HISTORIA
DE UN
RECIÉN
LLEGADO
"
Se dejó abrazar quietamente cediendo a las manos que la atraían, la apretaban
contra su cuerpo, empezaban a correr por ella que tenía los ojos muy abiertos
mientras sentía subir la vieja fiebre que los viejos labios enconarían y
aliviarían, alternadamente, a lo largo de las horas bajo los viejos dioses,
para agregarse al viejo pasado.
"
Julio
Cortazar / Los Premios.
De pronto ya todo estaba en calma. El departamento como un
anciano dormido parecía nuevamente descansar en su mecedora de sombras. Desde
la cama, Julio divisaba las manchas de la noche detrás del cristal de la
ventana que daba a la avenida principal, la de los tranvías.
Había visitado muchas veces
aquel edificio especial del barrio de Invalidovna. Edificio donde convivían
latinos refugiados y funcionarios corruptos: dirigentes ancianos de
organizaciones juveniles fantasmas.
En la antesala de los ascensores
se cruzaban los niños de algún líder cubano de rostro austero y parco, de "hombre gris", como le decía
el científico Zuganiov, o Zivienov, o algo parecido, a Sean Connery en "La Casa Rusa".
Las primeras veces que visitó
el lugar fue para conocer al encargado estudiantil de una organización de
estudiantes cuyos funcionarios, estatales, pasaban de los cuarenta. Durante las
primeras visitas, no lograba asociar lo que veía desde la ventana con esa calle
que pisaba al salir del edificio por la gran puerta de vidrio; aquella que
separaba la sala de los buzones del frío del invierno de noviembre.
La primera visita a aquel
lugar fue tan sólo unas horas después de aterrizar su vuelo, el que lo traía a
él y a Sergio desde Roma. A donde habían salido; a estudiar cine, según la
respuesta que le dieron a la pregunta soez de uno de los policías del
Aeropuerto Merino Benítez. Ese un tipo tosco y calvo que les timbró los
pasaportes rojos. A pesar de todo, ellos no eran exiliados. Podían volver,
aunque en realidad no pudieran.
A Praga llegaron un día
helado. Para Julio fue como un milagro; era la primera vez que conocía la
nieve, a pesar de venir de un país con nieves eternas, patrimonio nacional de
los ricos con sus canchas de esquíe, orgullosos de lugares exclusivos como
Farellones y de princesas vacías como Cecilia Boloco, la reciente Miss Universo
nacional.
La nieve de noviembre había
cubierto Praga como el velo de una novia. Desde lo alto de las ventanas del
octavo piso se veía el reflejo níveo de la noche sobre el hielo enlodado en esos
adoquines milenarios. Julio se confundió pensando que lo que veía desde arriba -desde
el ventanal de la sala de estar- era la parte posterior del edificio: una calle
imaginaria que su cabeza descuidadamente había inventado. Que no era en lo
absoluto la calle que encontraba, aquellas mañanas, cuando terminaba de cuidar
la casa de aquellos conocidos suyos. Solía llegar los viernes, bajaba a hacerle
las compras al supermercado de la esquina, en una suerte de pago a ese asilo
que le otorgaban los fines de semana.
La membrana urbana de la
ciudad no era el tablero de ajedrez que estaba acostumbrado a recorrer en
Santiago de Chile. Era un desorden de calles que habían ido creciendo sin ley desde
los faldeos del castillo de Praga, hasta que el puente de Judith unió las dos
riberas del Moldava.
Solía asomarse por las noches
a aquella ventana, al principio asustado, por el destello azul del choque de
los cables eléctricos con los hierros conductores de la electricidad de las máquinas
del tranvía. Con el caracol de la costumbre, ese miedo, se transformó tan sólo
en curiosidad, en la sorpresa de ver aquel rinoceronte de color rojo y crema,
aquella bestia de metal cruzar raudo la avenida, avisando su marcha con un
timbrazo, que a lo lejos, más bien evocaba al timbre de una bicicleta gigante.
La puerta de la pieza que
daba al comedor parecía arrugarse de tanto abrirse y cerrarse en su
imaginación. Eran quizá ya alrededor de las cuatro de la mañana. Más allá, a
través del vidrio de catedral, se insinuaban tímidamente los objetos sobre la
mesa: restos de café, ceniceros con acribilladas colillas, botellas vacías,
vasos nauseabundos, y una de las máquinas fotográficas.
