Están por cerrar, pienso, cuando suena el teléfono en mi bolsillo. Debe ser Martín, (pienso de nuevo)
-Debe ser Martín, dice Alís con su checo masticado y su tercera jarra de cerveza en la mano. Apoyo mi jarra en el porta-vasos de cartón. Era.
-Is coming? Pregunta Yara, en inglés, para que Alís le entienda. La mesera le retira su plato vacío y le pone la segunda Coca Cola, a Yara, (que buen culo tiene esta tipa) Casi no hablamos. Salvo Yara, estamos medio borrachos, esperando a Martín que ha salido más tarde que de costumbre de su trabajo.
-No te vas a pasar el resto de tu vida sin beber una gota de alcohol, le digo a Yara. De la mesa de al lado una flaca de vestido floreado se levanta para ir al baño, la miramos y yo me fijo en sus chalas blancas, de charol, con una suela de terraplén altísima. Un tipo gordo y de cabeza afeitada la cuida con la mirada, ella se pierde en el pasillo que llega hasta los baños. Cuando termino mi jarra veo por el caleidoscopio que se forma con la espuma y el vidrio del fondo de mi vaso que el que se acerca a la mesa es Martín, viene con una sonrisa. Ahora somos cuatro, nos damos la mano y pedimos una cerveza más.
-Putos rusos, dice Martín. Y pienso inevitablemente en los ciento y tantos tripulantes del Kurks que a esta hora ya deben estar asfixiados a oscuras en el fondo del mar noruego (cuyo nombre no logro recordar) Ahogándose en agua salada, mientras nosotros en cerveza (salvo Yara)
-¿Te imaginas aquella muerte?, húmeda, a oscuras, tóxica, una muerte militar, le dijo a Martín en checo. Alís me mira. Yara me mira y mira a Alís. Martín mira a Yara, que me mira y vuelve a mirar a Alís que ahora mira y le hace un gesto a Martín.
-Se refería a sus jefes, chileno huevón, dice Yara. Martín trabaja como vendedor en una tienda de cristal, de joyas de ámbar y matrioskas. Yo no dejo de pensar en los rusos muertos y se me viene a la cabeza el camión de chinos sofocados, los muertos del puerto belga. Miro a Martín, el también es de algún modo belga, de padre belga. Martín Dayen se acaba su cerveza, leo en su polera blanca: sex machine.
Somos cuatro, cuatro puntos cardinales, tan sólo de esa mesa y de esa noche. Alís al Jassaní un iraquí, ya nadie recuerda cuanto tiempo lleva en Praga, sin papeles, sin pasaporte, sin ese numerito que nos permite movernos por el mundo. Está sentado de espaldas a un gran espejo, su cuerpo encorvado, larguirucho, mira estepáricamente a Martín.
-Faltan dos meses, nos dice, tan sólo dos meses. Presiento que esa cancioncita ya se la he escuchado antes. Pienso en los chinos y pienso en Alís que toma su cerveza, libre de cualquier fundamentalismo islámico. Alguien me dijo que su padre era poeta, uno de esos poetas prohibidos. Le pregunto.
-Sí, mi padre escribe aún poesía y yo también. Tan sólo que su poesía nadie entiende.
-Ves, dice, signos raros, el lenguaje de los programadores, esos sacerdotes que lentamente se apoderan de nuestras almas.
Miro a Yara Burka. Tiene el pelo más corto que la última vez, se ha sacado las greñas rastas, a cambio la perita leninista de su cara se ha transformado en un desorden de pelos ralidos.
-Tú no debes tener muchos problemas de integración en el Cairo, con la cara de beduino y rosa púrpura que llevas, le insinúo.
-Jodidos árabes, refunfuña, ahora me hace mal beber y tú, para variar bebes más que un inglés, le dice a Alís.
