jueves, enero 12, 2006

13. Doble

I
Dicen que los secretos no deben contarse; cuando uno cuenta un secreto, está rompiendo una promesa o traicionando la confianza depositada. La verdad de las cosas es que ella misma, cada cierto tiempo, contaba su secreto, en esa su búsqueda loca e incesante.
Mi jefe me había dicho esa mañana, anda búscate una historia sórdida, algo de sangre, un cuento del bajo mundo. Me quedó mirando, cuando le iba a dirigir la palabra al entrar en su oficina, al verlo bajarse los lentes hasta la puntilla de su nariz y luego inclinar la cabeza para mirarme, me sentí casi cesante.
Yo entonces andaba buscando, historias sórdidas, en lo posible sangrientas, del bajo mundo. En D.F. se había puesto de moda Bukowski y mi jefe se negaba a contestarme el teléfono, si es Pacheco díganle que me acabo de ir a almorzar, o que estoy en una reunión con los accionarios. Parecía que supiera de antemano lo que yo iba a escribir.
La urgencia de hallarle a Ciudad de México su rostro subterráneo me llevó derechito a la calle de las putas, a la esquina de Meave y Lázaro Cárdenas. Allí había un hotelito parejero: el Meave. Había estado cogiéndome a una par de secretarias en ese lugar. Tenían un cuarto con jakuzzi bastante impecable. Le pagué unos pesos al portero. El Meave se veía límpido y aireado, con sus tragaluces iluminando la fuente de gladiolos y calas en medio de un patio de baldosas rojas. Por una delgada escalera de metal se subía a los pasillos, también metálicos, que envolvían las altas paredes, con sus ventanitas y puertas.
Que no más hago un par de entrevistitas y me voy, le había dicho al portero, que miraba una telenovela en un televisorcito pequeño, en blanco y negro. Me senté en los escalones. Pensé, algo sórdido, joder, maldito hijo de puta de mi jefe.
Venía seria, ensimismada, llena de descuido. Oiga parece un tantito. No quiere hacerse famosa. No quería. Ahí me di cuenta que no era mexicana, ni era puta. Era chilena. Se puso a hablarme, primero lentamente, después con una brutal urgencia. ¿Te gustan los sueños?, Me preguntó.

II

Aparecían unas sillas de metal y unos ventanales inmensos que daban a un patio de tierra, dura y seca, una costra, aguas manguereadas. Eran patios universitarios, ¿Te los imaginas? Santiago de Chile, fines de los ochenta. Lo que no te imagines te lo explico, me dijo. Donde había unas bancas de armazones de hierro y tablones de madera con pinturas descascaradas por la lluvia de los inviernos. Podíamos decir y escribir lo que se nos antojara, rayar las murallas. Ejercitábamos la aventura cautelosa de conocernos, entre extraños, rostros asustados e inocentes, los de los recién llegados. Los mechones, nos llamaban... me explicaba, ¿Cómo le dicen ustedes a los nuevos? No sé, nunca pude estudiar, me hice periodista como Rulfo
Era sentir que el devenir de los días era el placer cotidiano de salir de las aulas de clases e ir a sentarse detrás de una bandeja de comida, a esperar a que algún estudiante se apareciera, parado en una mesa. A tirarnos la línea, como decían los comunistas. Que lo único que querían era que ella entrara al partido, porque no eran tiempos para dudas, y que no fuera amarilla.
Yo no sabía en aquellos tiempos que era ser comunista, me confesó. El casino de estudiantes era un lugar de ventanales empañados por el vapor que salía de las cacerolas de comida, sí. Las paredes estaban repletas de papeles pegotinados, invitaciones a cursos, peñas folclóricas, avisos, recados, reivindicaciones, insultos a los militares y sobretodo toda la larga lista de razones que casi nadie entendía y por las que se salía semana tras semana a gritar a la calle, a tirarle piedras a la policía, a hacer fogatas gigantescas que cortaran Avenida Grecia. ¿Se veían esas cosas por acá, en las noticias?, me peguntó. Nosotros tenemos lo nuestro, le dije, pensando en Tlatelolco en el 68.
Un ruido de cucharas golpeando las bandejas de comida se apoderaba de ella, sacándola lejos. Así empezaron las primeras protestas, tímidamente. El asecho de una colmena de relojes cumplía un cometido final y la vida se quedaba mirándola desde un espejo, como una salamandra vieja. Eso era lo que soñé. Lo otro pasó después. ¿Te gustan los sueños?, volvió a preguntar. Yo me sentí como si hubiera averiado mi avión en un desierto y de pronto alguien me pidiera que le dibujase una oveja.