En verdad nada se veía en las
sombras. Julio jugaba, adivinaba. Sabía que al día siguiente, al otro lado de
la oscuridad desparramada bajo la penumbra del cuarto, ordenarían ese
mundo-mesa. Pulcramente limpiarían la anarquía de la juerga. Al regreso, los
dueños de casa, no sospecharían de aquel festejo privado, de esa, su primera
noche de piel en un país ajeno y exótico, con una mujer extraña y europea.
Carol, ese amor de dos
semanas, ahora a su lado, a cuerpo desnudo, dormitaba el alcohol de otro día.
¿Soñaría tal vez? Apoyada en la almohada, le surgirían: palmeras, playas.
Estaría al otro lado del mundo, yendo de compras, al "duty free",
cerca de las tiendas del famoso Canal de Panamá. Vería a Noriega, día por
medio, en la televisión, vociferando contra los yanquis.
El estrellarse de las pieles,
electrizaba una noche en que Julio ya no podía cerrar los ojos. Miraba el pelo
de Carol, cayendo por sus hombros, cubriendo sus rozados pezones. Ese
mundo-cama lo emocionaba, convirtiendo su vida en un círculo que se cerraba en
su angustia anodina. Todo marchaba muy rápido, como un viento repentino,
transitándose, llevándosela.
Por entre los visillos,
entraron los rayos de un amanecer presuroso, de hemisferio norte. Se deshacía
la vida dejándole una breve noche incompleta. Y allí estaba él, queriendo
dormir, como lo hacía ella, sin poder. Todo había sido tan intenso e
inevitable. Repasaba en su cabeza, luchando para que no se le escaparan esas
imágenes: las de aquella tarde. Las mismas tibias imágenes, pegadas aún a los
sudores de aquellas sábanas color celeste. Las mismas que lo ayudarían, con frugal
viveza, en futuras secretas masturbaciones de recién llegado, allá en los baños
del colegio en el palacio de Jorge de Poděbrady.
Poděbrady, ese era el nombre
de aquel pueblo tranquilo, a orillas del Elba. El destino planificado de una
vida entre pasillos medievales y patios barrocos en el palacio del rey husita. Allí
transcurrirían esos días, de invierno castrense. Lo sabía con fe.
Sintió el vacío del silencio,
presente, actuando en él, como cuando se le quita el sonido a un televisor. Una
mímica deseperante. Al otro lado de la pared, estaba la sala de estar, donde
dormían Sergio y Marié, la amiga de Carol. Marié: el prototipo perfecto de
gorda checoslovaca. Su risa hacía olvidar sus dimensiones temporales. Ni el
mismo Sergio, ni él, la imaginaron al conocerla que terminaría en una noche de
alcohol y paños menores, de fotografías falsas y mentiras deliciosas.
Esa historia había empezado a
manera de juego, de tibias provocaciones, de intentos desesperados por parte de
ellos de encontrarse con alguien, de aventurarse en lo desconocido, la casería
secreta que deambula día a día por las calles y los bares, los mercados y las
librerías.
Habían pasado exactamente dos
fines de semana desde aquel primer día en que Julio había llegado desde Poděbrady
a ver al único sujeto en quien podía confiar en ese país extraño; a su amigo
Sergio; aun así se conocieran tan sólo unas semanas antes de ese supuesto viaje
a Roma.
Llegó a visitarlo al
internado de Suchdol, ubicado
en las márgenes de Praga. Era viernes. Cuando, por cualquier razón, resultaba
imposible falsificar los vales de comida del día domingo -único día en que
servían pollo asado y puré de papas en el internado de Poděbrady- Julio
planeaba los viernes su escapaba del pueblo en un Karoza azul de fabricación
húngara. El autobús que partía siempre puntual y siempre casi vacío. En
realidad eran dos autobuses unidos por un enorme acordeón que le permitía
contornearse por las estrechas calles de Praga con la torpeza de un gusano
herido.
Llegaba a Praga, pero cuando
resultaba que quería descansar de los conceptos, las mentiras y los discursos
patéticos que solía escuchar en el departamento de esos conocidos en el barrio
de Invalidovna, se largaba en
busca del monte de Suchdol.
Era uno de esos viernes.
