No sé ni cómo llegamos al tema. Estábamos sentados en la cocina de la nueva casa del Sordo Arias. El mismo Sordo Arias que había dejado de ser sordo y que después de veinte años se había decidido aceptar la operación ofrecida por su médico. El mismo Sordo que había vivido con su sordera veinte años en la Alleé Jacques Cartier en Choisy le Roi y que por fin se había decidido a creer en las instituciones públicas y se había comprado una casita en la rue Henry Barbusse en Villejuif. Veníamos de comprar una botella de vino de Bordeaux de discutible calidad donde el moro de la cuadra. Yo acababa de llegar a pasar unos días en París después de una apoteósica cena de navidad en el norte, en Lille.
Al recibirme, el dueño de casa anunció la visita de un amigo suyo, un amigo pintor, el cual no tardó en llegar. Cuando lo vi pensé que se trataba de un albañil o algo por el estilo, luego me di cuenta que el hombre era efectivamente lo que mi amigo ex-sordo había prometido: un pintor.
Como si se tratara de pasar revista a todos aquellos años de navidades lejanas el Sordo se dedicó a contar una que otra anécdota: expediciones nocturnas de los 24 de diciembre por la noche por los bulevares a buscar a quienes anduvieran vagando, chilenos sin rumbo, gente sin necesidad de celebrar un Noel efímero y triste, perdidos con la voluntad de evitar dos mil años de cristianismo a como diera lugar. Entonces el Sordo cogía su vañiol e iba al rescate. Algo así como una mezcla entre superhéroe y predicador. Su ritual era simple: recorrer los bares y tugurios donde pudiera encontrar almas perdidas, los huérfanos de la Familia Adams, como solía llamarnos a todos. Inventaba improvisadas cenas, bailes, subterfugios para huir de la soledad y el olvido. Contó la ya repetida historia del negro Antonio, un sujeto que llevaba, como él, una veintena de años viviendo en París. Que no hablaba o hablaba mal el francés y que hasta la fecha tenía el record de no haber trabajado nunca. Tenía una estrategia simple: vivir de las minas. Ya fuese un plan diabólico o una estratagema indeliberada, fruto del vértigo parisino o del azar femenino, al tipo le resultaba. El hombre tenía, sin embargo, sus gracias y por supuesto también sus vicios. Solía gobernar con una destreza inigualable el arte del vestir. Sabía de estilos y se mantenía informado de las últimas novedades de la moda. Cuando salía a beber sus copitas era una galán de botines lustrados y gomina brillante. Su tenida, siempre actual, lucía dos detalles apabullantes que habían acompañado a todas sus chaquetas: un pañuelo de seda rojo brillante y una diminuta perla en un alfiler de oro macizo que estudiaba a sus víctimas como si fuera un ojo submarino y secreto. Lo curioso era que su facha era la misma tanto cuando caía por los bares más lujosos de Montparnnasse como cuando visitaba a sus predilectas amigas: dos putitas consuetudinarias que arrastraban sus carteras por las veredas de Menin Montant. La más trágica de ellas, una corcovada desaparecida que decían las malas lenguas era la fantasía de algunos taxistas tristes, ya que su felatio era objeto de leyendas incontables. A la fecha llevaba más de un año desaparecida, algunos decían que había caído en manos de algún millonario de Alsacia y que vivía en un castillo junto a otras putanas adefésicas. Otros que había muerto de pulmonía a las orillas del Sena cerca de Ivry. La más reciente de las versiones adjudicaba la desaparición a un grupúsculo fundamentalista, por supuesto ligado a Al Qaeda. La otra de las hetairas era menos mitológica: una enana rubia de cincuenta años y pelo escarmenado con la que Antonio solía tener no sólo una fluida actividad sexual a precios rebajados si no que, además, una estrecha y auténtica amistad.
De las artes del negro Antonio, la más conocida era la de mezclar alcoholes y bebidas, agregar a los resultados etílicos pedacitos de frutas, granizar de sal o azúcar el borde de los vasos y adornar todo eso con paragüitas de papel y banderitas francesas. Era según el Sordo de la rue Henry Barbusse, el mejor barman que había conocido en París. Su único problema era que no duraba más de tres horas haciendo cócteles ya que aquella independencia se iba deshaciendo cada vez que probaba sus obras. Traguito tras traguito, hasta terminar completamente borracho. Sin duda la historia más conocida que se le conocía era aquella en que tras visitar una fiesta de amigos franceses había entrado en conversación con la segunda miss Francia de aquel año, una modelo top que aparecía a cada rato en la televisión parisina y que viajaba por toda Europa haciéndole publicidad a perfumes y revistas de moda. Por aquel entonces Antonio pasó de la noche a la mañana a tener derecho a uso casi exclusivo del flamante Mini cooper de color verde de la diva, (o era un Renault clio) de las llaves de su departamento en Sant Michel (o era Montparnnase), el cual entre otras maravillas, contaba con uno de los bares más completos y con un refrigerador permanentemente lleno de exquisiteces. El Sordo contaba la anécdota recordando haber estado en más de una fiesta de amigos de Antonio en aquel piso, en donde recuperar el nivel de limpieza original les había dado siempre -después de aquellas orgías- en ausencia de la modelo un excesivo trabajo. Aquellas fiestas duraron hasta aquella tarde en que la diva perdió su vuelo a Roma y sorprendió a Antonio acostado desnudo y en plena masturbación sobre la gran cama de agua junto al inmenso acuario mientras la puta enana se probaba las prendas íntimas de la estrella.
