocimientos chamánicos del Sordo quedaron obsoletos. Tras la búsqueda de un médico conmigo a cuestas y casi muriéndome, llegamos por unos callejones de casas de barro y suburbios a una clínica, o a algo que llevaba ese nombre. El lugar no estaba mal, me inyectaron una poción mágica que -por los sonidos profundos que bailaron aquel día en mi cabeza- más bien me recordó el resplandor de una droga conocida. Gracias a ella, Petra, el gran cementerio, había quedado tallado para siempre en la piedra de mi memoria y en los laberintos destruidos de mis intestinos. Y todo gracias a un suero amarillo que costó una barbaridad.
-Disentería -me había dicho el médico jordano que me atendió y que hablaba un español madrileño. Sentí alivio de no tener que explicar en inglés lo mal que me sentía. Ayman al -Hourani era un gordo gigantesco con tetas de mujer que curaba a sus pacientes quejándose del costo de la vida y de las hormonas con las que se alimenta a las gallinas que hacían salir ubres a los amantes de la buena mesa como él – decía mostrándonos su voluminosa delantera.
III
La Volkswagen desembarcó sin problemas. Los carabinieri de Brindisi tubieron un trabajo enorme para identificar a todos los hijos de un matrimonio turco que viajaba en el mismo ferry del cual descendimos. Salimos a medio día del puerto para dirigirnos por las rutas nacionales italianas hacia el norte. A diferencia del episodio en la frontera serbia del año anterior, esta vez Italia estaba dentro de nuestros planes. En Foligno vivía un tal Massimo del que había escuchado innumerables historias. A unos kilómetros estaba la aldea de Corcciano donde mi amigo el Sordo tenía a tres amigas que nos disponíamos a visitar. Después de turnarnos tras el volante durante todo el día, cruzando una infinidad de pueblitos y cuerpos acastañados al sol, caderas y senos que se dispersaban por la costa italiana, llegamos a Corcciano. Eran las cuatro de la mañana y después de cuarenta noches durmiendo en la parte trasera de la Volkswagen, soportando los ronquidos del Sordo, íbamos por fin a dormir en una cama, -como Dios manda, -le dije. Por lo general ya teníamos un sistema, cada vez que nos disponíamos a dormir el Sordo me daba diez minutos de ventaja –decía-, si no lograba dormirme en ese lapsus la noche prometía ser un camino de carreta. Y lo era, no lograba conciliar el sueño, lo pateaba, lo movía y nada. Me desvelaba inventando teorías acerca de su descomunal gruñir. Como era sordo, yo estaba convencido de que sus rugidos de locomotora vieja eran un modo de sentirse vivo, era un concierto que desde el limbo se entrometía en la noche.
Al llegar vimos las luces de la casa encendidas, el Sordo fue a golpear la puerta, yo me frotaba las manos imaginándome a las muchachas, no me sentía bien aún, pero la idea de conquistar a una italiana me hacía sentirme mejor. El Sordo tocó varias veces la puerta, la que no se abrió a pesar de las repetidas insistencias.
-Pero, no son tus amigas, -le dije- cómo que te latea seguir golpeando tan tarde. Fue inevitable, no lo podía creer,a pesar de estar a metros de un par de sábanas frescas, el destino nos daba otra noche juntos.
Las madrugadas en Umbría son frías como el vaho de un edificio abandonado al que nunca le ha llegado el sol. Pero a diferencia, este frío trae en su pecho un vientecillo que cabalga por los valles en botellones de aceite de oliva. Los olivares adornan los montes y el canto de unos pajarillos estoicos hace explotar las mañanas de soles generosos. Amanecía, había logrado dormirme cuando sentí que alguien golpeaba la ventana de la Volkswagen y como el Sordo hacía honor a su apodo, quién levantó la cabeza para ver quién era fui yo. A diferencia de los países que acabábamos de dejar, donde eramos despertados por las plegarias de los muftí que desde los altavoces de algún minarete cercano llamaba a sus ovejas invitándolos a la primera plegaria que el Corán ordena, quien llamaba a la ventana era una flaca de piernas altas, y apuradas yéndose al trabajo. Desperté al Sordo, el cuál después de grandes abrazos me presentó a Ana. Ana nos invitó a pasar a su casa y se marchó anunciando la fiesta de bienvenida que esa noche realizábamos en Foligno. Ana armada de un peto diminuto que dejaba ver su vientre y de una minifalda corta que dejaba ver sus piernas se marchó en un Fiat panda, llevaba algunos papeles entre sus dedos y toda la ligereza umbría. Nos trasladamos a la casa, instalamos nuestras cosas sacando algunos regalos y nuestros artefactos de baño. A medio día nos despertó Massimo, traía dos cogollitos de mariguana para darnos la bienvenida. Nos duchamos, cambiamos ropa y partimos de paseo. Nos puso al tanto de los planes para aquella noche. Nuestra responsabilidad se remitía exclusivamente a cocinar un chile con carner el resto corría por su cuenta.