Después de buscar el cuarto
de Sergio por corredores interminables dio por fin con la puerta 128
semiabierta. Se apoyo en el umbral y lo vio sentado junto al escritorio; Julio venía
cansado y soñoliento como si fuese a quedarse dormido en cualquier momento. Quizás
por eso no sintió de inmediato el desánimo que se derramaba en el aire de la
habitación como el olor de una jarra de leche quemándose en el fuego.
Julio y Sergio habían salido juntos
de Chile, ambos gracias a esos extraños méritos partidistas, con apedradas en
las manifestaciones contra la policía de Pinochet; con vidrios rotos, con
allanamientos, detenciones, expulsiones y subversiones "de chocolate".
Julio era un flaco larguirucho de aspecto eslavo, el típico nieto de
"gringos" europeos, escapados de guerras o revoluciones fraudulentas,
uno de los pocos descendientes de las poquísimas familias de rusos pobres -si
no de la única- que habían llegado a la ciudad nortina de Arica, en una época
en que el lugar acababa de cambiar de nacionalidad, y después de vagar por las
escabrosas costas croatas. Sergio, en cambio, era más criollo en su aspecto, de
baja estatura, desordenado y haragán. Su gran problema era ser mitómano. Era de
familia sureña, oriundo de las cercanías de Concepción, su sueño era
efectivamente el cine, quizás más por una cuestión de culos que de arte mismo.
Sus mentiras y cuentos eran verdaderas películas. Pero a Julio poco le
importaban. Sergio había hecho teatro, criado conejos en Punta Arenas,
aprendido a conducir tanques en Cuba. Incluso después de que le quemaran el
pecho con colillas de cigarro, se había metido a la clandestinidad, desde donde
salió rápidamente después de una historia de armas en un lugar llamado Carrizal
en el norte de Chile. Ese era el calibre de los cuentos y Julio nunca sabría
qué era realmente verdad de esas cosas que Sergio contaba.
Al entrar a la habitación lo
vio sentado, pensando lejano mientras manoseaba su Zenit. Tenía una mirada que
se perdía tras los cristales de la ventana en lo profundo del parque. Julio
golpeó la puerta entreabierta y entró. Con una reverencia fraudulenta saludó a
los compañeros de cuarto: un africano de un eterno mal humor y un amistoso
árabe saudita de continuas divagaciones medicinales. Se dio cuenta que Sergio miraba
por las mismas repetidas ventanas de esos lugares que hasta ahora conocía,
ventanas dobles por donde ahora veía la noche entrometida, desapareciendo como
un espejismo sin haber terminado en la demencia de cumplir horario como tantas
anteriores. Era viernes.
Lentamente los golpes de luz
empezaban a iluminar el departamento, el cuarto y la sala donde Sergio y Marié
habían estado jugando, un poco siendo nuevamente niños, simulando a que
filmaban un corto de televisión. Apenas se conocían, sólo algunas horas de hipotéticas
soledades encontradas. Se le volvió a la cabeza aquella tarde culpable de todo
aquello. La última vez que Sergio y él se habían visto en Suchdol se habían
prometido intentar algo juntos: quizás un poco de teatro callejero que causara
revuelo en el Puente de Carlos y, por consiguiente, la prohibición de alguna
ronda de policías de charreteras rojas; o inventar alguna historia de culos
para luego casi como siempre escapar de la ortodoxia haciéndose pasar por
italianos o españoles con un extraño acento latino a la salida del Reduta. Allí
donde las mujeres sueñan con extranjeros ricos que las adornen de momentos
inolvidables y restaurantes caros, tan sólo por el nítido placer de sus sexos.
Aquella tarde de visita a Sergio le había
venido una inspiración visual. En realidad eran más bien buenas intenciones que
un acierto creativo. Cogiendo la Zenit le pidió que lo ayudara a cargar con una
pila de libros. Esa misma Zenit que ahora exhausta se volvía pasado, recuerdo
asechante sobre la mesa, la misma, ahora inerte, ausente de esas, sus idas y
regresos en el tiempo.
Había lugares que a ambos les
llamaban la atención. Subterráneos orwellianos
cubiertos de tubos de distintos dimensiones,
pasillos oscuros que terminaban
en puertas extrañas, rejas entreabiertas
que dividían túneles en dos. En uno de aquellos pasillos del subterráneo de
Suchdol se les había ocurrido desnudarse. Empujados por las locas
extravagancias de Sergio se habían hecho fotos: imágenes en blanco y negro de
hombres desnudos sentados sobre pilas de libros, detrás de ellos una reja que
dividía un pasillo en dos túneles que se perdían en dobleces de laberinto, la
conciencia del hombre encarcelada, la impotencia de los intelectuales encerrada
en el catalejo secreto de una fotografía. Una oda fotográfica a la Carta de los
77.