III

Cuando Rebeca García despertó, sobresaltada, se dio cuenta que la cama de la "king size" de 60 pesos, detrás de la puerta 304, la había regresado nuevamente, después de tantos años a aquellos días inciertos. Quiso creer que esa era la señal, el augurio. Mientras se vestía su faldón y sus botines masculinos, como si de pronto reencarnara a Frida, su heroína de siempre, fueron apareciendo por la ventana los colores del día. Sintió el aroma a tortillas de maíz filtrarse entre el olor de las sábanas arrugadas, se movió para alcanzar el sostencito que yacía a un costado de la cama, junto al camisón y a la carta. Esa carta en papel roneo, dentro de un sobre con ribetes celestes y sellos patrióticos que venía desde Argentina. Las Malvinas son argentinas, decía el slogan de la estampilla. Rebeca García odiaba los patriotismos, ¿Por qué no le preguntan a los malvinenses? ¿A los falklianos? Se preguntó. Estiró la mano para correr el visillo, se percató que una de las ventanas tenía un cristal roto, por donde se colaban los perfumes del medio día. Era tarde, pero no le importaba. Se terminó de vestir contemplándose en el espejo de la pieza, pensando en el espectáculo que ofrecía el recuerdo de ese espejo, cuantas infidelidades, cuantas pasiones, cuantas parejas enamoradas, cuantas madres solteras ganándose el pan de sus hijos. El mismo espejo que la había visto la noche anterior irse a acostar desnuda, a dormir obnubilada por un pitillo de mariguana que se había fumado a escondidas en la ducha de la habitación, recordando todo lo que había viajado, para que por fin se atreviera a ir al lugar que le habían indicado en aquella carta. Se miró repetidas veces, como si de pronto dudara, de que la que estaba reflejada en el cristal fuera ella. No has cambiado en nada, se dijo. Su cabellera negra, sus ojos marrones, su tez morena, el lunar junto a la boca y el detalle de sus labios. No era otro su propósito sino que llevar a cabo finalmente el encuentro o más bien el reencuentro había pasado muchos años. Pero Rebeca García había dejado de creer en la existencia del tiempo.
Salió a la calle, agobiada de aquellos repentinos recuerdos que la llenaban de alucinaciones, fantasmas que la hacían caminar triste en medio de aquel día de semana, contaminado y violento, harto de bocinazos y humos gaseosos. Leyó los titulares del Excélsior, cuatro jóvenes habían muerto a tiros al querer asaltar un banco.
D.F. era la olla a presión de todos los días y a pesar del malestar que llevaba en el alma pensó que al final, esa caldera de gentes yendo y viniendo, comiendo y gritando, era una pesadilla mucho más grande que la suya propia. Su espacio vital era un círculo más, uno más dentro del gran círculo total, donde se cruzaban los destinos, los de los hombres, el de ella, el de Gonzalo, el de él, congruencias e intersecciones en una secreta y caprichosa teoría de conjuntos. Cogió un pedazo de papel y dibujo sus pensamientos.