Nadie de nosotros parece lo que realmente somos, nadie de nosotros es lo que realmente quiere ser, nadie de nosotros quiere lo que realmente parece. Es ese el único círculo que engloba los puntos cardinales de nuestros espíritus fugados. ¿Es ella también una de nosotros? La chica del vestido floreado regresa, Martín la mira, ella lo mira, pero no a él, más bien su pelo teñido, el bordeaux de su cabeza.
-Cuando sacas tu puto disco, le pregunta Yara a Martín.
-Cuando terminemos los clips. Miro a Alís que mira a Martín.
-Vámonos de una vez dice Yara, que se muere por que nos fumemos el porro. Un porro para cuatro.
-Con un poco de suerte nos encontramos en El Cairo, digo. Yara sonríe.
-Tendré un barco en el Nilo en diciembre. En dos días Yara vuelve a la capital egipcia, lleva siete meses de descontaminación, de ley seca.
-Qué hace un francés de origen checo en Egipto, pregunta Martín.
-Y que hace un Eslovaco de origen belga en Praga, le digo. Nos largamos a reír. Y nosotros qué, un chileno de origen chileno, y un iraquí de origen iraquí, pienso, pero no, la mamá de Alís es checa, y yo, mi abuelo era hijo de rusos o algo así, vaya mezcolanza. Nos paramos, pagamos y nos vamos por Masná.
-Una buena mierda la Kozischka, me dice Alís. Afuera dos taxistas con aspecto de tiburones deambulan por la acera.
-La carne no estaba mala, dice Yara.
-Donde vamos, pregunta, no aguanto más esta Coca Cola de mierda, me tomaré una cervecita.
-Pero si es la mejor manera de asentar el estómago, le digo. Nos detenemos, prendemos el porro, lo pasamos y nos reímos de la ley.
-Doce cigarrillos de marihuana, dice Martín.
-No chinges le digo, en mexicano, para que me entienda, Martín no sabe español, solo mexicano, del callejero. Smaller like a little, les recuerdo. Martín insiste, que ya lo han escrito. No le creo. Seguimos hacia La Comedie. La música truena, piquetea en los ornamentos y en el cornisamento del monasterio de san Joaquín, en sus realces barrocos, sus volutas y semiconchas, el movimiento de los santos. Una turba de gente se oxigena afuera, rostros sudados, risas, tacos altos, muñecas y dandíes. Salsa y música disco, en el aire hay un insoportable olor a Dolce Gavanna.
-Vamos al Chateaux.
-Sí, allá hay mujeres listas para ser culeadas, dice riendo, bromeando Yara,
-Aquí también, sólo que tienes que saber bailar y mostrar el llavero de tu auto, le digo. Nos ofrecen drogas.
-Hachís a doscientos el gramo, me dice un muchacho histérico y gritón. Llega un taxi y sale otro. Yo me siento cada vez más adentro, como en un chaleco salvavidas, flotando en los litros de cerveza de mi cuerpo. Es el porro, siempre me pasa igual (siempre digo que es el último) Al frente la vieja aduana, el Ungelt, salen y entran vagos. (¿Y qué somos nosotros ahora?) De la otra esquina salen luces de colores y música disco. Alguien me saluda, levanto mi mano, hago un remilgo inútil.
-Te acuerdas de Ramón, el español, le pregunto a Yara.
-¿Cuál?, ¿el que trabajaba en la embajada?.
-El mismo. Está ahí sentado, le dijo. Está ebrio, semi acostado en una mesa.
-Que se vaya al diablo. Yara entra al Chateaux con Alís y Martín. Veo pasar un carro de policías, miran por las ventanillas, los dealers desaparecen y vuelven a los cinco minutos.
-Hace más de tres años que no venía a este antro, le digo a Martín. La última vez una mujer se desnudó completamente y poco faltó para que se pusiera a tirar ahí, en medio de todos. Nos acercamos a la barra, los cuatro, Alís pide una cerveza, los demás lo seguimos. La música no nos deja hablar, ninguno quiere decir nada, nos miramos. Ha pasado un tiempo largo sin salir así, de noche, tarde.
