Era un encuentro extraño, como todos los
de su tipo. «En orden y paz Chile avanza», decía uno de los avisos luminosos
que reciben a los turistas junto al Holiday Inn. Le recordó la propaganda de
las dictaduras de Europa del Este. Le molestaba. Más que aquella, que habían
instalado al frente de la UNCTAD III, y que ahora llamaban Edificio Diego
Portáles. No se atrevió a cruzar la calle. Desde la esquina se quedó mirando
como las micros pasaban raudas hacia el Cerro Santa Lucía mientras un paco
bostezaba apoyado en una UZI. Las conocía, de un curso en la RDA. Podía armalas
y desarmarlas. A pesar de sus dogmas estaba contenta de haber preferido Roma
como periscopio hacia esa larga y angosta faja de tierra. Parecía reconocerlo
todo y todo a la vez le era diferente. La Fuente Alemana, Baquedano cagado por
las palomas en su existencia metálica. Reconocía los espacios, los lugares a
pesar de sentirlos lejanos y veloces. La gente corría atareada, hombres de
corbata reían detrás de ventanales con ofertas de chacareros y churrascos
palta. En la vereda de enfrente leyó Cine Arte Normandí. Pensó que se había
equivocado de país. Este no era el mundo que narraba el Corriere della Sera, donde había muertos en la esquinas y revueltas
de estudiantes. Esta no era la pocilga de una dictadura fascista. Se llevó la
mano a la cartera para sacar un pañuelito y limpiar sus anteojos. Detuvo una P.
de Valdivia - Blanqueado y le preguntó al chofer si pasaba por el Pedagógico.
-A unas cuadras –le contestó el muchacho
que cortaba los boletos-. La 3C pasa por Macul –agregó,
insinuándole que se corriera para el fondo o que se bajara. Pagó el boleto y
deseó recorrer a propósito esa cuadras por donde hacía años habían salido
marchas estudiantiles a apoyar al "compañero presidente". Se rió para
sus adentros, por ese entonces ella era una niña.
Claudia se acostumbró de a poco al
silencio, a la permanente vigilancia de los uniformados de azul y sobretodo a
las rejas que rodeaban la escuela. Le era imposible no pensar que las escuelas ahora
parecían hospitales y que la pulcritud de los pasillos era el reflejo de aquel
nuevo progreso. Impávida pensaba en la editorial rusa que llevaba por nombre ese
slogan militar.
La junta de militares hablaba de paz,
sobretodo Merino con voz de borrachín dando sus informes sobre humanoides los días martes. Sintió pena
de esos profesores testarudos. Un tal Salgado en Filosofía daba un seminario
sobre el Pato Donald. De otro, medio cojo, se sabía que un año después del
golpe, ante la crítica de un estudiante se había exasperado gritando que entre
ellos había un marxista. El estudiante, a los días, desapareció, pasando a
integrar la lista de crímenes del gobierno, y de los reprobados del profesor
Lebech; de su seminario sobre Santo Tomás. Un tercero había salido de prisión.
Un tal Robertson, estaba preso por participar en el asesinato del General
Schneider. Ese ganster era su profesor de Historia Antigua. Se preguntó si
valía la pena estudiar entre semejantes sátrapas. Sin embargo, se encontraba
allí, reencontrándose, tratando de vivir de nuevo, a pesar de tener aún la
mirada lejana. Habían sido largos años, doce en total. Años en que Europa trató
de atraparla con amores inconclusos que luchaban contra amistades pétreas que
la hacían mirar a ese acongojado país desde donde ella provenía. Todo la
desafiaba, cualquier diálogo era un caleidoscopio de intenciones. Era la
ocasión de verse nuevamente envuelta en el chantaje social de toda revolución.
Se vio entre jóvenes, diferentes, más cautos. Entonces conoció el miedo, no el
propio, ya que se sentía protegida por el destino, sino el de los otros. Los
pizarrones que había dejado no eran los de entonces, las bibliotecas estaban
vacías. Tipos de charreteras estiraban sus botines sobre las mesas académicas.
Claudia se dio cuenta que no iba a ser fácil.