Ella Gonzalo

Alguien Otros



Al salir del cuarto, caminando por el pasillo que daba al patio de luz, vio entrar a una de las jóvenes prostitutas que veía cada tarde en la misma esquina de Meave y Lázaro Cárdenas. Iba abrazada a un muchacho mucho menor que ella.
Recordando caminó por Colonia Juárez, en dirección a Bucarelli. Buscaba el Café La Habana. México y Cuba, pensó, que mundos más diferentes. Amores de papel, escritos por la historia o por las mentiras de algún cronista. Cortés había pasado por Cuba. No se lo habían devorado los caribes como seguramente hubiera querido Moctezuma. El Granma había salido de las costas del golfo, con un puñado de barbudos, quizá hartos de beber tequila y ansiosos de embriagarse con ron de roble viejo. Razón suficiente como para hacer una revolución, cualquiera, hasta la peor de todas, pensó.
Sobre la entrada del Café se veían las alas abiertas del murciélago Bacardí y un póster con los bíceps de Lorenzo Lamas. En el fondo un mar cristalino, unas palmeras y una morena semidesnuda tirada en la arena, blanca y caliente, mirando, como dispuesta, en cualquier momento a desnudar su pollerita floreada para que junto a sus morenos pezones mostrara su sexo, peludo y negro, como una selva húmeda y jugosa de frutos endémicos, dispuesta a devorar al primero que ordenase una copa del néctar alcohólico, ansiosa de ser tajada a machetes, por una filuda y viril verga, la del Renegado Lamas. Más arriba un neón sucio de polvo y de letras quemadas anunciaba, Café La Habana. Al ver las palmeras del afiche Bacardí recordó la calle que en Santiago llevaba ese nombre. Se preguntó si podía ser posible la casualidad en momentos como ese. O sería que a medida que le afectaban los recuerdos se disponía a encontrarse con símbolos que la llevaran inexorablemente a él, a encontrarlo. Las Palmeras era el nombre de una calle de casas grandes y oscuras, de jardines rodeados de murallitas de ladrillo inglés, que remataban en la entrada de la Escuela de Artes, en Macul. El barrio de Macul se caracteriza por este tipo de murallas - pensó. Encierran antejardines que antaño eran las márgenes de Santiago. Algunas calles de Chapultepec, el barrio noble de D.F., tenían ese aire distinguido y ordenado, al cual los mexicanos ricos le habían agregado alambres de púas y cercas de alta tensión. Junto a la puerta de la Escuela de Artes había un claro donde una señora, ya muy anciana, había instalado un quiosco que ofrecía desde lápices y alfileres hasta refrescos y golosinas. Fue allí donde lo conoció, donde la tía. Comprando la última marraqueta de jamón queso palta que él insistía en llamar sandwhish.

