jueves, enero 12, 2006

9. Volver

Era un encuentro extraño, como todos los de su tipo. «En orden y paz Chile avanza», decía uno de los avisos luminosos que reciben a los turistas junto al Holiday Inn. Le recordó la propaganda de las dictaduras de Europa del Este. Le molestaba. Más que aquella, que habían instalado al frente de la UNCTAD III, y que ahora llamaban Edificio Diego Portáles. No se atrevió a cruzar la calle. Desde la esquina se quedó mirando como las micros pasaban raudas hacia el Cerro Santa Lucía mientras un paco bostezaba apoyado en una UZI. Las conocía, de un curso en la RDA. Podía armalas y desarmarlas. A pesar de sus dogmas estaba contenta de haber preferido Roma como periscopio hacia esa larga y angosta faja de tierra. Parecía reconocerlo todo y todo a la vez le era diferente. La Fuente Alemana, Baquedano cagado por las palomas en su existencia metálica. Reconocía los espacios, los lugares a pesar de sentirlos lejanos y veloces. La gente corría atareada, hombres de corbata reían detrás de ventanales con ofertas de chacareros y churrascos palta. En la vereda de enfrente leyó Cine Arte Normandí. Pensó que se había equivocado de país. Este no era el mundo que narraba el Corriere della Sera, donde había muertos en la esquinas y revueltas de estudiantes. Esta no era la pocilga de una dictadura fascista. Se llevó la mano a la cartera para sacar un pañuelito y limpiar sus anteojos. Detuvo una P. de Valdivia - Blanqueado y le preguntó al chofer si pasaba por el Pedagógico.

-A unas cuadras –le contestó el muchacho que cortaba los boletos-.  La 3C pasa por Macul –agregó, insinuándole que se corriera para el fondo o que se bajara. Pagó el boleto y deseó recorrer a propósito esa cuadras por donde hacía años habían salido marchas estudiantiles a apoyar al "compañero presidente". Se rió para sus adentros, por ese entonces ella era una niña.
Claudia se acostumbró de a poco al silencio, a la permanente vigilancia de los uniformados de azul y sobretodo a las rejas que rodeaban la escuela. Le era imposible no pensar que las escuelas ahora parecían hospitales y que la pulcritud de los pasillos era el reflejo de aquel nuevo progreso. Impávida pensaba en la editorial rusa que llevaba por nombre ese slogan militar.

La junta de militares hablaba de paz, sobretodo Merino con voz de borrachín dando sus informes sobre humanoides los días martes. Sintió pena de esos profesores testarudos. Un tal Salgado en Filosofía daba un seminario sobre el Pato Donald. De otro, medio cojo, se sabía que un año después del golpe, ante la crítica de un estudiante se había exasperado gritando que entre ellos había un marxista. El estudiante, a los días, desapareció, pasando a integrar la lista de crímenes del gobierno, y de los reprobados del profesor Lebech; de su seminario sobre Santo Tomás. Un tercero había salido de prisión. Un tal Robertson, estaba preso por participar en el asesinato del General Schneider. Ese ganster era su profesor de Historia Antigua. Se preguntó si valía la pena estudiar entre semejantes sátrapas. Sin embargo, se encontraba allí, reencontrándose, tratando de vivir de nuevo, a pesar de tener aún la mirada lejana. Habían sido largos años, doce en total. Años en que Europa trató de atraparla con amores inconclusos que luchaban contra amistades pétreas que la hacían mirar a ese acongojado país desde donde ella provenía. Todo la desafiaba, cualquier diálogo era un caleidoscopio de intenciones. Era la ocasión de verse nuevamente envuelta en el chantaje social de toda revolución. Se vio entre jóvenes, diferentes, más cautos. Entonces conoció el miedo, no el propio, ya que se sentía protegida por el destino, sino el de los otros. Los pizarrones que había dejado no eran los de entonces, las bibliotecas estaban vacías. Tipos de charreteras estiraban sus botines sobre las mesas académicas. Claudia se dio cuenta que no iba a ser fácil.
Salió al patio la tarde del primer paro, el corazón le latía y, cuando sintió por primera vez el escozor de las bombas, pensó en correr. Pero no pudo, apretó los libros contra su pecho y se dirigió hacia el grupo de muchachos que tambaleaban un auto para cruzarlo en Avenida Grecia. Se sumó al grupo de mujeres encapuchadas que escarbaban piedras y adoquines. Se sintió por fin en casa. Pensó en las colectas de dinero en Roma, en los viajes a reuniones absurdas en Praga, en sus amigos del Intiillimani cantando de pueblo en pueblo. Se había por fin integrado a la locura de ese tercer mundo que era Santiago de Chile.