El pintor, (latinoamericano por adjetivo propio), recordó otra curiosa anécdota. Era la historia de un ex-guerrillero salvadoreño que una buena tarde en un bar había conocido a una tal Veronique Riches, una tipa de armas tomar, al menos eso era lo que el pintor decía, pero más bien en materia de asuntos económicos, en aquel entonces Veronique Riches recién empezaba su prestigiosa carrera que la llevaría a ser la jefe de los ingenieros comerciales de la reputada Societé Genérale. Ella una mujer exitosa y premonitoria se había enamorado perdidamente de un tal Flores. Se casaron y llegaron a tener tres lindas hijas, pasando el guerrillero a ser el jefe del hogar de la profesional. Cuenta el pintor latinoamericano que Flores se fue lentamente volviendo loco y que todo terminó cuando se encontró en una ocasión con viejos amigos en el metro. Camaradas de armas. Colegas de miserias. Organizó entonces una gran fiesta, invitando a todos los que recordó su memoria. Según el pintor latinoamericano la borrachera fue descomunal. Flores absolutamente vesánico buscó a su mujer: cuentan que primero quiso violársela en público, lo que el mismo pintor puso en duda y que luego le propinó tal golpiza que la economista debió tomar vacaciones. Veronique Riches no pudo entender al guerrillero al ser él mismo quien solicitara el divorcio.
Uno escucha historias. Algunas parecen improbables, otras imposibles, algunas se alimentan de mentiras, de trucos, otras crecen de boca en boca y son el resultado de París, de aquella vorágine infinita, de aquella Babilonia cultural que sigue atrayendo a todos los extraviados del planeta. Cada uno tiene la suerte de escoger. Escogemos las historias, los recuerdos, los chistes. Nos escogemos a nosotros mismos. No somos más que una elección permanente, la selección fantasma de alguna versión de nosotros mismos, ajena a algún olvidado original, ajena a ese manuscrito perdido que fue nuestra vida en nuestros países. Hay historias que nos rozan, otras que se precipitan y nos apuñalan.
Mientras bebíamos esta historia siguió a otras, a aquellas ya contadas más arriba. La escuché en la misma cocina de la casa de mi amigo el Sordo-ex-sordo, un poco más borrachos, un poco más drogados. La contó el pintor latinoamericano que resultó finalmente ser chileno. De esos chilenos latinoamericanos, bien latinoamericanos y bien chilenos. Se trataba de una historia de pintores.
Dijo haberlo conocido una tarde de mayo hace ya años, en una tertulia de pintores borrachos y donde tanto él como el personaje habían sido invitados a exponer y a invitar a la mayor cantidad posible de posibles compradores. Sin embargo, el individuo de su historia no había expuesto el trabajo pedido. Se había conformado con asistir y ser un espectador más. Lo conoció con el nombre de Raúl Agrand o algo parecido. Del nombre estaba seguro, del apellido menos. El pintor latinoamericano bebía una copa de vino francés junto a su único cuadro de aquella exposición colectiva en compañía de otro pintor, cuando escuchó una pregunta. Para él a esas alturas de sus casi treinta años en París, era una pregunta curiosa, abominable, anacrónica e incluso ridícula.
- ¿Ustedes son chilenos? – preguntó el hombre.
El pintor le respondió afirmativamente.
- Yo también, me llamo Raúl Agrand, soy pintor y chileno – contó el pintor. Aunque el pintor no tenga la certeza de haber escuchado bien su apellido, pero sí de conocer a todos los pintores chilenos avecindados en París.
- Conozco a todos los pintores de París y sobretodo a los chilenos – le dijo de vuelta con un claro tono discutidor y diatribesco y poniendo abiertamente en duda el oficio del hombre.
- Yo también, pero nunca me he juntado con los chilenos – volvió a repetir.