Se preguntaba si habría un lugar así en el edificio de esos falsos
amigos de Invalidovna, esos personajes impuestos por el desagüe del destino. No
sólo de esa gente no habría sido nunca amigo si estuviera en Santiago, tampoco
de Sergio, -pensó. Mirando el techo desparramarse en las paredes de una gran
caja de pandora vio nuevamente a Carol vertiginosa, durmiendo, recordó los
momentos la tarde anterior en que Sergio y Marié habían bajado al boliche de la
esquina a traer algo de beber; aquellos solitarios instantes en que habían
comenzado a besarse. Se había por fin atrevido a besar a una europea. En un
octavo piso de Praga dirigió un concierto de dedos y uñas que se aferraron
lentamente, construyendo la música de un himno solitario. Carol como de
costumbre, vivía sin admiración otra de sus aventuras. Santibáñez, su novio panameño,
andaba lejos y quizás cuando regresaría de sus largos viajes. A veces le daban
vuelta en su cabeza los sueños: el posible matrimonio con un extranjero y los
papeleos para que la dejaran viajar al Caribe. Tendría por fin dólares y ropa
"zapadní".
¿Regresaría? Se lo había
prometido, si no simplemente
continuarían sus veintiún años siguiendo un camino menos incierto de
estudiante de un periodismo obediente. De una forma u otra giraban en su
cotidianidad miles de indecisiones y a fin de cuentas parecía darle lo mismo
con quien se acostaba. Ahora era un chileno. Un recién llegado. Pero Julio eso no
quería saberlo.
Aquella tarde se atrevió a
besarla para que ella lo recibiera con la mirada semi-extraviada, teniendo
latente otros recuerdos que a ratos le
impedían acercarse a él. También por eso
era que salía a beber; para olvidar. Se sabía hermosa, sabía que el amor
terminaba después del primer sexo, los hombres que amaba no entendían que una
mujer pudiera ser libre. Venían de tierras lejanas, donde el baile y el sol
embrujaban los sentidos, eran ejemplares de una raza de corazones frondosos y
cuerpos calientes. Soñaba con el aroma de las cosas que nunca había visto.
Esperaba algún día a su príncipe que la alejara del mal olor de los autobuses,
de las intrigas y sobretodo del hielo de esa raza de hombres que en el centro
de Europa habían olvidado como acariciar a una mujer. Detestaba las cantinas
repletas de panzones borrachos. El vodka o el vino eran a fin de cuentas un
alcohol más caro que la cerveza.
Julio no pudo evitar la
atracción que se escondía en sus ojos y menos la belleza de su cuerpo, de
figurita "Penthouse" que siempre había soñado, una especie de
conjugación diabólica que lo hacía reanudar su búsqueda de cariño, su sed de
asentamiento. Cada vez que estaba con una mujer, se encendía en él la idea de
finalmente encontrar y armar los andamios de algo que le hacía falta por
reparar, la restauración de ese edificio en ruinas que era su alma.
La música aun rebotaba en las
paredes con cierta complicidad.
Cuando Sergio y Marié habían
vuelto con algunas botellas ya la tarde lentamente iba desapareciendo mientras
los cuatro, entre el humo y las botellas intercambiaban en sus distantes
idiomas todas las locuras que se les pudieran venir a la cabeza. Daba lo mismo
a quien se le ocurriera algo, de lo cual había que reírse para llenar el
silencio: como ir a comprar algún trago en el
cochecito de un niño estacionado junto a la puerta del departamento,
disgustando a una portera que dormía la eterna siesta de los porteros.
Cualquier cosa podía convertirse en el puente que faltaba para alcanzar a
alguien que se encontraba en alguna otra orilla. Pero la otra orilla era el
riesgo.
El tipo de overol que los vio
era un obrero de manutención de Suchdol. Apareció por el doblez del túnel donde
tiraban las fotografías. Cuando vio a Sergio desnudo pensó que eran maricones.
Iba apurado pero al instante se detuvo, sonrió. ¿Había sonreído realmente?
