jueves, enero 12, 2006

4. La Duda

Como todos los martes la 301 estaba a la mitad. Desde que la cátedra de historia había decretado lo de la asistencia libre, todo se había vuelto más relajado. Después de largos meses de huelga, era imposible saber el número exacto de inscritos en el seminario dedicado a la guerra en el mundo medieval. Las clases ya no incluían ni horas de ruso, ni de ateísmo científico. Había caído, definitivamente y para siempre, la dictadura comunista.
Aquella mañana, Pacheco, al mirar el aula, a lo largo y a lo ancho, tubo la impresión de que había más filas de bancas vacías que de ocupadas. Pensó que tranquilamente podía haberse quedado acostado en casa con ese resfrío que cargaba, leyendo o viendo algún programa de televisión. En general siempre sucedía que o las salas eran muy pequeñas y se colmaban con facilidad de los más repugnantes sudores y de perfumes baratos, o por el contrario, muy grandes, entonces la voz del profesor rebotaba en las paredes produciéndose un pequeño eco, que quizá nadie más que él notaba. Había que sentarse de los últimos para sentirlo. Como todos los martes se le repetían los rostros, como el de Patrik y Martín de Arqueología, más allá un muchacho de pelo largo con un pequeño moño que estudiaba Etnología, las muchachas de Pedagogía, que eran cuatro, siempre se sentaban juntas, una de ellas de pelo oscuro, casi negro era de origen húngaro. De vez en cuando se le aparecían caras nuevas. Rostros que surgían por primera vez en su retina. También podían haber ausencias como el caso de Milán que o se había quedado dormido o estaba por ahí atascado con algún profesor.
A fin de cuentas le era agradable, cada uno podía sentarse donde se le antojase sin la sensación de tener los párpados de un vecino sobre los apuntes. Le gustaba la holgura de los martes.
En el edificio central de la facultad estaba estrictamente prohibido fumar, pero siempre eran más las excepciones que las reglas y los ceniceros de pedestal inundaban los pasillos. Los casi veinte de esa mañana se habían acostumbrado a dividir la hora de clases en dos bloques, siendo el profesor el que tomaba la iniciativa llevándose la mano al bolsillo. Algunos cerraban los apuntes, asumiendo así un rol de pitonisos en medio de aquel oráculo habitual. Del bolsillo del profesor salían unos sparta, le echaba una mirada al reloj y como un referí anunciaba el descanso. Cerraba el cuaderno sobre su tribuna y lo cogía como si cogiera el balón de fútbol. Se llevaba el cigarrillo a la boca, y con ese pitazo imaginario comenzaba la ansiada pausa. Algunos la aprovechaban para desaparecer completamente, esto, generalmente, cuando el panorama se veía demasiado aburrido, otros asumían aquel ritual de señales de humo y esperaban a que el profesor iniciara el segundo tiempo. Puede decirse que en general los martes era un día de concordia para todos, salvo por los impertinentes, que decidían marcharse a mitad del segundo tiempo, desapareciendo fugitívamente, a vista y paciencia de todos, salvo del referí que ni se inmutaba.