Decía que conversaron de muchas cosas. Sobretodo de historia, del exilio y de pintura. Raúl Agrand, o como quiera que se llamara, invitó al pintor a su departamento, que era a la vez su atelier y que quedaba sobre un gran galpón de una fábrica de pinturas. El pintor latinoamericano quedó de visitarlo el sábado siguiente. Llegó puntual, con una botella de vino y la desconfianza propia de aquellos que han conocido el miedo. El lugar causó una gran sorpresa al pintor. Era amplio, luminoso, sobrio y tenía todo lo elemental para vivir una vida cómoda. Descubrió que ambos tenían algo en común: la fecundidad. Sin embargo, Raúl Agrand nunca había hecho una exposición en su vida, jamás había movido un dedo por dar a conocer su trabajo. Con cierto desconcierto del pintor latinoamericano Agrand le fue mostrando sus más de dos mil pinturas de todos tamaños. Tenía grandes telas, otras medidas estándar y otras menores; guardaba colecciones completas, series, trilogías, en pocas palabras toda una vida de pinceles y litros de pinturas derramados. No quiso entender aquello que le pareció una suerte de manía esquizofrénica y lo único que atinó a preguntar fue cómo había llegado a vivir a aquel lugar tan cercano a su oficio y tan distante del beau art.
- Pues sí, también lo pensé cuando llegué hace años a vivir aquí. Cómo un tipo que se había dedicado toda la vida a pintar llegaba finalmente a tener como mecenas al dueño de una fábrica de pinturas.
- ¿Mecenas? – dubitó el pintor latinoamericano, sabiendo que en París podía suceder cualquier cosa y que todos los artistas, buenos y malos soñaban con un padrino y que pocos lograban encontrar a su loco particular que los mantuviera, al menos comprando cuadros.
- Sí. Tal como escuchas. Mecenas.
- ...
El pintor latinoamericano se detuvo en una foto sucia y dañada, una suerte de daguerrotipo a mal traer, deslavado y con los bordes descascarados, una foto que ha sufrido mucho y que ha sobrevivido para llegar a un destino de buen enmarcado, de cristal y de delicado marco con alguna madera fina, quizá caoba o ébano.
- ¿Esto es Roma, no es cierto? Le preguntó el pintor latinoamericano conociendo la respuesta.
- Viví en la ciudad de los césares hace años hasta que me fui a Chile y cuando traté de regresar no me permitieron entrar.
El pintor latinoamericano sintió una extraña confianza hacia su colega intuyendo que había quizá salido de Chile por las mismas razones que él.
- Yo salí de Chile un poco antes del golpe, -se atrevió a confesarle a Agrand, con la intuición de quien sabe que para saber hay que contar. En realidad estaba preso...
Agrand se le quedó mirando como si de pronto se encontrara descubierto, pensando en que si alguien había estado preso en tiempos de Allende...
- ...por una ley de control de armas, - agregó el pintor latinoamericano, apurando la frase para que Agrand no creyera que él era de lo momios que boicoteaban al gobierno de Allende.
- ...
- ...estábamos preparando la revolución, se la queríamos hacer a Allende. Esa que el Chicho no quería hacer. Salimos gracias al gobierno sueco, yo y mi esposa. Si hubiéramos estado en el país para el golpe hubiéramos terminado muertos o como el almirante.
- ¿El almirante?
- Mi padre era el almirante, desapareció a días del golpe, nunca más nadie supo de él.
- Lo siento.
- Ya no hay mucho que sentir mi querido amigo. El pintor latinoamericano hablaba mirándole la cara a Agrand.
- ...
- Es curioso Agrand, a alguien me recuerdas y no logro saber a quien.
- Yo sé a quien... a ti mismo...
- Puede ser... pero también a alguien más.
Raul Agrand estaba acostumbrado a encontrarse con todo tipo de ex guerrilleros, militantes y revolucionarios, quienes después de borracheras de antología contaban sus mentiras y sus secretos, lo que eran, lo que habían querido ser, y sobretodo lo que aun no eran y podían ser.
- Hace tiempo que somos historia, sobretodo nosotros los trotskistas – agregó el pintor latinoamericano.
- Ah, eras trosko! Yo era maoísta. O sea historia también, aunque mira tu ahí a los chinos. Viví en Italia después del golpe, la Italia de la Brigadas Rojas, tu entiendes. Quienes estaban en Italia quisimos reactivar a nuestras células maoístas en Santiago. Esto fue por ahí por los tiempos de lo de Aldo Moro, tu entiendes.
El pintor latinoamericano escuchaba la historia de Agrand mientras descorchaba la botella de Corbierge.
- Me mandaron a mí, yo no tenía prohibición de ingreso, además, tengo un tío... pero ya te contaré de eso.
- No me digas que te fuiste a meter a Chile...
- Pues sí, con la honrosa misión de activar una hueva que era una aventura aun mayor que la famosa “operación retorno” de los miristas...