Julio recordando sonrió viendo a Carol dormida, cual víctima de esa intriga
subterránea. El tipo de overol les había pedido que lo esperaran. Y al
volver les había sugerido que perdían el tiempo, que lo que había que
fotografiar eran mujeres. Lo sabían, esas eran las orillas, las lejanas orillas
donde había que desvanecerse, como quien arriba tras un naufragio. Los había
invitado, pero el temor había sido más fuerte. Lo dejaron ir. Detrás de aquella
invitación Julio veía otros puentes, otras orillas, más oscuras, recordó los
paseos por la Iglesia de San Francisco en el Santiago nocturno, esas obesas
doncellas de escasa tersura envueltas en polvos de colores vendidos por
profesores cesantes en esas esquinas meridionales. Junto a esa cristiandad
oblicua ofrecían sus cuerpos de musas pobres. Nunca había estado con una puta –pensó-,
les tenía miedo. Esas orillas eran quizás similares a las de aquella su más
preciosa noche, pero eran otros ríos.
Ellos, en cambio, eran la
casualidad, el enredo de una mentira deliciosa y un desvarío de brújulas
ausentes. El hombre de overol se había ido. Y Julio se había molestado tanto
consigo mismo que cogió su libreta de teléfonos para buscar el número de Marié;
Sergio lo seguía con una mirada de desconcierto. Marié y él se habían conocido
en alguna reunión que ya no recordaba, y mientras más trataba menos podía
entender qué hacía él con su número. Jamás solía llamarlas, más bien gozaba de
los encuentros a boca de jarro.
Mientras amanecía volvió a
verse a sí mismo encerrado en la cabina telefónica, mintiendo. A Marié le había
interesado lo del premio, aunque le daba lo mismo si el concurso de fotografías
que idearon fuera en Portugal o en la Cochinchina. Había aceptado. Cuando colgó
el teléfono sintió al fantasma de overol que desaparecía para ya no volver a
verlo más. Pero, ¿era aquélla la última noche lejana de aquel fantasma? Ellos
no lo sabían, porque lo esencial es siempre un secreto. Esa simultánea
construcción de puentes: un niño apareciendo a lo lejos, el cochecito, la
inmensa cara de espanto de la portera.
En cada uno de esos puentes
se trataba de destruir un viejo ritual, la intención de borrar de una pasada en
un pizarrón toda la inocencia que cada uno arrastraba. Reían de la expectación
de la portera bajándose los lentes hacia la nariz al verlos entrar con un coche
lleno de botellas de vino. Arriba un payaso de trapo podía ser el contrabajo
que Sergio hacía sonar en el centro de la sala mientras Julio simulaba un golpe
seco de baterías que las hiciera reír de la anormal fantasía de un par de
extraños. Carol había confesado no poder evitar ser atraída por ese embrujo de
hacer todos los días algo diferente. Solía vivir cotidianamente su pequeña
guerra contra la rutina. Quizás por eso había aceptado en el Café Slavia la
invitación a conocer cómo era el sabor de una bebida extraña, un vaso de pisco
del sur del mundo, a media luz, en un piso de esa ciudad que conocía de
memoria, dispuesta a que la vida avanzara para aprovecharse de ella, como los
unos a costa de los otros. Quizás todo era un método, como también había dicho,
un método que todos usaban y que en el caso de Carol era intentar elegir su
futuro, dejando que un curso cotidiano la llevara donde mejor se sintiera.
Cuando se encontraron aquella
primera vez, después del atrevido telefonazo de Julio, los túneles lúgubres
quedaron en el olvido. Fue en Leninova, a los pies de la gran estatua de Lenin,
Julio le presentó a Sergio, Marié a Carol. Sergio intentó todo el camino hasta
la estación del metro que llevaba el nombre del rey Jorge cruzar cuatro frases
en checo que resultaron del todo incógnitas.
Era una suerte que ellas hablaran español.
Cuando Marié le presentó a Carol, Julio empezó
rápidamente a jugar el papel que previamente habían acordado. Explicó de qué se
trataba: harían unas cuantas fotografías de la vida cotidiana, tema que querían
trabajar para el Concurso de Fotografías de Lisboa y cuando se presentara la
oportunidad sugerirían algún desnudo. Los sorprendía su risa, como si supieran
de qué se trataba todo. Sabían. Parecían divertirse, romper un orden abstracto
que las encarcelaba hasta destruirlas. Julio sería el director, mientras Sergio
tiraba fotos inexistentes. Habían olvidado el único rollo de película en
Suchdol, si es que alguno quedaba después de los desnudos literarios de Sergio.