IV


Gonzalo Sotomayor era chileno, pero no de ahí. Apenas conocía el lugar. Se había aparecido por Las Palmeras, después de enterarse de un curso nocturno, para adultos. Uno de esos cursos donde entregaban un título al final del año, gratis, de capacitación. Ideas que tenía una oficina de extensión, para los cesantes, que de mecánicos sin pega se decidieran hacerse pintores o ofrecieran sus servicios decorando vitrinas o escribiendo precios en los supermercados Almac con letras redonditas e irresachables.
Tenía un aspecto extraviado, un rostro de naufrago sin afeitarse. Algunos que te vieron pensaron que eras un sapo, le había dicho. Pero no lo era, era absolutamente imposible que lo fuera. Era un muchacho ajeno, extraño y turístico. Había vivido desde recién nacido hasta los siete años en la Rumania de Ceausesco. Luego emigramos a Suecia. Con su madre que... tuvieron que marcharse, cuando lo del golpe, le había dicho ella, interrumpiéndolo, ante una actitud ajena a toda contingencia. Como si para él, sentir suyo aquel drama fuera inmiscuirse en algo que corría tan sólo por sus venas mentales, las de sus pensamientos, por los recovecos de ecos de voces escuchadas desde niño. La rebeldía de Gonzalo era otra, total e ensimismada, buscadora de amor y valentía. Para él una dictadura era más el molino que le impedía encontrarse con su amada, que una razón social. Ella le remedaba esa distancia que él ponía. ¿Marcharse? Los echaron, mi estimado... a tus padres los expulsaron. Sólo a mi madre, mi padre desapareció.
La juventud sueca de Gonzalo Sotomayor, era la de los turcos en Alemania o la de los moros en París. De vez en cuando algún chileno medio loco se le ocurría asaltar un banco o meterse a balazos en un restorán por que le habían mirado mal a su hembrita. Entonces era cuando escuchaba a su madre llorar de vergüenza por los compatriotas. La diáspora chilena era una cruz de humillaciones. Los compatriotas no hacían otra que flojear, traficar copete, y cobrar el social, después se jugaban la plata y salían a robar. Y más encima se creían que se las sabían todas. Por eso un día habían decidido dejar todo ese mundo de falsa civilización. Se habían marchado, a la frontera, a Mendoza. Cuando llegaron Gonzalo se dio cuenta que la ciudad argentina era una verdadera prolongación del país, sólo que con programas de televisión diferentes, con dinero diferente y con todas esas costumbres paisanas que diferencian a los pueblos. Tardecitas de mate en la puerta de la casa, discusiones de política que se mezclaban con los elogios al fútbol, a las reformas de Alfosín, los goles de un muchachito jóven que daba a dar que hablar y que ya todos lo llamaban Diego Armando, como si fuera de la familia. Al partir de Suecia se imaginó Mendoza pueblerina e incauta. Pero cuando el avión local de las Aerolíneas Argentinas se aprestó a aterrizar, tuvo ganas de preguntarle a la azafata si no se habían equivocado y pasado de largo a Santiago. Mendoza era una gran ciudad hecha y derecha, una ciudad chilena en Argentina. Gonzalo Sotomayor acababa de cumplir los dieciocho y adquirir los derechos familiares que en Estocolmo los demás jóvenes de su edad hace rato tenían, y de los que hacían alarde. Se burlaban de él cada vez que lo invitaban a salir, y tenía que marcar tarjeta, le decía a ella. Así era como se decía en Chile. Esto-es-el-colmo, capital de la Sverige, pus mi lindo.
Cuando a los militares..., a los milicos, amonestaba ella, cuando a los milicos, repetía ella, les dio por escribir listitas con exiliados que podían volver, a él se le vino de golpe la idea de que se iba a conocer Santiago. Y no hubo nadie que lo contuviera, ni los llantos de su madre, ni las escenas dantescas de su imaginación. Su madre no estaba en la lista, y él encontró que era la mejor manera de salir de la casa, era ir a conocer la tierra de ese padre que nunca conoció. Agarró una bolsa marinera, guardó sus cosas y partió con un grupo de turistas que iban al Festival de Viña. Cambió todo su dinero, asegurándose de que por lo menos dos meses iba a tener comida y techo. Así fue como llegó. La ciudad capital le pareció sucia y despiadada. El smog, que le ardió en los ojos apenas salió del terminal de buses norte y la elocuente amistad de un taxista, que le cobró un precio sueco, fueron la bienvenida, a esa, la patria de sus padres, a ese que era el país que le habían asignado sus propias venas. Allí estaban... tus raíces, le decía ella, aunque él se sintiera más bien una enredadera, de esas que crecen por las paredes de las casas antiguas.
Arrendó una pieza, en las faldas de un cerro con una gran virgen, que después supo era el San Cristóbal, patrono de los viajeros. Se dio cuenta, que el dinero para dos meses en Europa era por lo menos para medio año en Chile. Dejó de preocuparse, justo hasta aquella tarde en que conoció de pura casualidad a Rebeca.
Fue un amor rápido, apasionado, lo que llaman, a primera vista, lleno de locura, paseos interminables. ¿Estás escribiendo?, Me preguntó la joven chilena mientras yo imaginaba si esa historia agradaría a mi jefe. Tomaban las micros viajaban por la ciudad llegando hasta los terminales para después volver a tomar las mismas, de regreso. Recorrían las ferias de libros usados, jugando a quien encontraba al autor más prohibido. Plaza Almagro se convirtió en un punto recurrente. Lo llevó a Maipú, tenía que saber cuales eran sus nuevos héroes y las gestas heroicas de los chilenos. Somos, le dijo, el único pueblo del mundo que lleva más de doscientos años construyendo un templo votivo. Gracias a las promesas del padre de la patria, que quizá nunca creyó en lo prometido. Porque, según ella, los verdaderos héroes, no habían quedado en los libros, ese guacho de origen irlandés, pasó a la historia por haberse arrancado a tiempo.
Le mostró todo lo que una chica de ideas postmodernistas le podía mostrar a un recién llegado del... limbo mismo, se reía. A pesar de que Rebeca sentía una pasión escondida por ser actriz, en el teatro siniestro de una revolución cien años prometida, se mantuvo siempre al margen de cualquier militancia. Los rojos la acusaban o de agua tibia o de trosquista, los otros le achacaban una militancia solapada. Salía a carretear, más al barrio bohemio de Bellavista que a algún otro sitio.