Los meses pasaron como si fueran las ventanas del tren a Chiloé que cada año salía hacia los Trabajos Voluntarios, llenos de niños que jugaban a irse al monte, o a capturar al Caleuche. Pero el verano que otros ofrecían como ofrenda a una lucha casi abstracta era para Claudia de trabajo, tardes de café-concert y lectura. Los veranos en la capital eran largos y ardientes. La Librería del Cerro era una forma de sentirse libre, llena de libros y revistas en el barrio bohemio más austral del mundo. Barrio, donde Eduardo Gatti vendía discos que le recordaban su adolescencia en Piedra Roja, cuando la música de Los Blops era junto a la de Los Jaivas la expresión del hippismo chileno. A unas calles estaba La Chascona, una de las casas de Neruda. Cuando quería volver a otros tiempos salía a caminar por el barrio, a encontrarse con sombras que la asaltaban y la hacían reir, gente que hacía tiempo no estaba, fiestas en casas de amigos idos, atraques con novios pasajeros en el Parque Forestal. Conversaciones con los fantasmas de amigos desaparecidos.

Las aulas se fueron convirtiendo en anfiteatros donde sus veintiseis años de momento dejaban de serlo. Ese mar de jóvenes que la rodeaba día a día la transformaba llenándola de ganas y de valor. Así, se sentía viviendo el tiempo que le habían robado y olvidando el miedo que le causaban los helicópteros militares. A pesar de que la historia que estudiaba era un devenir de inviernos había vuelto a querer los riesgos, a safarse de las rutinas y a asistir a reuniones clandestinas que bien sabía que de poco y nada podían contra los cientos de fusiles, aviones supersónicos y tanquetas que desfilaban cada diecinueve de septiembre ante el gesto grotesco de un anciano furioso, cuya fotografía en lentes oscuros, había dado la vuelta al mundo, fotografía que la ceguera de sus lentejuelos italianos confundía con Jaruselski. Para ella eran ellos la misma cosa, aunque prefería no decírselo a nadie. Con estado de sitio o sin él, sabía que había un orden fuera de esas latitudes, un orden que ella había alcanzado a vivir y que tejía una tela que nadie de los que ella conocía podía entender. El mismo orden que de pronto un día la interrumpió para decirle que cualquier cosa daba lo mismo cuando se trataba de soportar su propia ausencia. La idea de ella lejana.

Aquella mañana su ausencia, esta vez la de ella, llamó primero la atención de sus amigas, dos muchachas más jóvenes con la que solíamos verla sentada en el comedor comiendo, o bien, en la sala de estudios. El día anterior habían salido los estudiantes a la calle. Otra de las innumerables marchas. Dicen que el auto que la arrolló se quiso detener, pero ante la lluvia de piedras y bombas molotov siguió, doblando una esquina para no volver. Los pacos que llegaron junto a la ambulancia que se la llevó se encoguieron de hombros.

-Eso le pasa por andarse metiendo en guevadas –dijo un teniente joven que de seguro tenía la edad de ella. Claudia no volvió en sí. Sus padres la internaron en una clínica privada en donde pudieran confiar en su rehabilitación. A los cuatro meses mientras tipiábamos un esténcil para hacer panfletos, la radio Cooperativa dio la noticia. La conocíamos todos y sin embargo sabíamos tan poco.

-Claudia ya no vuelve –dijo el locutor, pasando luego al informe del tiempo.

Abril 1986 / febrero 1998


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