Entre las pocas cosas que habían sobrado del viaje encontré una botella de vodka finlandés, que guardé para ofrecer durante la fiesta, la comida fue un éxito. A conocer al Sordo y a mí -los estravagantes amigos de Massimo- vinieron una decena de jóvenes de los alrededores. Comimos y bebimos vino de la casa. Hablamos de historia, del aceite de oliva, de Assis, del Gioto y de un centenar de cosas inmemoriales, hasta que sacando un poco de música que traía conmigo puse a los Intillimani. De pronto todos quedaron en silencio, la sala se cubrúio de una extraña pausa, todo quedó detenido y por un momento tuve la sensación de estar en la frontera serbio un año atrás. La música había traido a sus mentes épocas de estudios, años de anarquía juvenil, protestas de estudiantes. Ana se acercó a contarme que esa era la música de su juventud. Al verla de tan buen cuerpo y de una belleza tan fértil no pude evitar la impertinencia de conocer su edad. Parecía ocho años menor y era ocho años mayor que yo, estaba por cumplir los cuarenta y no podía ser cierto que se mantuviera en tan buena figura. Seguimos hablando unos minutos, no sabiendo bien que me decía, hablaba en italiano, yo en español.
-La próxima semana tocan en Spetto, a unos kilómetros de aquí -me dijo, como lamentando que nuestro camino continuara al día siguiente.
- Toca quien, le pregunté.
- Ellos, los Inti...
- Ah...
Ofrecí unas copas de aquel vodka en cuestión, que había encontrado en la camioneta y que había cruzado todas las fronteras. Tras el primer sorbo todos quisieron volver al vino, salvo Ana que aceptó otra copa, y otra y otra. Yo, había descubierto con alivio, que el vodka estaba haciéndome sentir mejor de mi estómago. Seguimos bebiendo hasta que llegó la hora de marcharnos. Los que íbamos a dormir a casa de Ana nos fuimos en su auto. Ella, el Sordo, una gorda media loca que era carabinieri y yo. Apenas llegamos la gorda se fue a acostar rendida.
-¿Y ustedes? -preguntó Ana- ¿Cómo quieren dormir? Les puedo pasar mi cama que es bien grande, yo duermo en la cama de la Roberta que anda de vacaciones.
-No, -dije, con severidad- por ningún motivo, llevo cuarenta noches soportando los ronquidos inhumanos de este individuo, por ningún motivo. Ana sonrió
-Bueno, si vuelve a roncar puedes ir a meterte a mi cama.
-Pero si seguro que va a roncar, mejor que se vaya éste a dormir a la cama de la Roberta y nosotros dormimos en la tuya que es más grande –dije, descubriendo la valentía que me había dado el vodka.
Después de que las habitaciones estaban repartidas nos tomamos el último trago, me sentía mejor, al mareo que me abrazaba camino de la fiesta lo había reemplazado justo a tiempo la euforia del vodka.