-Cómo se encontraron, pregunta Martín.
-A no fuiste tú el que lo llamó. Estábamos convencidos con Yara que Martín había llamado a Alís. Pura suerte que Alís apareciera por La Casa Blu.
Salgo a respirar, no me gusta el humo del tabaco, me apoyo en la ventana, un chino chico me ofrece éxtasis, meneo la mano. Que no me joda, pienso. No me interesa, ya no quiero fumar, estoy demasiado adentro. Me cuesta hablar. No tengo ganas de hablar, la noche corre su carrera loca, la gente grita. Los viernes la gente es extremadamente boyante. Afuera la noche está fresca, caminable. Miro por la ventana, veo a Alís mirar a las chicas, tocarle un brazo a Yara, que se gira y sonríe. Más allá Martín ya habla con una muchacha más baja que él. Se tiene que inclinar para poder escucharla. Vuelvo adentro. Alís propone que sigamos, que nos vayamos a la Puerta de Hierro.
-Quiero ir, nunca he estado.
-Bebemos esto y nos largamos dice Martín, enardecido con la muchacha a su costado.
Somos cuatro siluetas borrachas y obnubiladas, casi no nos conocemos, sabemos de los otros, de nuestras tristezas y problemas. Queremos cumplirnos, Yara ha vuelto a Praga, tan sólo tres días. Nunca estuvimos todos juntos, es la primera vez. Somos todos amigos y conocidos de todos, pero nunca estuvimos así, vagando la alborada. Ya son más de las tres de la mañana.
-Extraña combinación dice Yara, como si nada fuera a propósito y nada encajara, salvo la noche y una tormenta que se acerca. Un eslovaco belga, un francés checo, un iraquí y un chileno.
-Con quien duermes esta noche, le pregunto a Yara.
-Contigo mi amor, me dice riendo. Le toco el culo. Salta más allá, riendo, payaseando.
A ratos el silencio nos engaña y pareciera que ninguno de nosotros quisiera estar allí, como si todos tuviéramos cosas urgentes que realizar. Pero nos quedamos, es un rito. La ceremonia de los viernes. Los dejo un instante, vuelvo a salir, no quiero saber de mujeres (si quieres conseguir una, no te masturbes) Voy tras las luces de colores que salen del antro de la esquina. Banana Bar. Unas mujeres en petos bailan sobre el bar. El lugar está lleno, más o menos la misma bazofia humana de camisa y corbata y pinturitas calentonas que en La Comedie. Me voy a dar la vuelta a la manzana. Una calle más allá entro al Marques de Sade. Queda poca gente. Camino cruzando el salón, como si buscara a alguien o como si acabara de salir y hubiese olvidado despedirme. No me quedo, decido regresar, pienso ir a buscar a Yara. Voy pensando en como despedirme, en qué decirles para que me dejen ir (no estoy preso, pero son los amigos)
-Where are you going so alone?, Man, dice una gringa ciclópea, bermeja, absolutamente borracha. Me coge de un brazo y me le zafo. Que fácil estaba, pienso. En ese detalle me voy dando cuenta, ahí me voy encontrando con ese puto espejo nocturno. Pienso en escribir el maldito e-mail, en irme a casa. (¿Qué hora es en Chile?) Seis horas menos, van a ser las diez de la noche. Era o no la hora en que se sentaba a revisar su correo electrónico. En mi computador hay un mensaje sin responder, desde que llegó.
-¿Dónde estabas, cabrón? Te andamos buscando, nos acabamos de mover. Estamos en La Comedie, me dice Yara.
-No jodan, no pensarán que los acompañe. No que nos íbamos a la Puerta de Hierro. Veo a Alís salir a la calle.
-Yo los dejo, dice Martín, tengo que trabajar mañana. Nos despedimos, Alís le da la mano a Martín que luego abraza a Yara. Que nos veamos mañana.
-No prometo nada, digo. Alís insiste en que tenemos que hacer una fiesta.
-Por ahí, en cualquier parte.