Era la mentira un juego, una pasión llevada a la perfección del ingenio, una
sed inundada de gratos momentos. Aquella vez habían terminado medio borrachos,
lo suficiente para que Sergio conversara con Marié en un rincón de la sala
mientras Julio se precipitaba en un test psicológico recién inventado y a medio
camino para someter a Carol a las más audaces pruebas, como podía ser un masaje
sobre su espalda desnuda o un beso repentino que se había quedado estático
sobre la alfombra.
Había sido todo demasiado
rápido, como una tormenta, frágil, carente de dolores y esperas. Hasta que
volvieran a verse el fin de semana siguiente en el Café Slavia.
La sensación de aquel viento
que de pronto habría de llevarse todo volvía a girar en torno a sus
pensamientos. La miró dormida, envuelta en las sábanas celestes, ahora con uno
de los brazos sobre su cuerpo. Sólo se dedicó a mirar el techo, a tratar de
dormirse a pesar de la oscuridad que lentamente se marchaba. Las figuras se
hacían lentamente más claras, por toda la habitación surgían desvanecidos
personajes, zapatos tirados, un cenicero, un tubo de crema Nivea, juguetes y
sus ropas. Era terriblemente claro que no sabían nada el uno del otro, pero eso
no importaba. Tan solo un par de miradas, Můstek, Václavcké Náměstí, unas
copas en aquel idioma extraño y un montón de horas pasando, como el tumulto en
las mañanas de la gente aglomerándose en los paraderos para llegar al trabajo
que no trabajaban. Julio quería abarcar todos aquellos nuevos signos de un
mundo demasiado diferente y que en tan sólo unos meses se le había caído encima
torrencialmente, como la lluvia blanca y fría que era la nieve. Allí estaba,
queriendo encender un Sparta y no haciéndolo simplemente para no viciarle el
aire. Habían alejado el lunes, para ellos fatal ante la disciplina de volver al
internado. Acostumbrados tan sólo al autoritarismo militar de un general necio
y vil habían presentado una carta de timbres falsificados al director del instituto.
Recordó cómo habían vaciado lo que quedaba de
aquella botella de pisco y otra de vodka; como la tarde había caído con ellas
de regalo; volvían a hacerle reír los comics de Sergio, los había empezado a
dibujar en el Slavia, jugando con un lápiz y un papel, hilos, cordeles de
tinta. Puentes interminables. Lentamente todos habían entrado a las hojas del
papel como dibujados desde quién sabe qué distancia, siendo ellos los
implacables personajes. En Julio palpitaban todos los detalles. De pronto, Marié y Sergio ausentes, Carol y él solos
junto al mundo-mesa; ella hojeando su libreta, llegando a esos relatos que
había escrito en la soledad de su cuarto. Le era imposible entender aquel
confuso español o aquella mala traducción que él intentaba. Julio la miró a los
ojos hasta saltar a su boca, entonces ella suavemente levantó sus brazos y lo
envolvió en su cuerpo jugando a desordenarle el cabello, recibiendo caricias
que lentamente la incendiaban, a ratos bruscamente perdía la mirada y escapaba
del fuego que ciegamente se encendía. Trató de rodearla, atraparla, había tanto
tiempo en él sin sentir manos, cuerpo, labios corriendo presurosos, tenía
hambre de ternuras, abundancia de durezas. La angustia de una extraña orfandad,
su sensación de vacío se disipaba, la contempló como a una de esas copias de
estatuas griegas de museo. Sus mutilaciones no eran de mármol si no de espacios
y tiempos prohibidos. Sin embargo ella tenía una vida que transmitía otro
lenguaje. Se iba lejos en sus pensamientos para de pronto volver a la realidad.
Entonces nuevamente se besaban con desesperación, con una pasión incógnita.
Ninguno de ellos sabía a ciencia cierta qué pasaba en la cabeza del otro.