La cama era vasta, amplia, podían dormir tres o cuatro personas tranquilamente. Era un buque que zarpaba a la mar de sueños exquisitos. Al desnudarme quedé en calzoncillos. Tenía un ligero temor, ocupé el costado que daba a la ventana de la pieza, ocupando exactamente el espacio que era el costado que daba a la ventana, sin correrme un centímetro de allí. Mire la geometría de aquella pieza. Al frente había un armario gigante. La habitación estaba adornada por cuadros diminutos, mientras ella se estaba desnudando, objetos de madera, quedando toda desnuda, canastas y una bicicleta de ejercicios que al desnudarse definitivamente descubrí que realmente la usaba. Se desnudó, como si nada. Quedó en unos calzoncitos que la dejaban ver completa, se paseó por la pieza dos veces siendo imposible no verla. La miré y ella lo sabía. Era una diosa y yo estaba luchando por no perder el equilibrio de mi cansancio. Se metió entre las sábanas y sentí su pierna, así, sintiendo el roce de su pierna que tocó la mía. Que tocaba la mía, porque ese tacto duraba una eternidad. Era algo normal, -me dije- así son las mujeres de hoy, libres. Apagó la luz, pero la luz seguía allí, era otra.
- Bonna notte- dijo.
-...a domani- le contesté.
IV
La noche era cálida y después de aquel espasmo que había sido verla desnuda me resultó muy difícil conciliar el sueño. Duérmete –pensé- es lo mejor. Logré dormirme un instante, durmiéndome de veras y despertando más tarde. Desperté, pero no sabía si soñaba que estaba despierto o estaba despierto. Era una noche clara que se colaba por los visillos de la ventana abierta. Volví a dormirme o a soñar que dormía o que me dormía hasta que el zumbido de una mosca empezó a torturarme, pensé en el Corán, son los versos, son las plegarias del muftí que me despertaba en el mejor de mis sueños en aquellos países sin sexo. Manotié en el aire para ahuyentarlas. Volvían y entre mis defensas a sus vuelos kamikases pude sentir que no era un sueño, alcancé a rozar el cuerpo de Ana. Tuve miedo, tenía miedo, miedo a que se despertara culpándome de alguna fechoría o abuso. Volví a tratar de dormir sin lograrlo, permanecí con los ojos cerrados dando manotazos que se transformaban en sucesivos roces de piernas y rodillas. Ana se despertó en el momento en que mi mano buscaba el castigo cayendo errónea en una de sus piernas. Ahora me putea –pensé. Se movió y me tocó, moviéndose, tocándome. Yo la toqué con el pánico que anticipa un grito, tocándola con el riesgo que se atropella ante la posible bofetada. Ahora viene un golpe –me dije. Volvió a tocarme y caímos en la trampa. Nos tocamos hasta caernos en un desenfreno de goce y lujurias. Nuestros cuerpos desnudos se hicieron a la mar de sueños profanos. Haciéndose a la deriva. Estaba curado. Me sentía del todo curado y más aún cuando la vi finalmente saltar como una bestia herida por el placer de mi sexo, viéndola. Después de unas horas nos dormimos. Dormí, durmió. Como si todo hubiera sido un sueño, un verso prohibido del Corán. Las moscas extrañamente se colaron por las rendijas de la ventana para no volver a herirnos con sus flechazos de cupido. Cuando desperté en la mañana la vi vestirse. Esa mañana nos ibamos. Se despidió tirándome un beso con los dedos. Cuando nos volvimos a ver a medio día, ya estabamos yéndonos, el Sordo seguía tan sordo como siempre y contarle la historia me tomó la mitad del camino que iba de Perugia hacia el norte. Habíamos hablado no más de veinte minutos y, sin embargo, el ánimo con que me contó su solitaria vida de estudiante me hizo apreciarla. Había estado conmigo desde estas regiones, soñando la tierra de los músicos que tanto escuchaba, mucho antes que yo abandonara Chile.
A Praga llegamos dos días más tarde con buen viento. Nos esperaban amigos.
Cuando contamos los pormenores de nuestro segundo año de viajes a esas tierras lejanas, de caciques religiosos, alguien tuvo la ocurrencia de preguntar como habíamos vuelto esta vez a Europa. Cuando el Sordo contó nuestro paso por Italia, uno de los presentes mencionó lo del concierto de los Intillimani en Spetto la semana siguiente. Les dije sonriendo y pensando en el cuerpo de Ana, que estaban equivocados, que el concierto había sido hace dos noches y que estaba lleno de moscas.
Sí -agregó el Sordo riéndose y adelantándose, - incluso hasta me quedé dormido y ronqué.
Lille, 29 de septiembre de 1997
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