Salió al patio la tarde del primer paro,
el corazón le latía y, cuando sintió por primera vez el escozor de las bombas,
pensó en correr. Pero no pudo, apretó los libros contra su pecho y se dirigió
hacia el grupo de muchachos que tambaleaban un auto para cruzarlo en Avenida
Grecia. Se sumó al grupo de mujeres encapuchadas que escarbaban piedras y
adoquines. Se sintió por fin en casa. Pensó en las colectas de dinero en Roma,
en los viajes a reuniones absurdas en Praga, en sus amigos del Intiillimani
cantando de pueblo en pueblo. Se había por fin integrado a la locura de ese
tercer mundo que era Santiago de Chile.
Los meses pasaron como si fueran las
ventanas del tren a Chiloé que cada año salía hacia los Trabajos Voluntarios,
llenos de niños que jugaban a irse al monte, o a capturar al Caleuche. Pero el
verano que otros ofrecían como ofrenda a una lucha casi abstracta era para
Claudia de trabajo, tardes de café-concert y lectura. Los veranos en la capital
eran largos y ardientes. La Librería del Cerro era una forma de sentirse libre,
llena de libros y revistas en el barrio bohemio más austral del mundo. Barrio,
donde Eduardo Gatti vendía discos que le recordaban su adolescencia en Piedra
Roja, cuando la música de Los Blops era junto a la de Los Jaivas la expresión
del hippismo chileno. A unas calles estaba La Chascona, una de las casas de
Neruda. Cuando quería volver a otros tiempos salía a caminar por el barrio, a
encontrarse con sombras que la asaltaban y la hacían reir, gente que hacía
tiempo no estaba, fiestas en casas de amigos idos, atraques con novios
pasajeros en el Parque Forestal. Conversaciones con los fantasmas de amigos
desaparecidos.
Las aulas se fueron convirtiendo en
anfiteatros donde sus veintiseis años de momento dejaban de serlo. Ese mar de
jóvenes que la rodeaba día a día la transformaba llenándola de ganas y de
valor. Así, se sentía viviendo el tiempo que le habían robado y olvidando el
miedo que le causaban los helicópteros militares. A pesar de que la historia
que estudiaba era un devenir de inviernos había vuelto a querer los riesgos, a
safarse de las rutinas y a asistir a reuniones clandestinas que bien sabía que
de poco y nada podían contra los cientos de fusiles, aviones supersónicos y
tanquetas que desfilaban cada diecinueve de septiembre ante el gesto grotesco
de un anciano furioso, cuya fotografía en lentes oscuros, había dado la vuelta
al mundo, fotografía que la ceguera de sus lentejuelos italianos confundía con
Jaruselski. Para ella eran ellos la misma cosa, aunque prefería no decírselo a
nadie. Con estado de sitio o sin él, sabía que había un orden fuera de esas
latitudes, un orden que ella había alcanzado a vivir y que tejía una tela que
nadie de los que ella conocía podía entender. El mismo orden que de pronto un
día la interrumpió para decirle que cualquier cosa daba lo mismo cuando se
trataba de soportar su propia ausencia. La idea de ella lejana.
Aquella mañana su ausencia, esta vez la de
ella, llamó primero la atención de sus amigas, dos muchachas más jóvenes con la
que solíamos verla sentada en el comedor comiendo, o bien, en la sala de
estudios. El día anterior habían salido los estudiantes a la calle. Otra de las
innumerables marchas. Dicen que el auto que la arrolló se quiso detener, pero
ante la lluvia de piedras y bombas molotov siguió, doblando una esquina para no
volver. Los pacos que llegaron junto a la ambulancia que se la llevó se
encoguieron de hombros.
-Eso le pasa por andarse metiendo en guevadas
–dijo un teniente joven que de seguro tenía la edad de ella. Claudia no volvió
en sí. Sus padres la internaron en una clínica privada en donde pudieran
confiar en su rehabilitación. A los cuatro meses mientras tipiábamos un
esténcil para hacer panfletos, la radio Cooperativa dio la noticia. La conocíamos
todos y sin embargo sabíamos tan poco.
-Claudia ya no vuelve –dijo el locutor,
pasando luego al informe del tiempo.
Abril 1986 / febrero 1998
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