Aquella mañana, para Pacheco, la conferencia empezó como de costumbre, unos minutos más tarde. Las cuatro muchachas de pedagogía, como siempre, se habían sentado ordenaditas, una al lado de la otra, justo en la cuarta fila. Dos filas delante había un muchacho rubio de campera clara, dos asientos a la derecha otro que dormitaba, dos filas atrás de ellas estaba Martín que no estaba sentado como de costumbre a un costado de Patrik. Esta vez estaba justo en diagonal a él, haciendo un eje imaginario con la puerta de entrada. Como siempre, Pacheco se fijó solo en algunos, los que conocía. El resto era una masa amorfa de rostros reconocidos en pasillos porfiados, donde por lo general las baldosas heladas invitaban a acogerse rápidamente a algún lugar donde hubiera calefacción, impidiendo así el ocio. Recordaba escuelas, donde parques de arboles gigantes rodeaban casitas que albergaban horas de clases, lugares donde la llegada de la primavera era una verdadera fiesta. Europa no era así.
Pacheco solía sentarse atrás, en el ala izquierda, junto a los grandes y parcos ventanales que daban a la Plaza de Jan Palach, el muchacho que se había incendiado a lo "bonzo" a fines de los sesenta, en protesta, después de la invasión rusa y contra la indiferencia nacional. Así, cuando sentía que se aburría, o el eco de la sala era demasiado intenso, escapaba por la ventana refugiándose en alguno de los recovecos del castillo, que se empinaba en el horizonte. El más extenso del mundo, había leído en el libro de Guinnes.
El primer tiempo no solía tener ni sobresaltos, ni sucesivas interrupciones, la masa de orejas seguía con cierto interés, aunque famélico, la llovizna de palabras que salían del púlpito. Al llegar el corte todos se aliviaban, nerviosos ante el reloj que marcaba un atraso de cinco minutos.
Aprovechó los espoleados minutos que quedaban para salir corriendo con un libro entre los dedos. Bajó dos pisos, saltando los gélidos escalones, de dos en dos, para devolver el libro en la biblioteca de Romanistika. Como era normal, vio irse a los que abandonaban la clase para no volver hasta la semana entrante. Ese era el caso de un tipo de pelo claro sentado detrás de él. Devolver el libro no le tomó más de 7 u 8 minutos, bajar las escalas, recorrer un par de pasillos, recibir el papelito, botarlo en algún basurero y subir nuevamente hasta la 301.
Ni le sobró ni le faltó tiempo. Entró justo cuando comenzaba el segundo tiempo, las galerías recuperaban a sus espectadores y el verde del campo de batalla se llenaba de comentarios dispersos escritos con tiza. Las anotaciones del profesor lucían cual elementos de un puzzle ausente sobre el gran pizarrón. Caminó raudo desde la puerta hasta el ala izquierda, como un zaguero dispuesto a recuperar su puesto de combate. Fue entonces cuando se percató. Lo vio tendido, inerte, en un aspecto de cerro mortuorio, estaba allí tendido junto a sus pies como reposando, desordenadamente lesionado, se veía extraño entre él y el pedestal de uno de los largos pupitres, como negándose a seguir ensuciando su cuerpo, sobre los maderones del piso. Sintió como si después de esa primera mirada de descubrimiento no quedara otra alternativa que recogerlo. Llevárselo nuevamente al bolsillo, de donde se le había caído en alguno de sus actos de descuido. Sin embargo seguía allí, lo miraba mientras el aula sucumbía en guerras medievales, en fronteras de territorios que ya no existían. Quiso recogerlo pero aquel aspecto usado le detuvo. No se atrevía, había algo misterioso en el que lo hacía dudar en medio de palabras que como humo de calderas inundaban el aire. Buscó en su memoria el minuto en que se había levantado y descuidadamente se le podía haber caído. No recordaba. Recordó, de golpe, el lugar donde lo había comprado e incluso el rostro aburrido e inútil de la vendedora. En Praga todas las vendedoras tienen rostros aburridos e inútiles. Era la primera vez que compraba, siempre los había recibido de regalo o cogido prestado. En aquel asalto que lo embestía de sorpresa no podía hacer traer a la memoria la apertura del cajón de la cómoda y el momento en que aquella mañana se lo había echado al bolsillo. Aquellas potenciales características de pertenencia hacían que lo observara con pasión y angustia. Cada segundo que pasaba tirado en los rústicos tablones de madera del piso sentía que se ensuciaba más y más. Pero era imposible que fuese justo el suyo. Trató de no mirarlo, de negarse a la humillación de dejarlo morir bajo la pisada casual de alguno de los que se escabullían de clase. Quiso retomar el hilo de las palabras lejanas que invocaban las barbaries de la toma de Constantinopla. Trató de perderse en los gestos torpes de la más obesa, que soplaba al oído de otra de pedagogía, quién sabe que pelambre. Pensó que, aunque de todos modos, no