-Bueno, llamémonos, digo, y cada vez miento más. No alcanzo a aprovechar la oportunidad de irme cuando ya estamos caminando. Cruzamos el patio interior del Ungelt.
-Mira ese es el Legenda, el boliche del que hablaban el otro día, me dice Yara. Pasamos de largo, por el costado de Nuestra Señora de Týn llegamos a la plaza. Por todos lados hay gente, algunos beben botellones de vino, cervezas, otros fuman, una fosca de mariguana sale de un grupo de muchachos. La Plaza Vieja es un verdadero anfiteatro nocturno. Sobre el puzzle de adoquines la noche veraniega nos conmueve. Sopla una brisa, la que trae la tormenta de amanecida, el agua que limpiara definitivamente esta explanada y la que como un bautizo nos traerá el amanecer. Alguien grita a lo lejos. Son simples alaridos.
-Woodstock’s, dice Yara.
-Increíble, nunca había visto esto así, exclama Alís. Hace años que no andaba tan tarde por aquí.
Cruzamos mirando el reloj, sus tentáculos de tiempo me advierten. Caminamos separados, nuestra andanza no tiene orden, me adelanto, soy el único que lleva sandalias, el único vulnerable, me siento anodino. Un poco más atrás Yara, unos metros a su derecha Alís. Somos una caterva de prosélitos. Me pregunto si somos de temer, si alguien nos respeta. Nos movemos en la noche llena de rostros macilentos, lejanos de los jabones y las sales de baño. Más lejanos aún de cualquier religión.
-Vámonos por Melantrichova, le digo a Alís, que sigue sin escucharme, cruza la Pequeña Plaza hacia Jilská. Llegamos al callejón de la Puerta de Hierro, bajamos a paso firme por las escaleras que nos llevan a la catacumba. Gringos salen y entran, nunca he estado ahí. La noche ya muere, quiero preguntar por un tal Scott, el cocinero, le conozco, es mi vecino, me arrepiento. A estas alturas ya casi no hablamos, estamos mustios, cansados, dispuestos a olvidarnos de nuestros nombres con tal de irnos a dormir. Salimos, el aire del sótano es irresistible. Un hipogeo de cuerpos desordenados. El grajo y el humo de cigarro terminan conmigo. Yara se decide a romper ese silencio que nos domina. Nos sentamos en la escalinata.
-¿Y qué? Se bebe o qué, pregunta. Lo quedo mirando. Alís me mira, hace un gesto con la barbilla. Llega un tipo, más borracho que nosotros. Se nos queda mirando. Y a este huevón que le pasa, pienso.
-Está loco, dice Yara. No tiene miedo, está ahí parado antes de entrar. Lo miramos todos, los tres, ya somos tres, Martín debe estar durmiendo, leyendo o masturbándose. Nuestras miradas son severas, como diciendo no te metas con nosotros, somos los más malos esta noche. Pero no lo somos, sí los más raros, incatalogables. Vagos nocturnos, imposibles. Me paro, quiero irme, camino por el patio. Me apoyo a unos metros sobre la pared. Leo una placa a un caído.
-Yara mira, le digo. Emmanuel Piños cayó aquí en agosto de 1945. Nació en 1888.
-Pero si es un nombre español, qué hace aquí, me pregunto. A Alís le da exactamente lo mismo.
-Tú no entiendes camello, le digo. Se ríe.
-El 45 es el fin de la guerra, ¿no es cierto?, me dice Yara.
-¿Cuando emigró tu padre?, le pregunto.
-El 49 o el 51, ya no me acuerdo. Decido irme.
-Bueno, donde duermes esta noche.
-Pues en tu casa, me dice Yara.
-Alors mon ami, j´parte à la maison. Y tú qué Alís. Que nos vayamos con él a Petrovice.
-Donde vives, me pregunta.
-En Letná, menos de media hora caminando. Su autobús pasa en treinta minutos así que propongo que nos vayamos al Marques de Sade.