Aquella tarde se deshacía en crepúsculo y caricias, los dedos de Julio
penetraron su blusa, desbocados caballos corriendo por su espalda, su
respiración se hizo cada vez más alta y más tibia, cada vez hubo menos pausas
en donde enfrentar las miradas. Sus bocas eran una mezcla de labios apretados,
consecutivamente rojos y ardientes mientras sus dedos se acercaban hasta sus pechos
sintiendo el incendio que le quemaba sin poder evitar el baile seductor de su
cuerpo. Julio acalorado sentía en sus oídos los leves quejidos, de reojo miró
la habitación a oscuras que los esperaba. La misma habitación, las mismas
paredes que ahora contemplaba alegre y lleno de preguntas mientras la miraba
suavemente como un animalito delicado, dormida, sin ella imaginar que él no
podía dormir. La miraba soñar percatándose de una distancia irreparable entre
aquel sueño tranquilo y simple y su inevitable insomnio que le reconstruía otra
vez aquellos momentos, ella abriendo sus piernas en la silla para que le dejara
caer sus manos y escalara sus muslos hasta llegar a sus labios bajos de rubios
pelillos. Había comenzado a frotarla, primero lentamente, jadeaba en la silla
penetrando su pantalón para masturbarlo, abrirle la bragueta, cogerlo y
llevárselo a sus labios. Todo era una fiesta, una explosión de chispazos,
pequeños orgasmos furiosos que pedían más y más. Se levantaron, apretándose
cada vez más. Ni siquiera se percataron de la presencia de Sergio que buscaba
desesperadamente el casette de Cat Stevens. La música parecía llenar todos los
rincones. Rechazó con pudor la habitación, como dudando si era eso lo que ella
quería; sin embargo cinco minutos le habían bastado para decidirse y dejarse
alzar en los brazos de Julio y caer en la cama. Con la puerta entrejunta
siguieron tocándose hasta estrellarse violentamente, le mordió suavemente sus
pezones en aquel juego de resistencias. Ella lo apretó hasta sentir que su
miembro ardía por penetrarla, lo lamió con apetito queriendo succionarlo,
buscando sacar de él el mayor placer posible, como si olvidara su propio
nombre. La blusa y la camisa fueron olvido sobre la alfombra y ella disipó sus
dudas dejando que le arrancara los blue jeans y la desnudara por completo, él
se sacó la ropa observando sus rosados botones y su entrepiernas. Entre sábanas
y techo: brazos, muslos y manos, abrazados friccionándose, frotándose hasta que
por fin la penetró y sintió sus profundas humedades, abriéndola, profanándola.
Que ella sintiera sus íntimas durezas, las que ahora la invadían de bruscos
placeres. Le rogó que lo hiciera lentamente mientras recordaba cuantas veces lo
había hecho con el tubo del desodorante, quizá recordando a Santibáñez. Era un
momento de olas sucesivas, de convulsiones en sus sexos. Todo se iba
rápidamente mientras Julio empujaba cada vez más al verla saltar en susurros.
Era una caída de agua que de pronto se iba convirtiendo en un torrente
imparable hasta que llegara el momento en que todo tendría que terminar. Era
una brisa que cruzaba uno de esos veranos cálidos, ella brillaba y él se sentía
y veía a sí mismo torpe después de aquel largo tiempo de masturbarse en baños mal olientes, y quizá por esa razón
no pudo evitar acabar tan prontamente.
Después de la tempestad, la calma. La
sensación absurda de que en la sala se habrían percatado. Era la primera vez
después de mucho tiempo, y como era de esperar, como una maldición de las
ciudades modernas, de los suburbios de las grandes capitales o de un programa
violento de televisión, todo era invadido por una filuda plasticidad, como
quien recorre una avenida, abre la puerta de un carro y deja subir a alguna
mujer por unos dólares. O bien, la sensación de follar con la mujer con la que
has vivido toda una vida y has terminado odiando.
Volvieron a estar allí. A
besarse como si los cruzara una bolsa de nylon. Se vio torpe, inútil y
desorientado. Ella no paraba de reírse y aunque fuera de él de quien lo hiciera,
eso lo ayudaba a no pensar, a creer que ella había tenido una noche de placer.
Carol descansaba riéndose, también en ella yacían explosiones y flores
arrancadas en la revuelta de los cuerpos, pero ella no había acabado. Pensó en
preguntas, en la posibilidad de necesitar preguntas, disquisiciones morales
sobre la aquiescencia de aquellas aventuras destinadas a ayudarla a saber si
sería capaz de dejar una vida tras ese futuro marido, tras aquel regreso que la
acosaba inevitablemente, preguntándole, obligándola a agarrarse con dientes y
uñas, anticonceptivos y domingos a la vida que se le podía escapar como un
concepto. Sentir el tiempo al menos la calmaba. ¿Qué haría con un hijo? -le
preguntó. Julio no tenía respuesta a tal pregunta, ¿y ella? -pensó.