fuera el suyo, no había razón alguna para dejarlo olvidado en el suelo. Inyectado en la duda buscó razones para poder levantarlo de aquella intemperie. Bien podía pertenecer al muchacho rubio que se había retirado segundos después del comienzo del descanso. Recordó más de una vez haber visto el detalle de sus líneas entre las líneas de los dedos de algún transeúnte, que afanoso lo llevaba a su nariz. Podía pertenecer a cualquiera, sin embargo allí estaba, en medio de esa mañana gritándole desde el piso. Era una nueva mala pasada de la memoria, doncella cautiva de los apuros. Se le habían borrado de su cabeza pasajes del día anterior. Perfectamente inconsciente quizá lo había cogido y guardado en el bolsillo, en algún momento anterior que ahora se ocultaba como el segundo rostro de la luna. Mientras la muchacha de cabellos oscuro susurraba al oído de la gorda, desde el suelo, un batallón de líneas arrugadas descargaba... Una fusilería de arcabuces se dejó oír desde la pizarra... y misericordias - pensó mirando el piso. Los muros de Carihrad se caían a pedazos y de entre los humos negros y los chamuscados estandartes del gran visir nacía Estambul.
Había leído en Rayuela que Horacio Oliveira no podía permitir que un objeto que se le había caído permaneciera olvidado ya que le ocurriría una desgracia a alguien que amaba y cuyo nombre empezaba con la letra inicial del objeto en cuestión. Así como estaban las cosas, la audiencia cobraba rasgos tortuosos. Pensó en agacharse, por último, en un sentimiento de lástima o samaritarismo. Podía ser el suyo o no, que importaba en medio de esa duda que lo asaltaba. Se trataba de salvar una vida. Se vio obligado por lo menos a recogerlo, en un pequeño acto ritual, para depositarlo en la mesa vecina. Era como una mosca tratando de safarse aprisionada en sus propias alas. Finalmente lo cogió para depositarlo en el pupitre de adelante. Había por fin logrado cierta neutralidad, ya no habrían posibles pisadas, ni riesgos de infecciones. Ahora estaba allí como en su pasado de escaparate, esperando a los cientos de propietarios anónimos, hermanos inconscientes del mismo gusto, recobrando su aspecto de víctima. Pacheco recordó que el negocio estaba a unas cuadras, lo había comprado por tres coronas, y cualquiera de los otros presentes podía haberlo adquirido. Se imaginó tomándolo, revisándolo. Buscar alguna mugrecita nasal que lo llevara a alguna conclusión definitiva. Pero sintió asco. Ahí estaba casi intacto cuestionándolo, obligándolo a la observación. Había perdido completamente el curso de lo que se decía desde el estrado, tampoco le llegaban ya, ni los murmullos de las de pedagogía, ni el bostezo al despertar de uno que llevaba un largo rato durmiendo. Le imperaba a cogerlo, a guardarlo, en el bolsillo del chaquetón, para que al llegar a casa, con asombro, lo encontrara, repetido en el cajón de los calcetines, ignorando su reencarnación matutina. Pensó en lo terrible de pasearse todo un día con algo ajeno en los bolsillos. Aquel objeto tan íntimo le provocó nuevamente cierta náusea, lo embrujaba, torturándolo la idea de no saber, de no poder definir la frontera de su propia memoria. Pensó en la segunda alternativa, dejarlo irse como una moneda que al caer del bolsillo va a dar justo a una alcantarilla, dejarlo gritando su derecho de propiedad, o tal vez salir corriendo a buscar el negocio donde lo había adquirido, reclamar una copia eufórica y terminar aquel drama silencioso que se colaba entre castillos asaltados y destellos de espadas. Sin embargo ahí seguía, enfrente de él amenazándole, robándole la mirada como si en el medio de la caída de jinetes a todo galope saltara en aquel pedazo de tela la virtud de implorar tregua. Era como un golpe, la orfandad de sus ribetes.

Había sido quizá lo mejor, la calle estaba heladísima, probablemente unos diez grados bajo cero, arriba las guerras ocurrían como los torneos de fútbol durante los meses cálidos y la calefacción central de las aulas escondía el secreto de veranos escritos que anunciaban lecciones de historia. Tan sólo Martín se giró un poco cuando lo vio escapar raudo sin poder resistir los escasos minutos que quedaban para el pitazo final. Caminó por la nieve pisoteada por catarros y tercianas, hasta que un estornudo repentino lo hiciera reencontrarse con un bolsillo olvidado, el lugar común de los olvidos, las direcciones perdidas y el único pañuelo que había comprado en su vida. Sintió nostalgia, pensó en volver a la 301, pero ya era tarde, de seguro la limpieza de la sala había acabado con el espejismo que lo había visitado y si no era así, de seguro la brutalidad de la primera cruzada, a la conquista de Jerusalén.
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Praga, 22 de noviembre de 1990

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