- De eso mejor ni acordarse, estaban infiltrados, se sabía todo. Dicen que en la misma Habana los cubanos tenían a un tipo que le pasaba datos a la CIA. ¿Adivina que hacían los gringos?
- Tiro a los patitos...
- Cada mirista que entraba venía dateado, venían muertos de ante mano...
- Lo mío no terminó tan mal después de todo. Quedé completamente botado. No había plata, ni contactos ni nada de nada... Un puto pasaje de vuelta a Roma... y cuando llego no me dejan entrar. Terminé en París, asilado, ahí entra en el cuento mi tío pintor...
- ¿Tu tío pintor? Ahora resulta que hasta tienes un tío pintor...
- Pues, sí y famoso. El tío estaba metido con medio mundo. Desde los surrealistas hasta unos tipos que pintaban como él, maquinas raras, llenas de híbridos con cables. Entre sus amistades estaba el mismísimo Dalí, había conocido a Le Corbusier y a Duchamp...
- Ahora me vas a decir que tu tío era el viejo Roberto...
- Pues exactamente, el mismo. El viejo no se juntaba con nadie, ni con su familia se metía mucho, para mí que de tanto vivir en Nueva York se fue aislando.
- Sí, pero cuentan que cuando alguien lo iba a ver hasta regalaba sus cuadros...
- A mi no me regaló ninguno y era su sobrino. Cuando supo que pintaba me llamó, nos encontramos y me digo: “En Chile hay un solo pintor que lleva este apellido y ese soy yo, no te podís presentar con ese nombre si querís pintar”
- Por eso te llamas Agrand...
- Por eso. En París me casé con una francesa, tuvimos unas hijas. No duramos mucho, terminé yéndome y viviendo como un clochard. Caminaba por las calles como un pordiosero y compartía botellones de vinos agrios con todo tipo de individuos que dormían tapados con cartones bajo los puentes y que hablaban francés. Cada vez que vagaba por los parques y bulevares me hacía gracia pensar que en Chile había gente que soñaba con venir a París.
- ...
- Un día caminaba por un boulevard y un tipo me paró en la calle, tuve miedo, pensé que había robado algo. “Raúl” -me dijo. Yo lo quedé mirando, sin poder acordarme de donde lo conocía. “Soy André, te acuerdas de mí” Me acordaba. André había sido el único francés que había comprado una pintura mía. Habían pasado años. “Cómo estás” me preguntó y yo le dije que mal y le conté todo esto que te he contado a tí. “Ven” me dijo y me pidió que lo acompañara. Te hubieras imaginado a un tipo vestido como un gran señor junto a un andrajoso que caminaba a su lado. El tipo se había convertido en un exitoso industrial, dueño de esta fabrica de pinturas. “De ahora en adelante vas a vivir aquí y no te vas a preocupar por nada más” Y aquí me tienes.
Era tarde. El pintor latinoamericano acababa de contar aquella última historia. Pensamos en comprar otra botella de vino. El Sordo Arias prefería fumar cigarrillos de hachís.
- Parece todo tener un final feliz – le dije al pintor latinoamericano.
- Depende del punto de vista con que se mire – sumó el Sordo. El tío de Raúl había muerto hace unas semanas en Roma, el vejete tenía 91 años. Casi todos los diarios del mundo dieron la noticia. Apenas salió ese día de casa y leyó los titulares de Le Monde el pintor latinoamericano llamó a Raúl al departamento ubicado en los altillos de la fábrica. No estaba. Nunca compraba los diarios, pero esa mañana los compró. En uno de ellos había transcrita una conversación que el presidente chileno Lagos había sostenido con él artista por teléfono cuando aún era ministro de educación. “Cuando viene a vernos a Chile” – le preguntaba Lagos. “¿Chile?, ese país está muy lejos, porque mejor no se lo venden a los japoneses y se compran uno más chico y más cerca”
Era tarde, el pintor latinoamericano se levantó de la mesa anunciando su retirada. Antes de irse y casi entre puertas, envolviéndose en su bufanda, contó el final de aquel relato. Raúl Agrand, militante maoísta en su juventud, en los tiempos de la peligrosa moda marxista, sobrino del pintor chileno más famoso; Agrand, pintor secreto de un París estrafalario había regresado un día, mucho tiempo después, a Santiago de Chile. Trató de visitar a los viejos conocidos, aquellos sujetos que habían asistido junto con él a la locura liberadora, a la pasión mesiánica. Pero Chile era otra cosa, otra locura. Visitó a sus maoístas más íntimos. Uno de ellos había heredado la Casa de Discos más antigua y grande de Santiago, otro había adquirido los derechos de Le monde politique y gozaba de los beneficios de las ventas de aquella revista y que la nueva escena política compraba cada quince días. Chile, ese país que el viejo pintor casi centenario había querido que vendieran a los japoneses ya por fin había dejado atrás sus revoluciones.
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