-Tomémonos la última cervecita, digo. Y nos vamos caminando. Yo me quedo pensando en el destino de aquel español (algún refugiado de la Guerra Civil, seguramente)
Salimos a Michalská.
-Yara sabes que...
-Oye mi amor ven acá, dice una voz. Por la calle dos jóvenes gitanas se me acercan, me agarran el culo y yo supongo que me están cartereando. Pero no pueden, no llevo casi nada conmigo.
-Do you want sex?
-Soy de aquí mi amor, no pierdas tu tiempo conmigo.
-Ah, y por eso no me la vas a meter, te hago un descuentito.
-Con mi mujer me sale gratis, gracias de todos modos. Como explicarle que la que es mi mujer está seis horas más atrás en el tiempo, seis mundos más atrás, seis continentes, ni Yara, ni Alís sospechan que yo vago en un fuego interno, saltando como un malabarista, jugando a las preguntas, envuelto en la margarita universal, en el arte de deshojar la flor de las adivinanzas, la ruleta del olvido. La olvido, no la olvido, la olvido, no la olvido... pienso nuevamente en ella, en aquel acuerdo de término. Tu aquí y yo allá, del otro lado del charco, dice su e-mail. Trato de recordar el mensaje aun sin responder que esconde mi buzón electrónico. Quiero irme a casa, escribir un mensaje electrónico, una descarga de neutrones que termine conmigo masturbándome ante sus fotografías. Las muchachas se han ido, Alís se ríe como si las conociera, como si él fuera el patrón. Pasamos junto al Happiness.
-Vengan entremos, aquí tienen Kelt. Pido una.
-Esperemos aquí tu autobús. Están cerrando, me quedo pegado en una mirada. El mesón del bar son puertas viejas, apoyo mi vaso en uno de los entrepaños. Alís pregunta la hora.
-Faltan diez minutos. Bebemos y nos marchamos. Un viento tibio empieza a esparcir papeles y hojas. Pasamos por el Marques, está cerrado. Ya en Namestí Republiky empezamos a separarnos. Alís insiste en que Yara se vaya con él.
-¿Vas o no?, le digo.
-Sí, contigo.
-Bueno, nos vemos Alís, cualquiera de estos días. Le doy la mano. Suerte con lo del pasaporte eh. Me largo a caminar, empiezan a caer goterones y presiento que no alcanzaremos a llegar. Yara me alcanza.
-Apúrate quiero dormir de una vez. Se larga a llover, es una borrasca, un vendaval, nos refugiamos en un banco. Miro hacía adentro imaginándome al portero nocturno que llega, abre la puerta y se pone a hablarnos. Los transeúntes corren a alcanzar el tranvía nocturno. Veo pasar el bus 505.
-Ese es el de Alís. Los próximos 40 minutos los pasará durmiendo hasta que despierte automáticamente justo en Petrovice o el chofer lo bote. La lluvia se calma, seguimos andando y no hay ningún portero, ningún guardián. (Esas cosas pasan en las películas, no en los cuentos) Cruzamos el río, casi no llueve. El piso está mojado, me detengo a mirar los tajamares del puente.
-Vamos chileno, me dice Yara.
-Ya voy francés, le contesto. Veo el túnel que sube a Letná.
-Vamos por ahí le digo, mostrándole la boca floja del túnel, que parece un bostezo. Entramos, nos vamos caminando por una de las orillas, escuchando el ruido ensordecedor, el rumor permanente del monstruo, el gruñido de los autos. El túnel huele a gases, a tierra, todo el camino vamos pisando el polvo acumulado.
-Ah, de nuevo en El Cairo, dice Yara, eso allá es así, con este ruido permanente. Cierra los ojos y concéntrate, al abrirlos podrás ver las pirámides.
-Loco de mierda, le digo, mientras el amanecer se dibuja a lo lejos, detrás del calipso volvemos a casa. Van a ser las seis, es media noche en Chile, hora de ir a dormir.
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