V

Aquella tarde partieron al cine, al Normandí. Pasan una de Bergman, un sueco, la invitó. A Gonzalo le pareció en el cine que todos los jóvenes pertenecían a una misma tribu, cuyas indumentarias colgaban de sus cuerpos, como los cachivaches de una ruca siux, pero mira le dijo, zapatos de gamuza, chaquetas de mezclilla, bolsos chilotes y ponchos, mujeres de collares y trenzitas y muchachos de su edad de pelos y barbas largas, como el Che...... Esos eran los artesas, no pescan a nadie, se la pasan fumando yerba y escuchando a Los Jaivas... ¿Fumas?, le preguntó. Otra raza de ropajes eran los suéteres de cuello subido y las chaquetas de second hand, cuando no sacan las chaquetas, descuelgan de sus armarios sus impermeables negros. Reinaban en ellos los tonos oscuros, como sacerdotes de alguna nueva secta, de las que habían inundado Santiago. Todos sacaban a pasear un libro en el bolsillo, el que dilucidaban en el metro o en alguna micro. Aquellas que los trasladaban al atardecer desde Bellavista, donde se tiraban unas piscolas, los taquilleros...
De alguna manera visitar aquel cine era un acto de protesta, de rebeldía intelectual, el miedo a la salida era parte de aquel juego. Para Gonzalo era la cosa más normal del mundo. ¿Y quien no fuma? Le contestó. Cuando salieron la quiso encaminar al paradero. ¿De qué hablas?, le dijo riendo, hay ciertos lugares, que nadie sabe por qué la gente había convenido en usarlos como las paradas. Le llamó la atención, que hasta tomar un bus fuera algo sorpresivo e implanificable. La ancha alameda del héroe nacional era una selva de microbuses rugientes que se balanceaban y entrepasaban, deteniéndose algunos, para que subiera una gorda, que hacía señas, desesperada, llena de bolsas plásticas. Otros disminuían la velocidad para que el sapo les gritara el tiempo, cinco minutos, que era el que los separaba de la otra micro que se le había adelantado.
El tiempo parecía dejar de tener la importancia que en otros países tenía. Se sintió de veras lejano. Y no supo si sentir alegría o angustia. De pronto ella estiró la mano y una de las liebres se detuvo en medio de la avenida para esperar a que Rebeca García corriera a cogerla. Nos vemos el lunes, en el casino de la escuela. Pasarían el fin de semana poniendo a prueba aquellas mariposas que les danzaban en el estómago. Sintió una indigestión de flores y pensó que se iba a poner a estornudar versos o peor aún, que iba a cruzar la calle hacia el puente Pío Nono, como si atravesara un espejo que lo hiciera volver a la realidad, que de seguro era todo, sólo su imaginación. Pero no fue así, Rebeca era real, era esa micro que se la llevaba hasta el lunes siguiente, y él, era el silencio que mascullaban sus botas, que lo acercaban a su casa, a los pies del San Cristóbal.
Como aún no tenía amigos no tuvo a quién contárselo. La distancia que sentía hacia los artesanos del barrio, trotamundos de vocación y hacia los pintores callejeros lo embrujaba en torno a la idea de su Rebeca. Aquel fin de semana fue el único que dejaron al azar, desde entonces estarían juntos, sin separarse,...”yendo de la cama al living”... como decía una de Charly García. Compartiendo toda esa fiebre que los dibujaba de nuevo, como si fueran la sombra de ellos mismos, bajo la luz de esa estrella que se habían inventado. Al menos hasta el último día, aquel último día, sin conjuras ni despedidas, con la realidad pisándoles los talones y el miedo apelotonándose en la garganta, miedo al mal entendido, a la casualidad absurda, al desafío pagano, que era la vida rodeada de uniformes y decretos con fuerza de ley.

VI


El tiempo pasó, como una burbuja de jabón que cae liviana desde la mirada de un niño, Santiago estaba lleno de niños, con candidez y pasión. El tiempo pasó, jugando a guerras de almohadas, a esconderse en los mercados, haciendo el sexo con un arte de carpinteros, desastillando sus vientres y sus nalgas, haciendo de sus sexos virutas de olores terrenales, asediándose como si la vida fuera un huerto de limoneros, con su aroma a virgen.
Caminábamos de la mano, a vista y paciencia de estatuas y marquesinas. Hasta que una vez por mes, como si fuera la rutina de esas responsabilidades que los hacían diferentes, la realidad los separaba. Gonzalo no quería saber de política, ni de reuniones estudiantiles, no lograba entender a los paladines que prometían la aurora de un futuro esplendoroso y profano. Aunque detestara, como él detestaba, a los que un día habían expulsado a su madre.
Por más que tratara de evitarlo, había algo que lo llevaba por el mismo camino, el mío, sólo que para él ese era un viaje sin zapatos. Yo, la estudiante, la cara bonita que decoraba las fotos de candidaturas recortadas y arregladas, donde siempre se sabría quien sería el que ganador. Las Palmeras era una escuela tan chica que todo se sabía antes de que sucediera. Incluso quien sería elegido en las elecciones estudiantiles.