Quedaría lo de siempre,
callar, el silencio: familia, mesa, camas desordenadas en domingos flojos, un
no esperar a nadie en la distancia de lo lejano, lo verdaderamente lejano.
Entonces Europa sería un guetto en el tiempo. Cómo explicarle que la revolución
con la que había soñado era un hermoso asco traicionado, un basural de buenas
intenciones. Que la historia era una gran cuchillada capaz de partir el mundo
en dos, dos entidades adyacentes. El era un leproso que frente a un espejo, de
alguna manera, también quería vivir, vivir lo negado, ser el reflejo, la imagen
inconclusa, buscar un rostro oculto, su rostro oculto, el lugar negro de todo
suicida, el secreto del Dios que no era, y entre todo, el amor, la posibilidad,
la casualidad o el signo. ¿Que se rieran? ¿Qué se podía arreglar en el centro
de un caos interminable? El día: una nueva sección de ironía, hombres y
mujeres, los salvadores cotidianos de la mentira. Carol desnuda había cerrado
los ojos queriendo dormir, buscando un sueño que la refugiara. Lo había logrado
finalmente, tendida con su delgado cuerpo a merced de alguna brisa que empezara
a llevársela para siempre. Julio se levantó a beber algo, a celebrar algo así
como una gran casa con jardines destrozados. Había amanecido.
La miró desde el dintel
vestirse y preguntar la hora mirándolo como si lo viera por primera vez. Le
volvió una mirada que él nunca
comprendería, su realidad era como un videoclip
sin censura, ella la gran directora, la hipnotizadora de sus marcas y la de
todos los Julios que vagaban por el mundo, las viejas marcas, las ataduras, los
oscuros temores. La vida, un río cayendo al mar sin meandros, un felino ojo
para los análisis en blanco y negro. La vio y la quiso, en toda una secular
negación de sí mismo, era el reflejo, la otra mitad disecada por el inevitable
puñal, ataduras atrapadas en algún ascensor, pisoteadas con la colilla de un
cigarro, la vida un escupitajo de la nada, de lo oscuro, Sergio y Marié
culeándose al gran escupitajo asimétrico en la sala.
Allí quedaba la orgía de
tasas de café, la noche escondite del sueño, el silencio de Julio mirándola
dormir sobre sus preguntas. La otra dimensión colándose: nuevas generaciones,
nuevos dolores, pequeño cochecito-juguete-pesadilla siglo veinte, un teléfono
de plástico, Marié escondida-piedrecita en el ojo, Sergio riendo, dejándola
echarse toda la vida, todos los espejos a la cartera o el telefoncito de
juguete, Julio presente de su propia ausencia, y el " qué dirán "...
Pensó en levantarse,
sigiloso, abrir la cartera de Marié, caer en su mar de espejos y recuperar el
juguete del niño ausente que era en el fondo toda esa moral tercermundista y
chata que era él.
Carol se había levantado
presurosa, la mañana era una marea imparable de ruidos que inundaban el aire,
Marié ya no estaba, se vio sola, traicionada, Sergio dormía, miró a Julio, el
azar de volver a verse. Julio permaneció pensando, recordando las fotografías,
le había hecho dos fotos con su Praktika, dos desnudos. Pensó en el concurso,
en las mentiras y Lisboa, volvió a dormirse, profundamente, dejando las puertas
abiertas de sus sueños. Vio en ellos a Jorge, el rey husita sentado en las
lecciones de checo, mientras desde las ventanas del castillo veía el Elba que
se desparramaba por un costado del Parque Forestal de Santiago. Le preguntaron
desde el taburete el significado de algo, Jorge de Podebrady lo sacudió
volviendo de ese sopor que lo embotellaba. Volteó su rostro para ver de pronto
a ese fantasma, el tipo de overol lo zamarreó para que subiera a su cuarto.
Iban a cerrar el pasillo de aquel túnel. Había estado durmiendo, esperando a
Sergio que había ido por más libros. Dentro de aquel subterráneo extraño, había
sentido aromas que ahora ya no recordaba, hubiera querido dormirse para siempre
dentro de ese frasco de éter que era su memoria. El tipo de overol se marchó
dejándolo sentado sobre la pila de libros. Supo que nada de lo que imaginara
podía ser encerrado en algún negativo.
Praga 16 de Julio del 89 - 24 de
Septiembre del 97