VII


Mientras le servían otro café sentada en El habana, la abordó el presagio de que aquel día era el día que había estado esperando. Eran ya muchos años. Sentía que la carta que le había llegado, por fin, le daba la noticia. Había valido la pena, ese ya lejano periplo que había hecho a Mendoza. Dejando miguitas de pan, señales, recados; Gretel buscando a Hansel. ¿Volvería a verlo?. Para eso se había endeudado, que más daba, todo el país vivía así, con letras por pagar, acosado por las ofertas televisivas. La única oferta que estuvo dispuesta a aceptar fue la del chárter a Ciudad de México. Se encontraría con ese fantasma que la atormentaba en sueños. Con ese destino extraviado, se sintió como quién pierde de pronto, una aguja en un pajar o deja caer por descuido un manojo de llaves a una alcantarilla.
Los taxis, unos escarabajos verdes, pasaban uno tras otro por Bucarrelli, llevando gente de aquí para allá. Todos, sin excepción, cruzaban la luz roja del semáforo, dando bocinazos y frenaditas en la esquina. Ella sentía que estaba llegando a una esquina, enfrentándose a esas luces rojas que tenía que cruzar. Al café entró de pronto una pareja de turistas. Se sentaron en la mesa contigua, él desparramó las hojas de su periódico. Vio en los encabezados del Le Monde que nuevamente se escribía sobre Chile. La perseguía ese país, su país. Se le vino a la memoria aquella ocasión en que creyó verlo en una foto, en medio de una manifestación, era un diario extranjero, no recordaba cuál. Se pasó largos días sin poder dormir, conociendo el hielo de los amaneceres que finalmente la veían caer rendida. Pero de eso había pasado ya tanto tiempo.

VIII


Rebeca García no tenía problemas con nadie. Su familia, honorable y pudiente, tenía cierta fama de oficialistas o más bien de... fachos... como decía ella misma. Y que le iba a hacer, ella había salido la oveja negra de su familia. Salvo por sus antojos sociales era una estudiante ejemplar, cursaba sus materias, rendía sus exámenes. El semestre en que conoció a Gonzalo Sotomayor, fue para ella el más desquiciado de su carrera estudiantil. Faltaba a clases para quedarse enredada en las sábanas de la casa junto al cerro. Sin rendir cuentas de sus ausencias, al mismo director de la escuela, que ya la había puesto al garete en más de alguna oportunidad por sus incursiones subversivas. Sabía que el examen final de ese año con él sería la prueba de fuego.
Me encerré una semana entera en casa de Gonzalo. Éste le preparaba sendas porciones de Nescafé con Coca Cola, que la ayudaran a doparse y a sentirlo cerca. Dos días antes de aquella mañana fatal, Gonzalo había llegado con una tira de escansiles, ella se había puesto nerviosa y estallado en sollozos. Es que acaso, no te das cuenta que es imposible, que ni con drogas ni con nada, que todos habían reprobado y que habían aprobado sólo los que no se metían en política.
Gonzalo Sotomayor trató de calmarla, le contó historias que conocía, finales felices. Que si había visto aquella película con la Sonia Braga, La Pareja se llamaba. Resulta que la Braga era estudiante, y andaba con otro que estaba por dar sus exámenes, no tenían ni donde caerse muertos, además que salían de farra y se metían de todo para adentro, ella de repente quedaba embarazada y ahí mismo se les armaba el problema, porque después de estar en una clínica donde le iban a hacer un aborto a la morenasa, ella salía corriendo y que no, que no se lo hacía y al final decidían que lo iban a tener y él se ponía a trabajar, porque a pesar de dar clases no les alcanzaba el dinero, entonces el tipo, que debía dar su examen final no se preparaba y todo se venía abajo, pero resultaba que cuando sorteaban la pregunta le tocaba el tema, aquel que él más manejaba, el de sus clases, y como no había estudiado nada, pasándose toda la noche en el hospital para que le dijeran que había sido varoncito atinaba tan sólo a salir corriendo, todo ojeroso y trasnochado a la escuela a dar ese último examen...
Le deseó suerte, viéndola irse, arregladita y perenne, preparada para la derrota. Bebió el último sorbo de café y salió apurada. Se devolvió un segundo para besarlo, sin sospechar que sería la última vez que se verían. Gonzalo se encerró en la sala. Sabía que su único fin era liberarla de aquel suplicio, a cualquier precio. La comisión examinadora eran unos tipos gordos y serios, entre ellos el director, todos de delantales blancos. Estaba por recibir su pregunta de manos del mismo director, que la miraba con una sonrisa cruel y satisfecha cuando irrumpieron en la salita tipos de civil y carabineros, del GOPE, o algo así. Desalojaban la escuela, que se apuraran, que había una bomba. Salió corriendo, con el papelito de su pregunta en la mano, sintiendo una alegría que la desorbitaba, se compraría un jamón queso palta, desayunaría e iría a casa de Gonzalo, a contárselo. Pero cuando llegué, Gonzalo no estaba, y no estaría más. Para él una dictadura era más que una razón social, las aspas de un molino que le impedían encontrarse con su amada. Tuve miedo. Puse Radio Cooperativa, daban las noticias, habían quedado en juntarse después del examen, algo la inquietaba, acababan de encontrar una bomba en el supermercado de Macul y Grecia. Gonzalo, pensé.

IX


Pidió la cuenta, recordando que todo lo que sucedió después lo supo por las pocas revistas que informaron la noticia. Caminó por Bucarelli hasta Reforma. Recordando. Gonzalo Sotomayor pasó cinco días incomunicado. Lo habían golpeado y molido a palos, le achacaron de todo hasta que el Cónsul sueco llegó a sacarlo. Se imaginó que había terminado en Estocolmo, rodeado de esos chilenos escandinavos, expertos en abrir Volvos o en expropiar equipos de sonido de los supermercados. Imaginó a su madre agobiada en Mendoza, sin saber nada de Gonzalito, como lo llamaba.
Rebeca García, juntó dinero y salió tras él, a los dos meses, primero a Buenos Aires y de allí a La Habana. Lo buscó. Después de conocer en Cuba las razones, de lo que mucho después llamó sus inocencias, dejó la isla y abandonó para siempre sus hábitos de querer salvar al mundo. Entonces recordó que los Sotomayor habían también dejado Rumania. Volvió a Mendoza, ya casi nadie se acordaba de los Sotomayor. Pasó largos meses de regreso en Santiago, hasta la mañana en que encontró en su buzón la carta. Esta carta, mira y me mostró un papel viejo.

Aquella mañana de ruidos y aires irrespirables, volvieron a su memoria las preguntas, que de tanto no tener respuestas se habían ido convirtiendo en obsesiones. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había desaparecido para siempre? ¿Qué había pasado con él?. Caminó sin rumbo, sabía que ese era el barrio, y sabía que ese era el día, lo que no sospechaba era si ella era aún ella.

Cuando lo vio, lo reconoció de inmediato, trató de recordar todo lo que había pensado, le diría al verlo. Pero se detuvo, impávida, la vio abrazarlo, era ella misma. Se quedó mirándolos, mirándola, mirándose a sí misma, la cabellera negra, los ojos marrones, la tez morena, el lunar junto a la boca y el detalle de esos labios, iguales a los suyos. En ese momento supo que él la había encontrado, mucho antes.

Aquella noche dormiría tranquila. Me había contado su historia. Los sueños que la perseguían en un huracán de preguntas pasaron a ser un pasado lejano. ¿Te gustan los sueños?, Me preguntó, contestándome. Te contaré entonces lo que soñé anoche, me dijo hablando con una urgencia brutal. Acababa de conocer a Rebeca García, en las escaleras de metal del hotel parejero de Meave y Lazaro Cárdenas.

***

Ciudad de México, 15 de febrero de 1996
Praga, de abril a noviembre de 1999.

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